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Cuando el honor lucha contra el abuso de poder

EL ALCALDE DE ZALAMEA
CALDERÓN DE BARCA

Teatro Pavón: Del 30 de septiembre al 19 de diciembre de 2010

Rebolledo …………………………………… David Lorente
Soldado / Escribano …………………… Diego Toucedo
Soldado ………………………………………. David Lázaro
La Chispa ……………………………………. Pepa Pedroche
Capitán don Álvaro de Ataide …….. Ernesto Arias
Sargento ……………………………………… Pedro Almagro
Don Mendo …………………………………. Miguel Cubero
Nuño …………………………………………… Alejandro Saá
Pedro Crespo ……………………………… Joaquín Notario
Juan, hijo de Pedro Crespo ……….. David Boceta
Isabel, hija de Pedro Crespo ………. Eva Rufo
Inés ………………………………………………. Isabel Rodes
D. Lope de Figueroa …………………. José Luis Santos
Soldado / Rey Felipe II ………………… Alberto Gómez
Soldado/ Labrador ……………………… José Juan Rodríguez

Viola de gamba …………………………….. Alba Fresno
Percusión/ Villano/ Soldado ………. Eduardo Aguirre de Cárcer

Versión y dirección …………………….. Eduardo Vasco

. Calderón de la Barca.

Nació don Pedro Calderón de la Barca el 17 de enero del año 1600, en Madrid. Al morir su padre, los tres hermanos iniciaron un pleito a su madrastra por desacuerdos con la voluntad testamentaria de su padre y pasaron a depender, desde entonces, de su tío materno. Los problemas económicos acompañaron a los hermanos Calderón, Diego José y Pedro, casi toda su vida.

El futuro poeta recibió una sólida formación, primero con los jesuitas y luego en Salamanca, donde cursó cánones y derecho desde 1615 hasta 1620. Un año más tarde se vio complicado en un lance con víctima mortal, al que se sumará otro percance más conocido, que terminó distanciándolo de Lope; un cómico hirió a un hermano de Don Pedro y, en su persecución, el poeta y los alguaciles entraron en el convento de las trinitarias, donde profesaba Marcela, la hija de El Fénix.

En estos años juveniles se especula con la posibilidad de que se alistara en el ejército y viajara por Italia y Flandes. Aunque esta participación no se ha probado, lo cierto es que Calderón intervino en algunas contiendas importantes, como la guerra de Cataluña, donde murió su hermano José.

Empezó a adquirir fama a partir de 1630, aunque ya había estrenado El príncipe Constante, La dama duende y La devoción de la cruz. Fue en la década de los treinta cuando escribe sus piezas maestras: La vida es sueño, El mágico prodigioso, El alcalde de Zalamea, El gran teatro del mundo

En 1647 tuvo un hijo natural, que cuidó como sobrino hasta que lo reconoció en 1651, cuando se ordenó sacerdote. Las presiones eclesiásticas para que abandonara el teatro, entonces, no prosperaron porque desde palacio se le instó a que siguiera preparando las fiestas reales. Su quehacer literario no mermó en estos años, tanto para la corte, con piezas mitológicas y zarzuelas (Andrómeda y Perseo, Celos aun del aire matan…) como para las celebraciones del Corpus, con sus autos sacramentales (Los encantos de la culpa, La cena del rey Baltasar, El gran mercado del mundo…). Desde 1653 vivió en Toledo como capellán de los Reyes Nuevos, pero viajaba mucho a Madrid, para seguir de cerca las representaciones de sus obras. De nuevo en la corte, fue capellán de honor de su majestad. Poco a poco fue disminuyendo su actividad dramática durante el reinado de Carlos II. Sin embargo, puede decirse que no la abandonó hasta el lecho de muerte el 25 de mayo de 1681, cuando redactaba el auto de La divina Filotea.

 

Reflexivo, con un carácter más intelectual que impetuoso, pesimista y lúcido, siempre le acompañó el sentimiento trágico de la vida que subyace en sus obras teatrales, a las que se dedicó por completo, sin más escándalos que aquellos lances de juventud. Por ello, se ha calificado la suya de “biografía del silencio”.

El alcalde de Zalamea es, junto con La vida es sueño, la obra más universalmente reconocida de nuestro teatro clásico. Pocas piezas han sido tan estudiadas por la crítica especializada, que ha alabado unánimemente este drama de labradores como una obra maestra de nuestro teatro áureo. Tiene una perfecta estructura, fruto del talento del gran arquitecto dramático de nuestro Siglo de Oro, en la que habitan unos personajes profundos, sinceros y asombrosamente pegados a la realidad. El estilo del verso es directo, sencillo, apenas lo suficientemente barroco para no perder el sustrato lírico imprescindible que marca el culteranismo vigente; muy lejos de otras experiencias, casi puramente ornamentales, don Pedro elige aquí una forma que transmite una extraordinaria sensación de realidad. Narra una historia de tal potencia, que, aun tomando como eje fundamental el tema tan español del honor, nos sigue conmoviendo, porque comprendemos y compartimos sin obstáculos el drama en su contexto.

