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Cuando se conservan fragmentos de historia

MUSEO ARQUEOLÓGICO PALENCIA

El Museo Arqueológico de Palencia se sitúa en la Casa del Cordón, único monumento civil del siglo XVI de estilo renacentista que se puede contemplar en la actualidad. Su hermosa portada está enmarcada por un cordón tallado al cual debe su nombre. Rehabilitado como Museo Arqueológico, recoge restos aparecidos en la capital y en la provincia, desde la Prehistoria a la Edad Media.

I. CULTURAS PREHISTÓRICAS Y PUEBLOS PRERROMANOS

1. El Paleolítico: El Origen del Hombre y su Evolución

El término Paleolítico, que etimológicamente significa «antigua edad de la piedra», hace referencia a la más larga etapa de la Prehistoria que se inicia hace unos dos millones de años con las primeras señales de actividad humana y termina con los más bellos ejemplos de las pinturas naturalistas conservadas en cuevas tan renombradas como la de Altamira en Cantabria o la de Lascaux en la Dordoña francesa.

Para reconstruir el pasado del hombre durante este larguísimo periodo, los prehistoriadores utilizan fundamentalmente dos calses de datos, los propios restos humanos y los artefactos que fueron elaborando y utilizando en cada momento.

El primer individuo que ofrece rasgos de afinidad morfológica con el hombre actual tuvo su asiento, hace unos dos millones de años, en la franja oriental del continente africano y ha sido bautizado con el nombre de HOMO HABILIS. Con él están relacionados unos toscos artefactos de piedra, conocidos como «Cantos trabajados» que corresponden a la fase más arcaica del Paleolítico Inferior.

En un momento más avanzado de esta misma etapa, hace un millón y medio de años, se documenta la existencia de otro individuo más evolucionado, conocido como HOMO ERECTUS, del que ya tenemos evidencias en el Sur de España y, con fechas algo más recientes, en el importante yacimiento de Atapuerca (Burgos). Fabrica unos artefactos más elaborados y de formas más vistosas que se conocen con el nombre de bifaces por estar tallados por ambas caras.

En la fase siguiente, el Paleolítico Medio, que se inicia hace unos 100.000 años, tenemos un nuevo tipo humano denominado HOMO SAPIENS de Neanderthal, cuyos restos van acompañados de unos utensilios líticos de menor tamaño, más elaborados y con funciones más variadas. A partir de lascas extraídas de un simple canto, se obtienen «raederas», «puntas», «dentículados», etc. que se utilizan para raspar, perforar y cortar.

En el Paleolítico Superior, hace unos 35.000 años, el hombre presenta una constitución física y una capacidad craneal muy similiar a la actual. Se le denomina HOMO SAPIENS SAPIENS y fabrica instrumentos de piedra más perfeccionados así como arpones, propulsores y pequeños dardos que indican su alta especialización como cazadores. A todo ello hay que sumar las bellas pinturas conservadas en las numerosas cuevas de España y Francia que constituyen la más antigua manifestación artística del hombre.

– Yacimiento de «Los LLanos». San Quirce del Río Pisuerga: El yacimiento arqueológico de «Los Llanos», situado en Quirce del Río Pisuerga, es el lugar más importante de cuantos en la provincia palentina han aportado instrumentos líticos pertenecientes al Paleolítico Inferior y el único que hasta ahora ha sido objeto de excavación sistemática. Su antigüedad puede cifrarse en unos 500.000 años.

Aunque su emplazamiento está actualmente algo alejado del cauce del Río Pisuerga (unos 1500 m.), en su origen tuvo una vinculación directa con él, formando parte de la terraza fluvial que hoy se encuentra a +39 m. de altura sobre el cauce actual. Esta situación revela la tendencia del hombre primitivo a instalar su hábitat en los márgenes del río y junto a zonas pantanosas donde encontraba abundantes cantos rodados para elaborar sus utensilios y recursos alimenticios fáciles de obtener mediante la caza de los animales que buscaban pastos y abrevaderos en época de estiaje; estos asentamientos solían tener un carácter estacional durante etapas breves y transitorias.

En uno de los sectores excavados, se ha podido comprobar la existencia de cenizas correspondientes a un hogar, aunque sin resto alguno de elementos orgánicos, lo que indica que ya conocían y utilizaban el fuego. La industria lítica está elaborada mayoritariamente con recursos locales como la cuarcita y cuarzo, presentados bajo formas de cantos rodados. Se detecta también una escasa presencia de sílex, materia ajena al lugar, en piezas importadas como productos ya confeccionados.

2. El Neolítico: Una etapa de innovaciones

La poco afortunada denominación de NEOLÍTICO encierra un significado mucho más amplio que el meramente etimológico (nueva edad de la piedra) y hace referencia a una etapa de la Prehistoria en la que se produjeron unas innovaciones trascendentales en el desarrollo humano. Estos cambios innovadores, que en el Oriente Próximo se inician hacia el año 8000 a. C. y en la Península Ibérica se sitúan en torno al 4000 a. C., pueden quedar resumidos en los siguientes aspectos fundamentales:

– Primeros agricultores: Se inicia la sustitución paulatina de una economía exclusivamente recolectora de productos silvestres por otra de cultivo agrícola orientada al aprovisionamiento de productos cereales como el trigo y la cebada. Paralelamente, se descubre el molino para triturar cereales.

