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Cuando se medita sobre el paso del tiempo

RICHARD STRAUSS
DER ROSENKAVALIER (EL CABALLERO DE LA ROSA)

TEATRO REAL
Diciembre 2010: 3, 6, 9, 11, 14, 17, 19, 22

Ficha artística:

Reparto del día 9 diciembre:
Dirección musical ……………………………………………. Jonas Alber
Dirección de escena y escenografía ………………….. Herbert Wernicke
Dirección de coro …………………………………………….. Andrés Máspero

La Mariscala ……………………………………………………. Anne Schwanewlims
Barón Ochs auf Lerchenau ………………………………. Franz Hawlata
Octavian …………………………………………………………. Joyce DiDonato
El señor Faninal ………………………………………………. Laurent Naouri
Sophie …………………………………………………………….. Ofelia Sala
Marianne …………………………………………………………. Ingrid Kaiserfeld
Valzacchi …………………………………………………………. Peter Bronder
Annina ……………………………………………………………… Helene Schneiderman
Un comisario de policia ………………………………….. Scott Wilde
El mayordomo de la Mariscala …………………………. Ángel Rodríguez
El mayordomo de Faninal ……………………………….. Josep Fadó
Un notario ………………………………………………………… Lynton Black
Un posadero ……………………………………………………… Christoph Homberger
Un cantante ………………………………………………………. Alessandro Liberatore

Tres huérfanas nobles: Tetyana Melnychenko, Maira Rodríguez, Rosaida Castillo
Una modista: Consuelo Garrés
Un vendedor de animales: Houari López Aldana
Cuatro sirvientes: Gaizka Gurruchaga, Carlos Silva, Gustavo Gibert, Abelardo Cárdenas
Cuatro camareros: José Alberto García, José Carlo Marino, Harold Torres, Rubén Belmonte Lillo
Un criado: Ivo Stanchev

Der Rosenkavalier Op. 59 (El caballero de la rosa) es una ópera cómica en tres actos, con música de Richard Strauss y libreto de Hugo von Hofmannsthal y el mismo compositor. Fue estrenada en Dresde el 26 de enero de 1911, por el director de orquesta Ernest von Schuch y la dirección artística de Alfred Roller. El estreno en España tuvo lugar el 2 de abril de 1921, en el Gran Teatro del Liceo, de Barcelona.

Después de componer óperas como Salomé (1905) y Elektra (1909), en donde asomaba la politonalidad, la atonalidad y el paroxismo expresionista, con un texto dramático influido por el vocabulario freudiano de las pasiones humanas, Strauss comunicó a Von Hofmannsthal su deseo de componer una ópera distinta, al estilo de la ópera mozartiana, ligera, humorística y ambientada en la sociedad del siglo XVIII, como la ópera Las bodas de Fígaro.

A diferencia de las óperas anteriores, el libreto de Von Hofmannsthal es original; es decir, que no está basado en obras literarias existentes. En el bosquejo inicial, los protagonistas iban a ser el barón Ochs y Octavian. Sin embargo, a medida que fue avanzando la escritura de la obra, el personaje de la Mariscala fue creciendo y afirmándose hasta transformarse en un rol protagónico.

El título de la ópera alude a una costumbre inexistente inventada por Von Hofmannsthal, que sirve de excusa para el desarrollo argumental.

. Argumento

La historia transcurre en Viena, en el siglo XVIII, en los primeros años del reinado de la emperatriz María Teresa I.

– Acto I.
Dormitorio de la Mariscala

Una introducción orquestal de brillante color y movimiento tempestuoso describe la noche de amor que Quinquin, el joven conde Octavian, vive en brazos de la princesa Werdenberg. El primer acto se desarrolla en su dormitorio. Amanece. Octavian está arrodillado junto a la cama de su amada, acaricia y besa a ésta. Se siente embriagado de dicha, mientras en el amor de la princesa hay un sentimiento más maduro. Es unos quince años, tal vez veinte, mayor que Quinquin, que sólo tiene diecisiete, y sabe que «hoy o mañana o pasado mañana» llegará el instante de la despedida, de manera que en su afecto hay algo de melancolía.

