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Cuando los escenarios sirven de memoria

MANUEL MUÑOZ. ESCENARIOS DE UNA MEMORIA.
PRESENTES OCULTOS Y PASADOS PRESENTES.

GALERIA METTA
Del 9 de junio al 30 de julio 2011

PHOTOESPAÑA 2011

Desde 2005 Manuel Muñoz ha estado trabajando en temas relacionados con la memoria social y colectiva. Sus trabajos «Los Establos del General» y «La Serena: escenarios de una Memoria», son un proyecto fotográfico que giran en torno a la recuperación de la memoria sobre la Guerra Civil Española.

Se trata de una serie de fotografías tomadas en Andalucía y Extremadura, en las cuales el artista ha retratado espacios utilizados en la guerra fratricida. Gracias a una labor de información y estudio sobre estos acontecimientos históricos ha podido fotografiar lugares que nos acercan a la historia española, de los cuales algunos ya han desaparecido, como los fabulosos grafitos de milicianos de la torre del Carpio, y otros abocados a la desaparición y que milagrosamente a pesar del tiempo se han mantenido, como La casa de la Sierra en donde Miguel Hernandez leyó sus poemas a las tropas republicanas.

  

Los trabajos de Manuel Muñoz deben visualizarse como un ejercicio fotográfico cuyo fin responde al deseo de ilustrar este relato oficial de la historia que queda aún por llegar y no se deben entender nunca como la facilidad de un arte limitado con una mera aportación documentalísta, ya que sus fotos conjugan a parte de la historia, el tiempo presente y pasado. Para ello, utiliza la metáfora como único pretexto a la hora de elegir sus temas y mediante sus encuadres presenta una imagen intelectual que invita a la reflexión sobre el tiempo y la ambivalencia de la vida, mostrando imágenes bellas y al mismo tiempo transmitiendo al espectador la crudeza de los acontecimientos.

La iconografía de la guerra civil ha evolucionado considerablemente en las últimas décadas. Más por los trabajos de ámbito reducido (regional, provincial o local), que han aportado imágenes de gran interés junto con información precisa sobre ellas, que por las historias generales o las compilaciones fotográficas realizadas en base a las grandes colecciones de agencias o procedentes de archivos de todo tipo.

  

La obra de Manuel Muñoz es de una gran calidad y de indudable valor estético, situándose en una vía intermedia entre el reto que afrontó Claude Lanzmann en el ya clásico Shoah (1985) -llegar hasta lo más profundo del holocausto sin recurrir a una sola imagen de archivo- o el que en España inició hace algunos años Ana Teresa Ortega con sus Cartografías silenciadas (2007) -mostrar la imagen actual de una serie de lugares emblemáticos de nuestra geografía denominándolos por su antiguo nombre y añadiendo al lado la historia oculta que albergaron dichos espacios como la plaza de toros de Badajoz, hoy palacio de congresos; la isla de San Simón en Pontevedra, hoy centro cultural y de la memoria; San Marcos de León, hoy parador nacional, etc. Manuel Muñoz muestra una serie de objetos y lugares de lo que queda tras el transcurso inexorable del tiempo y antes de su previsible desaparición definitiva, lo que ocurrirá salvo si la Administración decide protegerlos.

La mayor parte de las imágenes remiten invariablemente al aspecto bélico del «18 de julio»: el aeródromo alemán de Calzadilla con el mapa desdibujado de una Europa destinada a formar parte del Reich de los mil años; el centro de mando republicano de Castuera, con ese aire de provisionalidad que siempre tuvo el ejército popular de la República; un búnker, algunos lugares asociados con la presencia italiana en esas pintadas que recuerdan el tiempo en que España, antes de convertirse en adalid de anticomunismo, fue vanguardia del fascismo; el puente de tablas para un ejército que pese a ir acumulando una derrota tras otra tardó mil días en ser vencido…

Algunas imágenes por el contrario, nos muestran una realidad diferente: la fantasmal explanada del lugar donde una vez estuvo el campo de concentración de Castuera, junto a cuyo único vestigio, el pedestal de la bandera, se ve ahora un rebaño de borregos, imagen que sugiere extrañas asociaciones, o la pintada del cortijo con el Hitler cornudo e «hijo de puta» toreado por una España en la que destacan las dos capitales de la República: Madrid y Valencia. Son parte de lo que se ha conservado, en algunos casos de manera sorprendente, de un pasado oculto y que aún no se ha desvelado plenamente.