– Primeros ganaderos: La domesticación de algunos animales (buey, cerdo, oveja, cabra) permite hablar de una incipiente ganadería que proporciona los productos cárnicos necesarios sin depender de la eventualidad de la caza, aunque ésta siguiera practicándose.

– Primeros alfareros: Se descubre la cerámica y la fabricación manual de recipientes para el uso doméstico y para almacenamiento de productos alimenticios; a la funcionalidad de los recipientes se añade un interés estético tanto en las formas como en su aspecto decorativo; este es el caso de la llamada cerámica cardial, decorada con impresiones mediante conchas del «cardium edule», o la denominada «a la almagra» por estar pintada con este tipo de pigmento.

– Primeros constructores: Como exigencia de estas actividades, se produce también un cambio sustancial en la forma de vida, abandonando el nomadismo de épocas anteriores por el sedentarismo en un hábitat estable. Paralelamente al lugar de habitación surge también la necrópolis.

Por último, la apliación de nuevas técnicas en la fabricación de los útiles de piedra, como el pulimento por abrasión y el retoque de los filos, dará lugar a las bellas hachas pulimentadas y a las eficaces puntas de flecha, hojas-cuchillo, etc.

La cestería, los objetos de carácter religioso y los del adorno personal son otros tantos aspectos que configuran la cultura del NEOLÍTICO.

– El Fenómeno Megalítico. El Túmulo de «La Velilla»: Hacia el año 4000 a. C., las comunidades neolíticas del oeste de Europa comenzaron a construir imponentes sepulturas monumentales, utilizando para ello enormes bloques de piedra (de ahí su condición de «tumbas megalíticas»), las cuales estaban destinadas a desempeñar el papel de lugares de enterramiento colectivo. Las más comunes de ellas, constituidas por un recinto sepulcral delimitado por losas verticales, reciben popularmente el nombre de «dólmenes».

En «La Velilla» de Osorno, en cambio, los constructores se decantaron por un modelo distinto, no menos colosal sin embargo, cuya particularidad estriba en que los grandes bloques ciclópeos u ortostatos descansan apaisados, formando una plataforma que sirve de basamento a unos muretes de tapial.

La excavación del monumento ha permitido descubrir la existencia en su interior de un valioso osario correspondiente a cerca de un centenar de personas, cuyos esqueletos, coloreados con ocre y excepcionalmente con cinabrio, se acompañan de diversos objetos depositados con ellos, a modo de ofrendas. Entre estos objetos, cabe destacar los útiles tallados en pedernal, las hachas pulimentadas, las cuentas de collar fabricadas sobre concha y piedras semipreciosas. Muy representativas son también ciertas espatulas trabajadas a partir de tibias de ovicápridos, conuna bella decoración en los mangos que en uno de los ejemplares representa el torso y la cabeza de una mujer.

Las características del osario de La Velilla son distintas en la base y en la parte superior del mismo. Allí únicamente se conservan los huesos esqueléticos más grandes -cráneos, pelvis, tibias, fémures, húmeros…-, del todo descoyuntados y en asociación con restos de animales salvajes como el jabalí, el corzo y, sobre todo, el conejo y la liebre. Por el contrario, encima no existe tal discriminación de piezas óseas; están presentes todas y, en ciertos casos, guardando además estricto órden anatómico, sin duda como testimonio de que los cadáveres fueron enterrados enteros.

Un detalle más a consignar es que bajo el monumento y separado de éste por un suelo artificial de calizas machacadas, se atestiguan sendos niveles de hábitat, datándose el más antiguo mediante el carbono 14 ligeramente por encima del 4000 a. C., mientras que el más moderno se sitúa en las últimas centurias del cuarto milenio a. C., muy cerca del momento en que sabemos funcionaba ya la sepultura.

3. El Calcolítico y el Campaniforme: De la Piedra a los Metales

La palabra CALCOLÍTICO encierra dos conceptos -cobre y piedra- con los que se ha definido una etapa caracterizada por el uso de estos dos elementos en la fabricación de armas y utensilios. El sílex continúa utilizándose de forma preferente para elaborar los mismos instrumentos y con la misma técnica que en la etapa neolítica, de modo que las hacahs pulidas, las puntas de flecha, las láminas-cuchillo, etc. constituyen el utillaje predominante en los yacimientos arqueológicos calcolíticos.

La gran innovación de este período fue el descubrimiento del cobre en estado nativo con el que fabricaron los primeros utensilios mediante su elaboración en frío. Pero el gran avance se  produjo con el inicio de una sistemática acción prospectora de minerales y el descubrimiento de las técnicas de fundición para obtener el cobre a partir de minerales complejos.

El foco originario de esta nueva metalurgia se sitúa en tierras de Anatolia y Siria, ya en el VI milenio, dos mil años antes de que en el sur de la Península Ibérica aparecieran los primeros objetos fabricados en el nuevo metal.