Basada, según el propio autor, en hechos reales, esta comedia aparece publicada por primera vez como El garrote más bien dado, en el volumen titulado El mejor de los mejores libros que ha salido de comedias nuevas editado en Alcalá, en 1651. Hay cierto consenso a la hora de definir una posible fecha de composición al comienzo de los años cuarenta, cuando ya se ha representado El alcalde de Zalamea de Lope de Vega, pieza que Calderón conoce y de la que, seguramente, parte para escribir la propia. Pertenece a una tradición de extraordinaria fuerza en nuestro teatro clásico: la de los dramas de abuso de poder, entre los que podríamos incluir Fuenteovejuna, Del rey abajo, ninguno, Peribañez y el Comendador de Ocaña o El mejor alcalde, el rey, que narran historias basadas en la fuerte tensión social existente entre nobles y villanos. Calderón rentabiliza desde el punto de vista dramático un problema real de su época: los tremendos desmanes que la soldadesca provocaba impunemente a los villanos, que tenían la obligación de alojar a los soldados en sus casas cuando el ejército se detenía.

No es una corriente más en nuestro teatro. Las obras que hablan al pueblo sobre el libertino, o noble indolente al que resulta prácticamente imposible detener en su camino de delitos y ultrajes recorren con fuerza nuestra tradición teatral desde El infamador de Juan de la Cueva hasta llegar, por ejemplo, hasta el Don Juan Tenorio y mas allá; la gente tiene derecho a disfrutar cierta catarsis justiciera, aunque sea en la ficción. Lejos de cualquier rigor histórico, aquí, los personajes de la ficción se miran de soslayo en el espejo de la Historia únicamente para servir de referentes, y así don Álvaro de Ataide, el capitán, era un nombre que resonaba con fuerza entre los libertinos famosos de su época, tanto como Don Lope de Figueroa, el gran general prototípico que aparece en otras obras de Calderón como Amar después de la muerte, o el propio Felipe II, que, independientemente de lo cierto o falso de este pretendido viaje a Zalamea de camino a Portugal, cumple a la perfección su función ancestral de deus ex machina.

 

Porque Calderón es un hombre de su tiempo, pero escribe para el nuestro. Bebe de todas las fuentes literarias posibles en su época para escribir un teatro cimentado en estructuras diversas que pertenecen tanto al teatro grecolatino como al arte nuevo, en el que aparecen personajes a medio camino entre la novela picaresca y la realidad decadente que les rodea, una lírica efectiva que acusa cuando es menester las preciosistas tendencias poéticas en boga, un gran conocimiento del mundo que parte de unas dotes de observador excepcionales, que no se detiene en cuestiones superficiales, sino que aprecia la esencia de cada situación, de cada individuo, y plasma, con un eficaz instinto teatral, lo que necesita de la historia para el espectador de su tiempo, para el espectador de cualquier tiempo.

Es cierto que a don Pedro siempre se le ha atribuido el orden y la limpieza en sus obras frente a Lope y su vitalidad desbordante, pero es en obras como ésta donde se puede encontrar el tipo de inmediatez que no deja apenas espacio entre la pluma y los impulsos. Calderón no deja de ser Calderón, faltaría más, pero encuentra un camino lejos de la exhibición, donde forma y contenido no sólo convergen, sino que se acaban difuminando en un todo pleno de belleza. Seguramente ése es el material del que está hecha una obra maestra: todo en su justa proporción, hasta lo inexplicable.

La profesión teatral siempre ha mantenido en su repertorio básico El alcalde de Zalamea como una obra indispensable y deseada por el público, siendo traducida desde muy pronto a las principales lenguas europeas. Sus diálogos eran considerados paradigmáticos, al contener la belleza del verso calderoniano y parte de una filosofía popular que continúa profundamente enraizada en nuestros días, y que tiene que ver con el individuo mismo, con la honradez, la dignidad, el trabajo, la tierra, la confianza y la justicia. Frente a esto todo el sistema de poder, representado en escena en toda su extensión, desde el soldado al Rey, que trae sus propios valores y conceptos. Nada será lo mismo después de los cuatro días de agosto en los que la familia de Pedro Crespo se ve obligada a convivir con la milicia real.

~ by lostonsite on 10 diciembre, 2010.

Arte, Teatro

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