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Cuando flota el mundo

CAIXA FORUM

UN MUNDO FLOTANTE. FOTOGRAFÍAS DE JACQUES HENRI LARTIGUE (1894-1986)
Del 4 de marzo al 19 de junio de 2011

. JACQUES HENRI LARTIGUE

Jacques Henri Lartigue (1894 – 1986) fue un fotógrafo y pintor francés, nacido en Courbevoie en el seno de una familia acomodada, que se trasladó a vivir a París en 1899. Su padre, que era banquero, tenía una gran afición por la fotografía y cuando Lartigue tenía siete años le regaló una cámara fotográfica de placas de formato 13×18 cm. A través de ella, Lartigue comenzó a realizar espontáneas de carreras de automóviles, aviones y fotografías de las mujeres de clase media y acomodada de París paseando por el Bois de Boulogne. Creó imágenes novedosas mediante el empleo de encuadres poco usuales, de diversas velocidades de obturación y trabajando casi siempre en blanco y negro y sólo algunas veces empleando el color.

En 1915 fue discípulo de Jean-Paul Laurens y Marcel Baschet en la Académie Julian por lo que comenzó a dedicarse a la pintura y abandonó en gran medida la fotografía. En 1922 expuso sus pinturas en los pasillos a la entrada de la galería Georges Petit de París. Posteriormente expuso en el Salón des Sports, el Salón de Otoño, el Salón d’Hiver, Salón de la Société Nationale des Beaux-Arts, la galería Bernheim Jeune y el Grand Palais. En particular, las pinturas de este período tienen como tema principal las flores y los coches, pero también retratos de personajes famosos como Kees Van Dongen, Sacha Guitry, Marlene Dietrich, Greta Garbo, Georges Carpentier, Joan Crawford, Maurice Chevalier, Abel Gance, Yvonne Printemps y en 1930 Renée Perle, quien se convirtió en una de sus modelos favoritas y su acompañante.

 

En 1932 fue asistente de dirección y fotógrafo de la película de Alexis Granowsky, Les Aventures du Roi Pausole que era una adaptación al cine de una novela de Pierre Louÿs. En 1934 se casó con su segunda esposa, Marcella «Coco» Paolucci, pero el matrimonio duró sólo un par de años. En 1942 conoció a Florette Ormea que tenía veinte años y que en 1945 se convirtió en su tercera esposa.

Hasta 1960 no obtuvo reconocimiento como fotógrafo, pero a partir de ese momento alcanzó gran prestigio exponiendo en 1963 en el MOMA después de que la revista Life publicase una serie de fotografías suyas en 1962. A partir de ese momento se publicaron numerosos libros y su obra se expuso por numerosas galerías y museos.

Su obra plástica incluye pinturas, fotografías de prensa, de moda, de temas generales. También fue quien hizo la fotografía oficial en 1974 a Valéry Giscard d’Estaing, Presidente de la República Francesa entre 1974 y 1981.

En 1979 cedió sus fotografías al Estado incluyendo negativos, discos originales, diarios y cámaras, mientras que sus pinturas que consistían en más de trescientos cuadros los donó a su amigo el alcalde de L’Isle-Adam y su mujer. Esta donación dio lugar a la creación en la ciudad de Val-d’Oise del Centro de Exposiciones Jacques-Henri Lartigue.

En el 2000 se creó la Fundación Lartigue que se unió a la Asociación de Amigos de Jacques Henri Lartigue creada en 1979 con lo que se dispone de una amplia documentación sobre su trabajo.

Entre los reconocimientos que ha recibido se encuentra dar su nombre a una calle en el V Distrito de París en 1995 y también a una estación de la línea 2 del tranvía que es la más cercana a la Ile-de-France.

. El paso del tiempo

Ya desde muy temprano, Lartigue mostró una gran inquietud en reflejar, con extrema sensibilidad y bajo la apariencia de la felicidad y la ligereza, las nuevas preocupaciones de un tiempo que se transformaba de un modo radical. Lartigue hacía fotografías para sí mismo, por lo que siempre ha sido inclasificable tanto para conservadores como para críticos.

Desde pequeño, inició un diario con fotografías y breves textos que lo acompañó toda la vida y que es un documento extraordinario para conocer el modo de vivir de una generación que descubrió la moda, el deporte o las competiciones de motor.