  

Un criado negro lleva el desayuno: Octavian se oculta, pero olvida su espada en un lugar visible. Le preocupa no tener ninguna experiencia en situaciones así. La princesa lo consuela, la alegría regresa. Sin embargo, cuando Quinquin menciona al mariscal, el esposo de la princesa, que en ese momento visita una lejana guarnición, la mujer se pone pensativa. La noche anterior soñó con él. Fue como si hubiera oído sus golpes en la puerta del dormitorio y…

 

 

¿Qué es eso? Se oyen claramente voces airadas. ¿El mariscal? Octavian la tranquiliza: el mariscal está lejos. ¿Quién entonces?. Por fin, después de una larga y violenta discusión en la antesala, se abre la puerta (Octavian apenas tiene tiempo de ocultarse), y entra el gordo, jovial y maduro barón Ochs von Lerchenau, un pariente lejano de la maríscala, saluda a su «prima» con un besamanos algo provinciano y se sienta cómodamente. La princesa recuerda de repente una carta que este primo le había escrito y que ella no había leído o había olvidado. Sí, el barón había anunciado aquella visita para pedirle su benévolo consejo con ocasión de su matrimonio, pues pensaba casarse con una joven, a decir verdad de origen burgués, pero hija de un proveedor del ejército, muy rico y de muy buena salud, que acababa de ser elevado a la nobleza por Su Majestad. Además, a la joven hasta «un ángel la encontraría guapa». El barón no oculta que su situación financiera necesita urgentemente algún apoyo; y por eso se ha decidido por este enlace, que tiene algo de braguetazo. La maríscala no sabe si reírse del noble de provincias, cómico a pesar suyo, o amargarse por la situación del mundo.

Octavian, que ha encontrado en algún lugar un uniforme de doncella, se deja ver durante la conversación, y disfrazado de esa manera quiere refugiarse en otra habitación. Sin embargo, el barón Ochs, aunque hace mucho que ha dejado de ser mozo, no es hombre que deje escapar a una mujer tan joven. Mientras charla con la maríscala, echa flores a la supuesta doncella, para diversión secreta de la princesa, que en ese momento, puesto que el barón ha expuesto ya el motivo de su visita, propone como encargado de la petición de mano, como «caballero de la rosa», al joven conde Octavian Rofrano. Ochs, sintiéndose muy honrado por tan distinguida elección, le da las gracias, pero queda muy sorprendido cuando contempla el retrato del conde que le alarga la maríscala. El parecido con la doncella es notable. La princesa sonríe. «¡Qué cosas ocurren en Viena!», piensa el noble de provincias, que piensa aprovechar durante unos días aquella supuesta liberalidad de costumbres.

 

Todavía pide a su prima que le recomiende un buen notario para el contrato de matrimonio, que espera redactar en su propio provecho. El notario se encuentra en la antesala, como todas las mañanas, mientras empleados, peticionarios, parientes y amigos se agolpan para la recepción. Entonces se abren las anchas puertas y comienza la audiencia, mientras, de acuerdo con la antigua costumbre de los nobles, peinan y visten a la maríscala. Hay una viuda con tres huérfanos que pide protección; un cantante con un flautista (que interpretan una hermosa aria al estilo italiano); un tratante en animales, que elogia un magnífico ejemplar de perro; un erudito, una sombrerera, una pareja de intrigantes que ofrece sus servicios para todo tipo de informes y encargos; la servidumbre de Ochs von Lerchenau, de aspecto muy sospechoso; y por último, el notario, que el barón lleva en seguida a un lado para comunicarle sus deseos tocantes a la redacción del contrato matrimonial. La discusión de los dos hombres es cada vez más violenta, pues el barón exige cosas legalmente imposibles. Finalmente, el barón brama de tal manera que el cantante se interrumpe espantado y la audiencia sufre una desagradable interrupción. Mientras todos se retiran, Ochs pone en la mano de la maríscala la rosa de plata, el símbolo de la petición de mano aristocrática. Por mediación suya, el conde Octavian deberá entregarla a la señorita von Faninal, la prometida del barón. Luego se hace el silencio.