La serie fotográfica de Manuel Muñoz es un ejercicio fotográfico cuyo fin responde al deseo de ilustrar el relato oficial de la historia que queda aún por llegar, sin caer nunca ne la facilidad de un arte limitado a una mera aportación documentalista más afín a las fotos de reportaje. Para ello, utiliza la metáfora como único pretexto a la hora de elegir sus temas y muchas veces en su esfuerzo por intelectualizar sus imágenes otorga más importancia a su encuadre, del que depende la buena articulación de sus metáforas, que a la representación del objeto principal. Un buen ejemplo de este recorte al valor documental del objeto principal fotografiado es la composición formada por el pedestal de la cruz alrededor de la cual cada mañana eran obligados a formar para rezar los prisioneros del Campo de Concentración de Castuera, y por el rebaño de borregos encerrados en el Campo aprovechado ahora como pasto. En esta foto ya no se sabe si lo principal es el pedestal de la cruz que aparece voluntariamente recortado, o los borregos que sirven de metáfora para evocar a muchos prisioneros republicanos destinados con igual certeza a ser llevados al matadero que, en la Castuera de 1939, eran las entrañas de la mina de la «Gramonita», a algunos metros de la entrada del Campo.

Otra preciosa metáfora es proporcionada por la fotografía de un paisaje mural tomada en el casino de Castuera, cuyo edificio fue la sede de la última Gobernación civil de la República en Extremadura, antes de la caída de la «bolsa» de la Serena. Se trata de un aristocrático palacio, con múltiples salones muy amplios, cuyos altos techos llaman la atención. Tan altos, que los responsables republicanos decidieron crear una entreplanta de hormigón medio escondida y a prueba de bombas para instalar su servicio centralizado de comunicación. Se trata de una celda muy exigua, con el techo bajísimo y con los muros llenos de graffitis que se han conservado milagrosamente gracias a la semiclandestinidad del espacio. Hay que imaginarse a los técnicos allí remetidos, agobiados de igual manera por los pocos metros donde se pasaban la vida y por las pésimas noticias recibidas de los demás frentes que iban transmitiendo cada día a sus superiores. El paisaje pintado en uno de los muros de esta celda es un bucólico canto al espacio libre, a la naturaleza, hermosa metáfora del sueño paradisíaco que prometía la República y que sesgó para siempre el golpe militar del 18 de julio.

Al carácter bucólico de este paisaje pintado, con puente y río, Manuel Muñoz opone la foto de un bunker edificado por los fascistas en las afueras de Castuera para controlar la carretera hacia Villanueva. Medio enterrado, aún sigue vigilando desde lo alto, con sus dos aberturas alargadas, concebidas para ofrecer un amplio ángulo de tiro, y su techo redondeado que le hacen parecer un yelmo de algún bárbaro de la Edad de Hierro, sorprendente y aterradora imagen de la violencia petrificada en el tiempo.

Manuel Muñoz fotografió también otro bunker edificado cerca de Campanario para defender el acceso a un puente. En este caso el discurso metafórico se construye a partir de los restos del puente destruido: entre las dos Españas fraticidas, con todos los puentes del entendimiento cortados, el único diálogo posible era el intercambio de balas y bombas mortíferas sin más preocupación que el aniquilamiento general y definitivo del otro. Esta imagen del puente derruido es la de España al final de la contienda, desangrada, destruida y, sobre todo, dividida por mucho tiempo. Sin embargo, alrededor de las ruinas del puente la foto de Manuel Muñoz muestra una naturaleza que sigue siendo hermosa, totalmente ajena al drama del pasado, con ese cerro al fondo que respira tanta calma después del horror de la contienda, y con el oleaje de las cañas de la orilla del río mecidas por un suave viento. Esta fotografía de Manuel Muñoz merece la misma interpretación que hizo Wolf Vostell hablando del famoso cuadro de Goya en el que se ve «un ataque a una carroza a manos de salteadores de camino, con los muertos tendidos delante, sangre, etc. Pero detrás, la naturaleza está pintada con una extremada belleza. Cualquier pintor mediocre habría, sin duda, hecho un drama, con un cielo sobrecargado de negro; pero el genio de Goya reside en haber comprendido la ambivalencia de la vida. La belleza permanece, y el drama no es sino un epifenómeno cuyo sentido ha de decidir el hombre».

También merece una particular atención a la foto del graffiti trazado por los nacionalistas para glorificar a la Falange, en un muro del cortijo El Ejido ubicado en el término municipal de Benquerencia de la Serena. Casi siempre las fotos de Manuel Muñoz en las que se ven graffiti enseñan un alto grado de degradación de los edificios donde fueron realizadas, pero en el caso del Ejido el estado decrépito mostrado por la foto cobra otro protagonismo: hace que se vuelva aún más ridícula la grandilocuencia patriótica de la proclama falangista. También en esta foto llama la atención cómo el falangista que trazó esta proclama se las arregló para que las dos extremidades del yugo coincidieran exactamente con la inscripción de las iniciales de Falange Española: la F es su principio y la E su final.