Lartigue fue un niño enfermizo que pronto comprendió que su felicidad podía desaparecer. Por eso decidió narrar su vida y, mediante ese relato, construir su propio personaje, del mismo modo que construyó su propia felicidad representándola constantemente. Para Lartigue, la felicidad es indisociable de su conservación, de modo que hay que retenerla mediante la escritura, la fotografía y los álbumes, la última etapa en la elaboración de sus recuerdos.

Jacques Henri Lartigue se obsesionó con recordar todo lo que experimentaba e hizo de la fotografía el instrumento de su memoria. Esa voluntad de recordar, muy arraigada en el pequeño Lartigue, estaba estrechamente relacionada con su deseo de fijar la felicidad. Así, memoria y felicidad son dos realidades que sufren la misma amenaza de desvanecerse y la genialidad de Lartigue estriba en el hecho de que no fotografiaba ni la memoria ni la felicidad, sino lo que constituye su esencia: la fragilidad. En las fotografías de Lartigue, la felicidad está siempre relacionada con el cuerpo humano y su interacción con el espacio que lo rodea. La gente feliz recibe los embates del oleaje, los golpes de viento de las borrascas o los rayos del sol. Los cuerpos pierden constantemente la verticalidad y se levantan del suelo. Y es que conseguir fotografiar la felicidad depende de la gracia con la que se captan los movimientos casi imperceptibles: una mirada repentina, que dura tan sólo un instante o un gesto en equilibrio inestable.

Sus imágenes son contemporáneas a un periodo caracterizado por las convulsiones y los cambios sociales—la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la ocupación nazi de Francia, etc.— pero Lartigue no se fija en esos conflictos. Más bien al contrario: remite a la inocencia, a la espontaneidad y a la alegría de vivir. Las fotografías de Jacques Henri Lartigue testimonia, bajo la mirada frágil y conmovedora del artista, las nuevas formas de vida que surgieron en las primeras décadas del siglo XX, en las que las mujeres asumieron un papel activo en la sociedad y el progreso tecnológico dio lugar a nuevas formas de ocio.

Lartigue conservó durante toda su vida la frescura de la infancia y la insaciable curiosidad de la juventud. En sus imágenes celebra el instante presente y oculta la angustia que le produce el paso del tiempo.

. Una mirada moderna

La mirada de fotógrafo de Lartigue tiene presente la ambigüedad que existe en la realidad: lo infinitamente pequeño puede tener un tamaño mayor que lo grande o lo lento puede ir a tanta velocidad como lo rápido. Su fotografía capta esa esencia y ahí reside la verdad de las imágenes de Lartigue, auténtico mago del instante.

Pese a parecer estáticas, sus fotografías hablan siempre de la posible continuación del tiempo, de una forma de huir de los límites y de las perspectivas ordinarias.

Para acentuar la impresión de ambigüedad, Lartigue utiliza con maestría el encuadre en distintos momentos del acto fotográfico. Primero, en el instante de apretar el disparador. Su cámara se convierte en una prolongación de su cuerpo: a veces está situada a ras de suelo, como la mirada de un niño boquiabierto ante el mundo de los adultos; en otras ocasiones se adapta a los andares de una transeúnte o a la velocidad del ciclista en pleno descenso.

 

En otras ocasiones, el encuadre es el resultado de una reflexión, sobre todo cuando Lartigue trabaja en la cámara oscura: manipula sus imágenes, amplía un detalle o corta una parte para intensificar un efecto.

Progresivamente, Lartigue tuvo más en cuenta el encuadre en el momento de fotografiar. En sus imágenes encontramos abundantes elementos arquitectónicos —puertas, ventanas, juegos de sombras, rendijas reveladas, espejos— y los protagonistas parecen atrapados en esos elementos. Los individuos, en lugar de encontrar a qué aferrarse en medio de todas las líneas que los rodean, parecen flotar sin sujeción.

. La velocidad

A principios del siglo XX, todo el mundo sueña con disfrutar de los nuevos placeres de la velocidad y el deporte, y con recorrer sin obstáculos los territorios que día tras día descubre la modernidad. Se reducen las distancias gracias a las revoluciones técnicas en los transportes y el tiempo se relativiza gracias a Einstein.

Durante su juventud, Lartigue intenta captar la realidad física de la velocidad, traducir mediante la imagen la emoción que se siente ante la máquina. Lo llevó a cabo sobre todo en los circuitos de carreras de automóviles, a los que solía llevarlo su padre, que era un gran aficionado.