La princesa está en actitud pensativa ante el espejo. ¡Cómo desprecia al grosero primo que se casa con una bella joven, pura y demasiado buena para aquel viejo verde que incluso cree que tiene algo que perder! Sus pensamientos se dirigen al pasado. ¿Acaso ella misma no fue una niña inocente a la que sacaron del convento para casarla? ¿No está ahora casada con un hombre a quien apenas conoce, que siempre está de viaje? ¿Adonde ha ido su propia imagen? Se contempla largamente en el espejo. Las primeras arrugas, los ojos inteligentes que han visto y llorado mucho: no, la joven de otras épocas ya no existe. Y sin embargo, ¿no es siempre la misma en el corazón? Antes, la pequeña Resi, luego, la princesa madura… ¿Cómo puede ocurrir? ¿Cómo lo permite Dios? Si al menos impidiera que se tuviera aquel aspecto al envejecer… ¿El sentido de todo? Permanece en secreto. Y se está allí para soportarlo. Y toda la diferencia está en cómo…

 

El maravilloso monólogo de la maríscala suena lleno de ternura y contenida tristeza. Pero entonces la vida vuelve a entrar en su habitación, en forma de Octavian, que viste esta vez un traje de montar. Octavian no entiende por qué su amada está pensativa o de mal humor. Tal vez esté preocupada por su terrible primo, o tal vez tenga miedo de lo que le pueda ocurrir a él. Hace ademán de abrazarla. Ella lo rechaza con dulzura. «Hoy, o mañana, o pasado mañana», piensa y dice la princesa. Octavian no la entiende: «Ni hoy ni mañana: ¡nunca!». La maríscala decide que le facilitará las cosas cuando llegue el momento. Octavian se siente herido o se hace el ofendido, y se va. «Incluso tengo que consolar al joven por el hecho de que antes o después tenga que abandonarme», piensa la princesa. Y luego, sobresaltada: «Ni siquiera le he dado un beso de despedida». Envía a sus lacayos, pero Octavian se ha ido a caballo. Entonces, con una sonrisa triste, entrega al pequeño negro el estuche de la rosa de plata: Llévasela al conde Octavian…, él sabe de qué se trata… El telón cae lentamente sobre uno de los finales de acto más melancólicos que hayan creado un poeta profundo y un músico capaz de representar magistralmente todos los sentimientos humanos.

– Acto II.
Sala de visitas en la casa de Faninal

En el palacio del nuevo rico, el señor von Faninal, todo está preparado para el gran día. El señor de la casa no cabe en sí de orgullo: ¡su yerno un barón! ¡Y un tal conde Rofrano es el «caballero de la rosa»! El nombre de éste resuena en las calles por donde pasa su carroza. Rápidamente hace las ultimas advertencias a Sophie, la bella novia, y a la fiel Marianne, el ama de llaves. Octavian, vestido de plata resplandeciente, joven y apuesto, entra en el palacio. Solemnemente lleva la rosa que el novio debe enviar a la novia, antes de entrar en la casa, como signo de amor. La música alcanza entonces un esplendor indescriptible, centellea e ilumina con colores enceguecedores.

  

Los dos jóvenes se encuentran: Sophie con una profunda inclinación y Octavian con un gesto cortés. Balbucen palabras entrecortadas mientras el conde entrega la rosa. Sophie la acerca a su rostro: su perfume es como el de las rosas del cielo, no como el de las terrenales, ¡y qué alejada del mundo suena la elevada melodía que Strauss pone en su garganta en ese instante!

 

La conversación va cobrando vida lentamente. Sophie vence su timidez y cada vez parece más atractiva al joven conde. Faninal se acerca con el novio. El contraste no podría ser mayor. Ochs se comporta desde el primer momento de manera desdeñosa, como él mismo dice, pero en realidad como un tratante en caballos que inspecciona a su novia de arriba abajo.

 

Faninal está pagadísimo de sí mismo. ¡Si todos los vieneses envidiosos pudieran ver su palacio! Pero Sophie siente repugnancia por aquel grosero y por sus ofensivas observaciones. La indignación de Octavian es cada vez mayor. Ochs entona su canción favorita, una melodía de vals popular que suena soez en su boca y con la que exalta de manera burda los placeres de la carne.

Afortunadamente, cuando la tensión parece haber llegado a su punto máximo, se presenta el notario. Ochs se retira con él a una habitación contigua. Entonces Sophie da rienda suelta a su desesperación. ¡Jamás se casará con aquel patán! Octavian no la puede ayudar; primero debe obrar ella sola. Pero ambos saben que no podrán olvidar aquella hora. Se abrazan con fuerza.

La pareja de intrigantes ya está allí y da la alarma. El barón enfoca el asunto «como un hombre de mundo», pues se trata de su «primo» (Octavian se estremece ante la familiaridad), y él mismo había pedido al joven conde que despejara la timidez de Sophie.