Quizás no hay mejor metáfora para la recuperación de la Memoria Histórica que esa botella encontrada junto con unos huesos en una tumba del cementerio de Campillo de Llerena, ya que se pudo identificar estos restos tras comprobar que la botella llevaba dentro un papel con la inscripción del nombre de la persona a la que pertenecían. Esta práctica funeraria es propia de los italianos, y de hecho fue para un italiano mortalmente herido en la guerra que esta botella fue lanzada en la inmensidad del mar del tiempo, a merced de los miles de escollos del olvido. La botella lleva dentro de ella la fe de los italianos en que sus muertos fueran rescatados algún día del anonimato propio de los perros, y es cosa segura que las personas que la pusieron en la tumba sabían con total certeza que ella acabaría por cumplir con su misión.

  

. 1936

«Habían pasado ya unos días del 23F. Mi madre y mi tía estaban en el patio de casa y hablaban excitadas por lo sucedido. Empezaron a recordar lo que habían vivido durante la guerra civil, nunca las había oído hablar antes sobre la guerra, o la represión franquista, ni cuando murió Franco, y mucho menos cuando aún vivía, el miedo a otro golpe militar les hizo recordar.

Esa tarde me enteré que a mi abuelo Antonio una tarde lo detuvieron , lo montaron en un camión, lo encarcelaron y que a punto estuvo de ser fusilado y que al tío de mi madre lo asesinaron cuando regresaba a su pueblo, se llamaba Francisco, se dedicaba a llevar leña y carbón a Córdoba desde Ovejo; cuando regresaba a su casa, la guardia civil lo paró, y en el camino lo fusilaron. Ni él, ni el dinero de la saca apareció.

Mi abuelo en una tertulia sacó inconscientemente un papel de la CNT de su chaqueta, lo tenía guardado como cuando te guardas propaganda en el bolsillo y ni te acuerdas que estuviera allí; alguien lo delató. Se lo llevaron en un camión y lo encerraron en el Alcázar de Córdoba. Mi tía nos contaba cómo ella siendo pequeña le llevaba un cesto con comida todos los días, y cómo mi abuela Consuelo iba también todos los días a la puerta de gobernación militar a hablar con don Bruno, que era el Terror*. Mi abuela, mujer de bandera, insistía, gritaba cada vez que iba, le suplicaba, le decía que su marido era de derechas, que había sido una equivocación, hasta que consiguió que saliera; mi tía dice que le pagó.

  

Mientras, en la cárcel, mi abuelo contaba que arañaba las paredes para esconderse por la noche, que todos allí lloraban e intentaban protegerse con la nada cuando la puerta se habría y empezaban a decir nombres.

Mi madre, que vivía no muy lejos del cementerio cuando era muy niña, aún recuerda las ráfagas de los fusilamientos que se escuchaban todas las noches.

Muchos días fue mi tía a llevarle comida a la cárcel, las colas eran largas y angustiosas, decía que lo único por lo que rezaba era por que no le tiraran el canasto, que no se lo estrellaran como le ocurría a muchas personas , y yo no le entendía muy bien, hasta que me explicó que cuando llegaba al puesto de entrega si al decir su nombre le cogían el cesto era señal de que estaba vivo, pero que si estaba muerto el cesto con la comida lo tiraban, lo estrellaban, pudiéndose ver en la calle, al final del día, la montaña de cestos con comida para los perros.

Si buscamos una definición a lo que se denomina memoria histórica, podríamos encontrar variedad de respuestas, pero en definitiva se resumiría en la búsqueda del eslabón de nuestro presente con el pasado, con un periodo a veces perdido o camuflado y buscando la verdad de los acontecimientos desde el máximo respeto.

Estos hechos recordados una tarde por dos mujeres, no solo sirvieron para mantener viva una memoria familiar, para explicar o poder entender algunas actitudes en mi familia a consecuencia de una dura represión fascista, sino que a su vez se hermanan con muchas madres y tías que han vivido o viven en la actualidad, iguales o semejantes situaciones en estado de represión y que en una tarde cualquiera construyen sin saberlo, la memoria colectiva de un pueblo.»
Manuel Muñoz.

*Terror de Don Bruno, época con la que se conoce cuando el teniente coronel de la Guardia Civil Bruno Ibáñez Gálvez ejerce como Jefe de orden público, imponiendo un poder sanguinario y genocida en Córdoba y llevando a cabo una de las más cruentas represiones en los primeros años de la Guerra Civil.
F. MORENO GÓMEZ, 1936: El genocidio franquista en Córdoba.

~ by lostonsite on 29 junio, 2011.

Arte, Exposiciones

One Response to “Cuando los escenarios sirven de memoria”

  1. […] (Enlace en el que se recoge este grafito y otros: http://lostonsite.wordpress.com/2011/06/29/cuando-los-escenarios-sirven-de-memoria/) […]

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