Lartigue consiguió que el espectador viera en sus fotografías lo mismo que él percibía cuando experimentaba la velocidad: un espacio comprimido, acortado, a menudo deformado; la transformación violenta del campo de visión.

Lartigue, nacido con los primeros Juegos Olímpicos y criado en una familia en la que el deporte ocupaba un lugar muy destacado en la educación, fue de adolescente un tenista consumado y uno de los primeros franceses en practicar asiduamente deportes de invierno. Le fascinaba sentir la velocidad y durante toda su vida se esforzó en desafiar la rigidez del cuerpo. De la misma manera, en sus imágenes deportivas busca la eficacia, y para ello, las líneas se mueven a su alrededor, los espacios se amplían y surgen perspectivas inéditas a cada instante.

. La ligereza

Cuando era niño, el sueño más repetido de Lartigue era poder volar. No es de extrañar, pues, que se apasionara ya desde la niñez por la aviación. En 1904 fue testigo con su cámara de los intentos de despegue de Gabriel Voisin en Normandía y captó los primeros metros del aviador por encima del suelo. Con su hermano frecuentó desde 1907 los campos de aviación y finalmente, el sueño de su infancia se hizo realidad en 1916 con su bautismo aéreo. Es difícil calcular cuántos saltos y despegues hay en la obra de Lartigue. Para él, todas esas cabriolas son la imagen de la vida misma, símbolo de su vitalidad.

Pero todos los saltos y despegues llevan asociados los descensos y las caídas. Los lanzamientos, las volteretas y las escaladas acaban casi siempre en salpicaduras y caídas, y con ellas, las carcajadas. Sus fotografías adquieren un tono ligero sobre la ausencia de gravedad.

. La belleza femenina

En el universo de Lartigue sólo hay mujeres jóvenes y hermosas. La búsqueda de la felicidad y de la belleza que lleva a cabo desde su infancia excluye por completo cualquier deformidad o signo de envejecimiento y mantiene a distancia todo lo que pueda enturbiar un día resplandeciente o recordar la fealdad y la muerte.

En la primavera de 1910, cuando aún no tenía 16 años, Lartigue descubrió la moda y, sobre todo, a las modelos. Durante meses, cámara al hombro, se lanzó a la avenida del Bois de Boulogne, cerca de su casa, donde las mujeres distinguidas paseaban a horas concretas para enseñar sus vestidos nuevos. Lo que esperaba retener el joven fotógrafo no era el detalle de los tejidos, sino más bien la aparición de mujeres elegantes.

 

Sus primeras representaciones de las paseantes ponen de manifiesto una distancia y un temor nuevos ante el universo femenino, provocados en primer lugar por la diferencia de edad y, después, por el deseo sexual. Lartigue, que siente una emoción de tipo erótico, se esconde. De ahí el encuadre oblicuo con el que las captura, esa toma de vista tan baja.

 

Con la experiencia, la mirada de Lartigue cambia y mira directamente a los ojos de sus amantes. En contraste con el resto de su obra, Lartigue pide explícitamente a esas mujeres indolentes que no hagan nada, que no se muevan.

 

. En busca de lo desconocido

A principios del siglo XX, todo el mundo sueña con disfrutar de los nuevos placeres de la velocidad y el deporte, y con recorrer sin obstáculos los territorios que día tras día descubre la modernidad. También el joven fotógrafo y su hermano Zissou sueñan desde pequeños con disfraces que les permitan asemejarse a los héroes de sus aventuras preferidas: aviadores, pilotos de carreras o exploradores de mundos lejanos. Gorros, gafas y abrigos de piel hacen que quienes los lleven parezcan extraterrestres. En este grupo de imágenes aparecen exploradores de un nuevo tipo, figuras enmascaradas, pesadas y paralizadas en su singular atuendo.

Lartigue presentó una gran fascinación por el infinito y la naturaleza, donde el hombre se enfrenta a su soledad. En gran parte de su obra, el individuo aparece con apenas más consistencia que una brizna de paja, como un fantasma agitado por los vientos o movido a merced del oleaje. Nuestro paso terrenal es efímero: eso es lo que nos repiten constantemente estas imágenes que traicionan una felicidad imposible de retener y que indican que sólo estamos en la Tierra como habitantes transitorios.

~ by lostonsite on 16 junio, 2011.

Arte, Exposiciones

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