 

Sin embargo, aquel tono ligero sirve de poco. Sophie le dice en la cara que nunca se casará con él. Ochs hace como si no entendiera, quiere seguir ocupándose de los trámites con el notario. Pero Octavian se planta delante de él y confirma las palabras de Sophie. Ambos sacan la espada, pero, al primer rasguño, el barón deja caer la suya y comienza a gritar pidiendo auxilio. Lo tienden en un diván y le ponen vendas. Octavian ha abandonado la casa, Faninal está furioso con su hija, a la que plantea la alternativa de casarse con el barón o ir a un convento. La escena es grotesca. Ochs recupera pronto su buen humor, después de algunas invectivas contra la juventud y la gran ciudad, pero sobre todo gracias a una carta que Annina, la intrigante, pone en sus manos. Es de la doncella que el barón conoció el día anterior en el palacio de la maríscala, y que le pide una cita. ¡El barón es irresistible! Muy ufano, el barón silba y tararea su vals favorito, y está completamente satisfecho de la marcha del mundo.

– Acto III.
Una habitación en una posada

El comienzo del acto tercero convierte la comedia en farsa, tal vez en exceso. En un reservado de una taberna de Viena, Ochs ha preparado todo para su cita con Marianne, la supuesta doncella: iluminación difusa, buenos vinos, música suave en la habitación contigua. No sabe que todo figura en los planes secretos de la «otra parte», y que habrá de recibir una formidable lección que redundará en la liberación de Sophie. Aparecen la supuesta Mariandl y Ochs, éste con el brazo vendado, herido en el enfrentamiento del día anterior; el barón pone en juego en seguida sus artes de seductor, pero nada sale bien.

 

La joven se muestra tonta y lloriqueante, en todos los rincones de la habitación parece haber duendes y por último llega un comisario de policía. Ochs todavía cree que puede ganar. Apela a su parentesco con la maríscala y presenta a la joven como si fuera su novia, la señorita von Faninal. Por supuesto, se opone a que se comprueben sus afirmaciones, pero el comisario se muestra muy recalcitrante. Entonces aparece Faninal con su hija, indignado por haber sido emplazado de noche en una taberna de mala fama, para sacar a su futuro yerno de una situación desagradable. Ochs comienza a sospechar, pues él habría sido el último en llamar a Faninal. En el punto culminante de la confusión, Octavian se quita rápidamente el pañuelo y las ropas de doncella. Ochs se restriega los ojos. Pero entonces llega la maríscala, saludada respetuosamente por todos.

 

A un gesto de ella, el comisario se despide. Ochs quiere protestar una vez más, cree que todavía puede salvar el tipo. «Si Marianne es Octavian…, entonces…» «Si es un caballero —le replica la princesa—, será tratado como tal»; es lo único que ella espera de él. Y Ochs se recupera, intenta mantener la compostura, a pesar de que ha perdido la peluca y presenta una imagen lamentable en medio de las personas que pugnan por acercársele. Se va, y la farsa se convierte en drama. Hofmannsthal construye con mano maestra un final estremecedor. Hay tres personas en escena: la maríscala, Octavian y Sophie. Ha llegado el gran momento que la princesa había intuido hacía mucho. Y con infinita nobleza hace realidad su propósito: facilitarle las cosas al joven, aun cuando a ella se le desgarre el corazón. «Prometí quererlo bien…», comienza el terceto, de una belleza intachable, casi sobrenatural.

La princesa ofrece el brazo a Faninal, que de esa manera recibe un poco de consuelo en compensación por los golpes sufridos. Sophie y Octavian se quedan solos. El canto final que une el corazón de los dos jóvenes es sencillo, popular, mozartiano y lleno de calidez íntima: «Es un sueño, no puede ser cierto que estemos juntos, juntos para siempre…». Lentamente salen de la sala, en la que se van apagando las luces. El pequeño negro llega corriendo, recoge un pañuelo del suelo y sale corriendo.

La música es otra vez ligera y alegre. Como si quisiera subrayar las palabras de la maríscala: «Todo ha sido una mascarada vienesa y nada más…». ¿Nada más?

«El caballero de la rosa» combina una farsa de enredos al estilo de las comedias del siglo XVIII, centrada en el barón Ochs, con una profunda reflexión sobre el paso del tiempo, a cargo de la Mariscala.

Estos dos temas destacan la oposición entre estos dos roles. El barón es un personaje burdo, lujurioso y pedante, mientras la Mariscala representa el pensamiento moderno, refinado e inteligente.