Las primeras armas y herramientas de cobre fabricadas en la Meseta fueron puñales, hachas planas, cinceles y leznas, elaboradas en talleres locales de fundición, según atestiguan los moldes y crisoles hallados en algunos yacimientos. Como complemento de la cultura material de esta época, hay que añadir la cerámica decorada con motivos incisos, los punzones y botones de hueso así como las pinturas y lso grabados rupestres. Otros aspectos de la vida de estos pueblos son los poblados constituidos por cabañas circulares y un notable desarrollo de las técnicas agrícolas y ganaderas. Los cereales y los animales domésticos (vaca/buey, oveja, cabra, caballo y cerdo) constituyeron la base de su economía y alimentación.

En un momento ya avanzado del período calcolítico, surge un nuevo fenómeno cultural de acusada personalidad que se conoce como CULTURA CAMPANIFORME por la forma acampanada que presenta uno de los vasos más característicos de este momento. El ámbito de difusión de esta cultura se extiende por la mayor parte de Europa y su cronología puede situarse, en términos generales, entre los años 2000 y 1500 a. C.

Los objetos más representativos proceden, casi en su totalidad, de las inhumaciones individuales en fosa, cuyo ajuar funerario se compone básicamente de un pequeño puñal, algunas puntas de flecha, todos ellos de cobre, y tres vasos cerámicos en los que se unen la depurada técnica ceramista, la elegancia de sus formas y una decoración incisiva de singular belleza y plasticidad. En las tumbas más ricas aparecen por primera vez piezas de oro.

4. La Edad del Bronce: La nueva técnica metalúrgica

La utilización del cobre y el afán de experimentación con otros metales como el estaño condujo al descubrimiento de un nuevo metal, el bronce, obtenido mediante la aleación de estos dos elementos. Esta innovación ha servido para establecer unaa nueva etapa prehistórica, LA EDAD DE BRONCE, cuyos límites cronológicos se sitúan entre los años 1800 y 750 a. C. Pero el uso del bronce no se produjo de manera simultánea en todas las regiones ni se generalizó hasta un momento ya avanzado de esta etapa.

Durante el Bronce Antiguo (1800 – 1500 a. C.) se desarrolla en el Sureste Peninsular una cultura de acusada personalidad, denominada «Cultura del Argar», cuyas características principales se reflejan en sus poblados fortificados, en los enterramientos en cistas o en grandes tinajas dentro de las casas y en su ajuar doméstico y funerario, compuesto por vasos cerámicos de superficie bruñida (copas, tulipas y cuencos) y objetos de cobre (alabardas, hachas, espadas y puñales). En la Meseta continúa desarrollándose la «Cultura Campaniforme».

El Bronce Medio (1500 – 1200 a. C.) es un período de características poco definidas. En el Sureste pervive la Cultura del Argar en una fase más evolucionada (Argar B) y en la franja atlántica se acusa una notable influencia cultural de otras regiones como la Bretaña francesa y las Islas Británcias. Con el intercambio comercial de cobre y estaño, llegan nuevos tipos de armas como las hachas de talón, espadas, puñales y objetos de orfebrería como brazaletes, espirales y gargantillas.

Durante el Bronce Final (1200 – 750 a. C.) se producen importantes cambios culturales en la geografía peninsular. En la zona más occidental, se intensifica el comercio atlántico y a las nuevas armas y objetos de importación se unen los de fabricación propia, como las hachas de dos anillas laterales, que son exportadas a otras regiones.

En la Meseta, se desarrolla un grupo cultural con personalidad propia que recibe el nombre de «Cogotas» por el lugar abulense donde se documentó inicialmente. Su elemento más característico radica en las dos nuevas técnicas decorativas de sus vasos, «excisión» y «boquique», que parecen estar inspiradas en la decoración de algunos vasos campaniformes. A su cultura material se incorporan otros objetos foráneos como espadas pistiliformes, hachas de apéndices, etc. casi siempre halladas en depósitos o escondrijos como el de Saldaña (Palencia).

5. Primera Edad del Hierro:

El avance progresivo en los métodos de prospección metalúrgica y el perfeccionamiento en las técnicas de fundición de minerales desembocó en el hallazgo de un nuevo metal, el hierro, cuya utilización en armas y herramientas marcó el comienzo de una nueva etapa que se conoce como PRIMERA EDAD DEL HIERRO.

Los primeros objetos elaborados con este nuevo metal aparecen en el Próximo Oriente hacia mediados del segundo milenio, mientras que en la Península Ibérica este hecho no se produce hasta mediados del siglo VII a. C. como consecuencia del intercambio comercial entre los colonizadores fenicios y los pobladores de la región tartésica.

La abundancia de minerales de hierro en España facilitó la propagación de esta nueva metalurgia aunque su uso no se generalizó hasta fechas muy posteriores, de forma que el bronce continuó utilizándose de manera preferente en la fabricación de armas, instrumentos y objetos de adorno durante toda esta etapa.

 

Este hecho pone de manifiesto que el descubrimiento y la utilización del nuevo metal no constituyó un factor determinante en el desarrollo económico y social durante este período. La arqueología ha permitido comprobar que la actividad más importante y la principal fuente de riqueza de las colonias costeras del Sur de España consistía en el comercio de minerales (oro, plata, cobre, hierro, etc) que se intercambiaban con productos orientales de lujo, como joyas de oro, marfiles decorados, vasos de alabastro, recipientes rituales de bronce, cuchillos de hierro, etc.

Por el contrario, los pobladores de la Meseta, de los que tenemos aún muy escasa información, apenas habían superado a mediados del siglo VIII a. C. los niveles de desarrollo propios del Bronce Final. Sus poblados, defendidos a veces por murallas de adobe o de piedra, estaban formados por viviendas circulares con un hogar central y techumbre de ramaje; las bases de su economía seguían siendo la agricultura y ganadería; la cerámica se continúa fabricando manualmente y los recipientes más vistosos se decoran con sencillos motivos incisos, aunque no faltan los pintados en rojo y amarillo.

Los principales yacimientos arqueológicos de esta Primera Edad del Hierro en la provincia de Palencia se encuentran en Castromocho, Paredes de Nava, Cisneros y los Barahones (Valdegama).

6. La Segunda Edad del Hierro: Cultura Celtíbero-Vaccea.

La segunda Edad del Hierro se extiende cronológicamente entre el 500/450 a. C. y la conquista romana del territorio, uno de cuyos hitos primordiales fue la caída de Numancia en el 188 a. C., aunque la pacificación general no llegaría hasta el 19 a. C., cuando finalizó la guerra cántabro-astur.

Estenuevo período se caracteriza por dos importantes innovaciones técnicas; por una parte la utilización intensiva del hierro en la fabricación de armas, herramientas y otros utensilios quedando relegado el bronce para la elaboración de objetos más suntuosos; por otra, el uso del torno de alfarero para la fabricación de recipientes cerámicos tendrán un caracter industrializado y alcanzarán su máximo desarrollo en vísperas de la conquista romana con la gran difusión de las llamadas cerámicas celtibéricas.

En esta época se sabe con certeza,  a través de las fuentes escritas, que la mayor parte del territorio palentino está ocupado por dos pueblos diferentes: los cántabros que controlaban las zonas montañosas septentrionales y los vacceos que se extendían por las tierras de la cuenca sedimentaria del sur.

Estos pueblos tienen una forma de habitar característica en castros, es decir, los poblados se asientan en lugares fácilmente defendibles, acrecentándose esta cualidad en muchos casos mediante obras artificiales de fortificación. Algunos de estso núcleos a lo largo de la primera Edad del Hierro y sobre todo en la segunda, sufren un proceso de vitalización que los convierte en verdaderos «oppida», especie de ciudades que vertebran el territorio, pudiéndose citar en este sentido Monte Bernorio, «La Ciudad» en Paredes de Nava, Palencia y Palenzuela.

Las necrópolis se encuentran en las inmediaciones de los poblados, practicándose el rito de la incineración. Se conocen cuatro necrópolis en tierras palentinas: Monte Bernorio, Palencia, Tariego y Palenzuela, y de ellas proceden numerosos objetos qeu formaban parte de los ajuares y ofrendas funerarias.

Las excavaciones de los poblados vacceos ponen de manifiesto un género de vida agrícola pastoril que variaría notablemente según las zonas; sin embargo, lo que realmente les da personalidad es el cultivo cerealista, del que se hacen eco los escritores clásicos con motivo de las guerras a que da lugar la conquista romana. Del trigo y la cebada obtenían, además de la harina, una bebida alcohólica. Sobre la importancia del cereal, son reveladoras las alusiones al trigo y la cebada durante el asedio de «Intercatia» (Paredes de Nava) y las referencias a los saqueos que producían los cántabros -de vocación ganadera- en las cosechas vacceas, en vísperas de su definitivo sometimiento.

– La orfebrería Celtibérica: los llamados metales preciosos -el oro y la plata-, reúnen unas propiedades físicas que hacen de ellos la materia prima más idónea para elaborar los más bellos objetos del arte suntuario; su color y brillo, especialmente del oro, constituyenn ya un primer atractivo visual; su maleabilidad permite obtener granos, hilos, láminas finísimas para el trabajo de filigrana; su resistencia a la corrosión garantiza la conservación de todas sus propiedades durante milenios; por último, los escasos recursos de oro y plata que existen en la naturaleza los ha convertido en objetos de especial protección y atesoarmiento y en un símbolo de riqueza y poder.

Todas estas circunstancias explican la predilección que el hombre  ha sentido por ambos metales a lo largo de la historia y su utilización casi exclusiva en objetos de adorno personal como diademas, torques, brazaletes, gargantillas, pulseras, fíbulas, etc.