Si bien la trama está ambientada en el siglo XVIII, los temas tratados son enfocados desde las ideas del siglo XX. No hay censura alguna respecto del hecho que la Mariscala sea infiel a su marido con un joven adolescente, sino que por el contrario este personaje es tratado con respeto y afecto. Por otra parte, la intención del barón de casarse con Sophie se muestra en todo momento con sarcasmo e ironía, resaltando las aristas más viles y cínicas de esta unión. Finalmente, cuando Sophie descubre el tipo de persona que es el barón Ochs, decide no casarse con él, actitud que difícilmente sería tolerada en el momento en que transcurre la obra.

Los roles de Octavian y la Mariscala se corresponden con los de Cherubino y la Condesa en «Las bodas de Fígaro» de Mozart, pero mientras en ésta el amor de Cherubino hacia la Condesa no es correspondido, Strauss los presenta como amantes desde el comienzo de la ópera.

Al igual que en la citada ópera de Mozart, una mujer asume el papel de un joven, en este caso Octavian, pero en la obra de Strauss se acentúa la confusión sexual que esto provoca. En las primeras funciones a partir del estreno de esta obra, muchos espectadores se escandalizaron por el hecho de que la obra comience con una escena de alcoba entre dos mujeres, donde una de ellas toma el rol de un joven. Esta confusión se acentúa cuando el barón persigue a una criada que en realidad es un joven disfrazado de mujer, pero cuyo rol es representado por una mujer. Si bien una situación similar se presenta en «Las bodas de Fígaro«, no tiene un papel central dentro de la trama, como en esta ópera.

Una diferencia significativa respecto de «Las bodas de Fígaro» es que el libreto de Von Hofmannsthal carece del contenido social que subyace en la obra de Mozart. Mientras en la ópera de Mozart la trama pone en evidencia conflictos entre la aristocracia y las clases bajas (lo que motivó que la obra teatral en la que se basa estuviera prohibida en varias ciudades de Europa), en la obra de Strauss los conflictos se dirimen entre la aristocracia y la burguesía acomodada.

El libreto de Von Hofmannsthal evoca la ironía y el tono moralista de la obra “Marriage à-la-mode” (“Casamiento a la moda”), del pintor inglés William Hogarth. Esta obra relata a través de seis pinturas las nefastas consecuencias de un contrato matrimonial entre el hijo de un aristócrata en decadencia y la hija de un burgués millonario. La cuarta pintura de esta serie inspiró la escena del primer acto en la que la Mariscala recibe a las visitas, al notario, al peluquero y al cantante con el flautista.

La maríscala es una de las figuras más conmovedoras y maravillosas de todas las épocas de la ópera (y del teatro). ¡Con cuánta nobleza oculta su desengaño, que previo como hábil mujer de mundo! ¡Qué poco patética es su actitud cuando habla del envejecimiento (monólogo del primer acto), de su intento infructuoso y sin embargo profundamente humano de detener la marcha trágica de los relojes! La mujer que envejece: podría ser una tragedia, pero es una fina pincelada de ligera melancolía. Por lo demás, según los parámetros actuales, es una mujer joven; Strauss, cuando se le preguntó, dijo que la maríscala tenía más de treinta años, y en la Viena de 1750, ninguna mujer de esa edad se consideraba joven. Hofmannsthal necesita esa diferencia de edades que hay entre la viril juventud de Octavian y la madurez de su amada para darle tensión al argumento; ha dado a la maríscala tal riqueza de rasgos conmovedores que ésta conquista sin esfuerzo todo el favor del público, más que las otras figuras. Ella, que nunca conoció la verdadera dicha del amor, conduce a su joven amante con tanta sensibilidad y delicadeza hacia la vida, se propone hasta tal punto «incluso amar el amor de Octavian por otra», que toda la corriente de simpatía corre hacia ella desde el momento en que el telón se levanta por primera vez. ¡Cuánta nobleza y grandeza humana le ha dado Hofmannsthal, pero también cuánto encanto, humor, calidez femenina, conocimiento de la vida! ¡Y cuánta maestría hay también en Hofmannsthal, que pudo situarla en una comedia risueña, a pesar de que la maríscala nunca es cómica ni «graciosa»! Por supuesto, se trata de una comedia en que la nostalgia, las lágrimas y la profunda melancolía están tan a mano como la risa, el buen humor, la alegría del daño ajeno y la comicidad de las situaciones. Desde el primer instante se siente que Octavian y Sophie están hechos el uno para el otro. Hofmannsthal lleva con cuidado a cada uno al encuentro del otro, en medio de confusiones, con gran sentido práctico. Nunca se elogiará lo suficiente esta comedia.