En la Meseta Norte, la Cultura Celtibérica ha proporcionado también manifestaciones de orfebrería en las que se advierte la impronta de su propia personalidad y creatividad de los talleres locales, aunque no están exentas de influencias ajenas. Los numerosos atesoarmientos y hallazgos aislados localizados en la Cuenca del Duero están formados por el mismo tipo de joyas que aparecen en otras áreas peninsulares: torques, brazaletes, anillos, fíbulas, etc. pero con un claro predominio de las piezas argénteas. Un elemento peculiar en la mayor parte de estos atesoramientos es la presencia de monedas de plata -denarios- que añaden un importante valor histórico a estso tesoros. Así la cronología de estas monedas permiten deducir que la ocultación de estos tesoros debió producirse casi siempre en momentos de inestabilidad política y de confrontaciones bélicas, probablemente durante las guerras sertorianas (80-72 a. C.).

Entre los conjuntos más destacados de la orfebrería celtibérica se pueden citar el de Arrablade en Zamora, el de Padilla de Duero en Valladolid, el del Raso de Candeleda en Ávila y el de las Filipenses en Palencia.

– La Necrópolis Celtibérica de Palenzuela: Las referencias de los escritores clásicos inducen a pensar en la existencia de dos ciudades homónimas con el nombre de «Pallantia»; una de ellas, situada en territorio vacceo, coincidiría con la actual Palencia, y la otra, en territorio de los arévacos, se correspondería con Palenzuela. A esta última, emplzada en un escarpado cerro dentro de un recinto amurallado, pertenece la más importante y mejor conocida necrópolis prerromana de la provincia palentina.

En contraste con el emplazamiento del castro, la necrópolis se encuentra situada a sus pies, en una zona llana y próxima a la confluencia de los río Arlanza y Arlanzón. A raíz de su descubrimiento a principios de los años 70 del siglo XX, se iniciaron las oportunas excavaciones arqueológicas que han permitido conocer las características generales del cementerio, la morfología y estructura de los enterramientos, así como el ritual y los ajuares funerarios de un centenar de tumbas.

Los enterramientos se hacían en un hoyo, de planta más o menos circular, donde se depositaba el conjunto funerario, integrado por las cenizas del difunto, ciertos objetos de uso personal y diversas ofrendas, como recipientes cerámicos y piezas metálicas, que se colocaban durante la ceremonia fúnebre. Una vez concluida ésta, se tapaba el depósito con tierra procediéndose luego a su protección y señalización mediante un pequeño túmulo de piedras y una estela hincada verticalemente.

Las ofrendas más representativas de esta necrópolis están integradas por una amplia y variada serie de objetos, muchos de ellos utilizados enlso usos de la vida diara, y otros fabricados, quizás, de forma expresa para las ceremonias fúnebres. Entre los objetos cerámicos, destacan de forma especial los vasos trípodes, fabricados a mano y decorados con motivos incisos, y las copas conocidas habitualmente como «celtibéricas», decoradas con sencillos elementos geométricos pintados (bandas y semicírculos).

Pero, uno de los conjuntos más peculiares de esta necrópolis es el formado por una variada serie de «objetos de miniatura», en la que todo el conjunto está formado por piezas realizadas expresamente para ofrendas, a imitación de las de uso diario; tal es el caso de las trébedes, los cacitos y los cuenquecillos de cerámica.

Ciertos indicios permiten llevar el momento inicial de la necrópolis al siglo IV a. C., aunque la mayoría de los enterramientos corresponde ya al siglo II y al primer cuarto del I a. C. El final del uso de la necrópolis coincidiría con las guerras sertorianas, que debieron afectar intensamente a la región y en particular al núcelo de Palenzuela, como lo demuestra un tesorillo de más de dos mil denarios, enterrado en las inmediaciones del cementerio durante dichos acontecimientos.

7. Las Fíbulas

El objeto que en arqueología se conoce con el nombre latino de «fíbula» es el equivalente a nuestros imperdibles, alfileres, broches, etc. y ha constituido un elemento de uso habitual en todas las culturas desde el siglo IX a. C. hasta nuestros días. A su carácter funcional, como pieza de sujección para las prendas de vestir, se ha unido siempre una significación de índole suntuaria de forma que, a lo largo de la historia, ha adquirido una amplísima variedad de formas y ha sido elaborada con los más nobles metales como el oro, la plata, el bronce y, en escasa cuantía, también el hierro. Esto explica que la fíbula haya constituido también un símbolo de la riqueza y el «status» social de su propietario. Todas estas circunstancias, especialmente la forma y la decoración, han hecho de la fíbula un objeto de especial significación para establecer la cronología de un determinado contexto arqueológico y su asignación a una cultura concreta.

La cultura celtibérica parece haber tenido una especial predilección por el uso de fíbulas a juzgar por la abundancia y la variedad de formas con que aparecen en todos los yacimientos de esta época. La fíbula se desarrolla a partir de un elemento tan sencillo como es la aguja y paulatinamente va adquiriendo formas más complejas con cuatro partes esenciales: la aguja, el muelle o resorte, el puente y la mortaja que sirve de sujección a la aguja. Con estos cuatro elementos se ha conseguido una amplia variedad de formas y tipos.

Durante la etapa celtibérica adquieren especial relevancia las fíbulas zoomorfas cuyo puente, elaborado a molde, representa la figura de un animal; entre todas ellas destacan las denominadas «de caballito», en las que su carácter ornamental supera con creces al meramente funcional. Un tipo especial de fíbula-broche y que parece específico del área vaccea palentina, es el formado por dos cabezas y cuello de caballo.

8. La Moneda Hispánica

El origen de la moneda, como elemento de intercambio comercial, se remonta al siglo VII a. C. con las primeras acuñaciones griegas halladas en el Artemisión de Éfeso (Asia Menor). En la Península Ibérica, las primeras ciudades que acuñaron moneda fueron las colonias griegas de «Emporion» y «Rhode» a mediados del siglo V a. C.; luego, en el siglo III, lo hicieron las colonias fenicias de «Gadir» y «Ebusus», y algo despuéslas ibéricas «Arse» y «Saiti». Durante el siglo III a. C., al presencia de los cartagineses y la Segunda Guerra Púnica favorecieron la expansión del uso de la moneda y la aparición de acuñaciones a semejanza de las de los ejércitos en lucha; desde entonces, hasta finales del siglo I a. C., más de 150 ciudades acuñan su propia moneda en plata y bronce, basándose tanto en patrones romanos como cartagineses, pero con tipos indígenas y leyendas en escritura fenicia, ibérica o latina. A mediados del siglo I a. C., comienzan a introducirse leyendas en latín, en emisiones bilingües, hasta que los alfabetos indígenas dejan de utilizarse por completo. A finales de este siglo, Augusto impone las directrices imperiales en cuanto a pesos, tipos y leyendas y, finalmente, Calígula suprime las acuñaciones provinciales en Hispania.

La primera ciudad que acuña en Celtiberia parece ser «Sekaisa», en la primera mitad del siglo II a. C., alcanzando la emisión de moneda su mayor expansión durante las Guerras Sertorianas para hacer frente a los gastos derivados de las mismas. Desde mediados del siglo II a. C., las cecas ibéricas y celtibéricas del Valle del Ebro y la Meseta acuñan el «denario ibérico», de peso similar al romano pero con tipos propios: una cabeza masculina, probablemente una divinidad, en el anverso y un jinete junto al nombre de la ciudad en alfabeto ibércio, en el reverso. La unidad de bronce, generalmente llamada as, lleva los mismos tipos mientras que los divisores utilizan uan tipología más variada y un sistema de puntos para identificar su valor.

Los hallazagos de monedas son esenciales para conocer la ubicación, la historia y la vida económica de las ciudades que las acuñaron; incluso, pueden ser la única indicación de su existencia. En la provincia de Palencia circularon tanto monedas de ciudades celtibéricas como de otras ibéricas más distantes, e incluso, llegaron acuñaciones de cecas del sur de la Península como Abdera, Asido, Sexs, Gadir, Carteia, Castulo, Corduba, Irippo y Laelia.

El hallazgo más importante es el tesoro descubierto en Palenzuela en 1945, ocultado durante las Guerras Sertorianas, y compuesto por más de 2500 denarios, en su mayoría de las cecas de  Sekobirikes y Turiasu y, en menor cantidad de Baskunes, Bolskan, Arsaos, Arekorata, Bentian, Belikio, Colounioku, Sekia, Oliaunu, Ikalesken y Sekotias.

II. LA ROMANIZACIÓN

1. La conquista romana en territorio palentino

La contienda bélica entre Roma y Cartago, conocida como la Segunda Guerra Púnica (218-206 a. C.), finalizó con la derrota de los cartagineses y su definitiva expulsión del territorio hispano. Desde ese momento, el único objetivo de Roma fue la conquista de Hispania y el aprovechamiento de los abundantes recursos económicos que ofrecía en minerales, salazones, cereales, vino, aceite, etc. Lo que Roma no podía sospechar es que esta empresa le costaría 200 años de lucha permanente contra los pueblos indígenas.

Especialmente enconada fue la lucha que los ejércitos romanos tuvieron que mantener contra lusitanos y celtíberos durante los años que transcurrieron entre el 155 y el 133 a. C. y cuyos episodios más importantes podrían resumirse en los nombre de Viriato y Numancia, respectivamente.

La conquista del actual territorio palentino se desarrolló en dos etapas diferentes y distanciadas en el tiempo, coincidiendo la primera con las luchas celtibéricas (155-133) y la segunda con las guerras cántabras (29-19 a. C.).

Los vacceos, en cuya área de influencia quedaba comprendida la mayor parte de la geografía palentina, se vieron implicados desde el primer momento en los ataques de los romanos contra Celtiberia y pronto tuvieron que hacer frente al asedio al que fue sometida su ciudad más importante, «Pallantia», primero por el cónsul Lúculo en el año 151, luego por Lepido en el 137 y más tarde por Cornelio Escipión en el 134 a. C. Pero la resistencia de los palentinos terminó cediendo ante la superioridad del ejército romano y, a raíz de la destrucción de Numancia, quedaron sometidos al dominio de Roma, aunque la pacificación tardaría aún en llegar.