En «El caballero de la rosa» (Der Rosenkavalier) Strauss se aleja de algunos rasgos vanguardistas que muestran sus óperas anteriores, cercanos a la atonalidad, y opta por un lenguaje más luminoso, donde el cromatismo de raíz wagneriana cede ante un esquema predominantemente diatónico.

Al igual que Wagner, Strauss utiliza una serie de motivos que identifican a los personajes y a las situaciones, y que aparecen a lo largo de la obra con distintas transformaciones.

El preludio se abre con el tema de Octavian a cargo de la trompa, brusco y enérgico, recordando a “Don Juan”, uno de los poemas sinfónicos del autor.

En este fragmento se expone por primera vez el tema que va a servir para describir los sentimientos de la Mariscala. Se trata de un tema que a pesar de no carecer de fuerza, muestra nostalgia y resignación.

El aria italiana del primer acto, “Di rigori armato il seno”, es una serenata sentimental que imita una página típica del repertorio tradicional. Es un fragmento pleno de lirismo, de gran exigencia vocal, que en su repetición contrasta con el diálogo entre el barón y el notario discutiendo los términos del contrato matrimonial.

La escena final de este acto comienza con el monólogo de la Mariscala, “Da geht er him”. Este personaje ya se había mostrado como amante experta y sensual en la escena con Octavian, y como dama frívola y noble en los diálogos con el barón. Ahora aparece como una mujer madura y reflexiva. En este fragmento Strauss utiliza instrumentos solistas que dan a la orquesta una sonoridad camarística que subraya el ambiente intimista de la escena. La aparición de Octavian es acompañada con una música apasionada y por momentos dramática, que contrasta con el tono sereno y melancólico de la Mariscala.

En el segundo acto se destaca la escena del encuentro entre Octavian y Sophie, “Mir ist die ehre widerfahren”, en la cual el acto de entrega de la rosa de plata se transforma en un dúo de amor. La melodía extasiada de Sophie llega hasta el extremo agudo en pianissimo, y el compositor logra a través de la música y el texto suspender y elevar a los personajes hasta colocarlos por encima del espacio y del tiempo. Se introduce el tema de la rosa de plata, con una orquestación sumamente original, que consiste en 3 flautas, 3 violines, celesta y 2 arpas, de modo que el sonido tenga matices plateados y sugiera el metal de la rosa. La escena concluye con un epilogo orquestal, en el que una intervención del clarinete indica la presencia del barón Ochs, y rompe el clima poético de la escena.

Un párrafo aparte merece el uso del vals como forma musical presente en muchos momentos de la partitura. Se trata de un anacronismo deliberado, ya que esta forma musical es del siglo XIX, y no era común en la época en que transcurre la acción. Uno de los fragmentos más célebres de esta ópera es el vals que está a cargo del barón en el segundo acto, “Ohne mich, ohne mich jeder tag dir so bang”. Si bien el barón se expresa mayormente con frases entrecortadas y recitadas, los momentos en que se expresa melódicamente son en general cuando lo hace con ritmo de vals. De esta manera, el uso del vals está ligado al personaje del barón. En lugar de la brillantez de los valses vieneses de Johann Strauss, los que se escuchan en esta obra están cargados de ironía y tienen un aire decadente.

El Acto III culmina con el trío entre la Mariscala, Octavian y Sophie, “Hab` mir`s gelobt”, una de las páginas más bellas de la producción operística de Strauss, en el que la Mariscala renuncia a su amor por Octavian, dando por cumplido aquello que había anunciado al final del primer acto. El compositor muestra su habilidad para combinar tres voces femeninas de timbre parecido sin que esto resulte monótono y confuso. Las voces entran en forma sucesiva, introduciendo variantes que crean una estructura cada vez más compleja.

La obra se cierra con el dúo de Octavian y Sophie, “Ist ein Traum, kann nicht wirklich sein”, en el que expresan mutuamente su amor, con los temas ya expuestos en el segundo acto.

~ by lostonsite on 9 diciembre, 2010.

Música, Ópera

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