La zona montañosa del norte palentino, ocupada por los Cántabros, fue el escenario de los últimos acontecimientos de la conquista romana que tienen lugar entre el 29 y el 19 a. C. En la lucha contra los Cántabros, jugó un papel importante la «Legión III Macedónica» cuyo campamento estuvo situado en «Pisoraca» (Herrera de Pisuerga) o en sus inmediaciones. Su situación estratégica en el Valle del Pisuerga induce a pensar que fue el principal punto de apoyo de la columna militar mandada por el propio emperador Augusto en su penetración hasta «Aracillum» siguiendo el cauce del río.

La presencia de la Legión III en Herrera de Pisuerga está suficientemente atestiguada con los materiales arqueológicos que allí se han recuperado y en los que se menciona expresamente a dicha legión; esto ocurre en las numerosas estampillas de vasos de sigilata donde aparece el nombre del ceramista y el de la legión para la que trabajaba: L TERENT. L. III MAC. (Lucio Terencio. Legión III Macedonica).

2. Romanización y  Pervivencias indígenas

A medida que Roma fue avanzando en la conquista del territorio hispano y sometiendo a sus diversos pueblos, unas veces por la fuerza y otras mediante pactos, se fue produciendo lo que se conoce con el nombre de «romanización» y que no es otra cosa que la asimilación por parte de los indígenas de la cultura superior romana.

El gran desarrollo que Roma ofrecía en sus estructuras económicas, sociales y político-administrativas, así como en las artes, la arquitectura, el derecho, la lengua, etc. constituía un modelo al que los indígenas difícilmente podían sustraerse.

Este proceso de asimilación, que se inicia desde los primeros momentos con la fundación de colonias como Itálica (206 a. C.), con la construcción de calzadas y puentes, la acuñación de moneda y, sobre todo, con la reorganización territorial y administrativa en Hispania como Provincia Romana, se hizo más intenso a partir de la pacificación de todo el territorio. Las ciudades se van organizando urbanísticamente conforme al modelo que ofrecía la capital del Imperio con su foro, basílica, templos, teatro, termas, etc. y los ciudadanos, sujetos a las leyes municipales dictadas por Roma, se van convirtiendo en romanos. La frase que Estrabón aplica a los turdetanos refleja mejor que ninguna otra el fenómeno de la romanización: «Se han convertido enteramente a la manera de vivir de los romanos hasta el punto de renunciar al uso de sus propia lengua».

Pero este proceso romanizador no puede ocultar otro fenómeno que se produce simultáneamente: el de la pervivencia de numerosas costumbres indígenas. Aunque las condiciones que Roma impuso a los vencidos fueron con frecuencia duras y humillantes, no faltó tampoco el trato respetuoso y tolerante, permitiendo a los nativos la práctica de sus costumbres sociales y religiosas más arraigadas.

Esta simbiosis entre lo autóctono y lo foráneo aparece claramente reflejada en algunos hallazgos arqueológicos. Muy significativos son, a este respecto, los ajuares correspondientes a una tumba de Palencia y a otra de Tariego; los restos óseos de oveja y cerdo que forman parte de la ofrenda funeraria de la tumba de Palencia ponen de manifiesto la práctica de un rito de carácter sacrificial, muy arraigado en el pueblo vacceo, que se mantuvo durante casi todo el siglo I d. C. Pero junto a estos elementos que evidencian el indigenismo de los difuntos y de quienes depositaron las ofrendas, hay otros que revelan su alto grado de romanización, manifestado en los cuencos de vidrio y de sigillata importados de Italia, que completan el ajuar funerario.

La tradición ceramista local tuvo también una notable pervivencia a lo largo de los siglos I y II d. C., compitiendo con la vajilla de sigillata importada de Italia y Francia y con la que se fabricó en España a partir de mediados del siglo I. Tal es el caso de la cerámica de origen celtibérico de pasta blanca, bellamente pintada con motivos zoomorfos, geométricos y florales.

3. Las téseras de hospitalidad

Una de las instituciones o documentos jurídicos que mayor arraigo tuvo entre los pueblos indígenas fue el «Pacto de Hospitalidad» en virtud del cual se establecían vínculos de interdependencia y relaciones de hospitalidad entre dos pueblos o gentilidades de distinta estirpe, entre individuos y gentilidades o entre particulares con algún rango jerárquico dentro de la comunidad.

Estos pactos, que solían hacerse extensivos a los descendientes de una o de ambas partes contratantes, quedaban sellados en documentos escritos en placas de bronce que reciben el nombre de TESERAS DE HOSPITALIDAD. Estas placas suelen ser de tamaño reducido -algunas no sobrepasan los 3 cms.- y con frecuencia tienen formas zoomorfas de aves, peces, cerdos u otros animales.

Las téseras de pactos entre indígenas están escritas en caracteres celtibéricos y suelen llevar un texto muy breve que, en muchas ocasiones se reduce a dos palabras: este es el caso de la diminuta tesera de paloma, procedente de Palenzuela, en la que se lee: VIROVIAKA KAR, es decir, «Pacto de Virovia» (actual Briviesca). La fecha de esta pieza se sitúa en el siglo II a. C.

Los pactos de hospitalidad entre los pueblos de la Meseta fueron muy frecuentes durante la conquista romana, perviviendo hasta el siglo I d. C. y pasando a formar parte del derecho romano bajo el nombre de «hospitium». En esta fecha, las téseras están ya redactadas en latín, con textos más extensos y detallados, aunque los nombres de las personas y pueblos suelen ser aún indígenas.

A este tipo pertenece una tésera en forma de cerdo o jabalí, procedente de Herrera de Pisuerga, en la que se recoge el pacto recíproco establecido entre «Maggavienses» y el «Cosaburense Amparamus». Este pacto, escrito en ambas caras con diferente texto y distinta grafía, se firmó el día primero de agosto del año 14 d. C.

Otra bella tésera, procedente de Paredes de Nava, tiene forma de manos enlazadas, como símbolo natural de la amistad, y recoge el pacto que firmaron dos personajes de estirpe celtibérica, Caisaros y Argailo, en los primeros años del siglo I d. C.

Especial mención merece otra tésera desaparecida, procedente también de Paredes de Nava, en la que se establece un pacto entre la ciudad de «Pallantia» y los «Intercatienses», firmado el 4 de marzo del año 2 d. C.

4. El Hogar: Objetos de uso doméstico

4.1. La cerámica sigillata de importación.

A mediados del siglo I a. C., se inicia en la sociedad romana un importante cambio en la vajilla fina de uso doméstico. Los servicios de mesa utilizados durante la época republicana, caracterizados por su barniz negro, comienzan a ser sustituidos por otros de mayor vistosidad totalmente cubiertos por barniz rojo.

Esta nueva vajilla, conocida en la literatura arqueológica como «sigillata», destaca no sólo por su rojo colorido, más o menos brillante, sino por la creación de nuevas formas, por la frecuente presencia de estampillados con el nombre del alfarero y, sobre todo, por los variados y bellos motivos ornamentales que adornaban algunos vasos. Junto a estos vasos decorados, obtenidos mediante moldes o matrices que permitían una fabricación en serie, existían otros de superficies lisas elaborados uno a uno en el torno. El variado reperterio de formas lisas y decoradas que integran esta nueva vajilla está formado por cuencos, platos, copas, fuentes, jarras, etc.

Los primeros talleres productores de esta cerámica sigillata se establecieron en Arezzo (Italia) y pronto se crearon sucursales aretinas en otros lugares de Italia como los de Ostia y Pisa, y en el sur de Francia como los de Lyon. La producción industrializada de estos talleres hizo que la nueva cerámica se difundiera rápidamente no solo en Italia sino en todos los territorios hasta entonces conquistados.

En su difusión, jugaron un papel importante las 28 Legiones romanas establecidas en las zonas fronterizas. Los 5000 soldados que componían cada Legión requerían un importante volumen de vajilla de mesa que era suministrado desde los talleres de Italia y, en algunos casos, por los alfares propios de cada Legión, establecidos en las inmediaciones del campamento militar. Un ejemplo ilustrativo lo tenemos en la Legión III Macedónica, establecida en Herrera de Pisuerga, donde se han hallado numerosas estampillas con casi un centenar de nombres alfareros que trabajaban en talleres italianos (AVILLIVS, CRESTVS, CRISPINVS, PRIMVS, NAEVI, RASINVS, etc.). Junto a estos productos importados, la Legión III debió abastecerse también con otros de fabricación propia según se desprende de las estampillas con el nombre del alfarero «Lucio Terencio» asociado al de la Legión.

Desde los primeros años del siglo I d. C., comienzan a establecerse en el sur de Francia nuevos talleres de «sigillata» cuyas producciones fueron sustituyendo a las itálicas hasta adquirir la hegemonía en el comercio ceramista. Esta sigillata sudgálica tuvo también amplia y rápida difusión por toda España hasta que entró en competencia con los talleres hispánicos que iniciaron su propia producción poco antes del 50 d. C. Estas nuevas cerámicas se caracterizan por un barniz rojo muy vivo, semivitrificado, que puede virar al rojo oscuro mate, y por unas decoraciones en las que se emplean repetidamente motivos vegetales estilizados y de animales sin ánimo de formar escenas.

4.2 La cerámica sigillata Hispánica

La gran aceptación que tuvieron en Hispania las producciones de sigillata importadas de Italia y Galia dio origen al establecimiento de talleres locales que en un primer momento se limitaron a copiar las técnicas de fabricación, las formas de los vasos y los esquemas decorativos de los productos importados. No se descarta, incluso, que alfareros itálicos y gálicos fueran los creadores de estos primeros talleres, evitando así las muchas dificultades que entraña el transporte de una vajilla delicada y economizando gastos en la comercialización.

Entre los centros productores de «sigillata hispánica» se pueden citar los de Abelló-Solsona en Lérida, los de Bezares y Tricio en La Rioja, el de Bronchales en Teruel, el de Andújar en Jaén y el de La Cartuja en Granada, por señalar sólo los más importantes.

La actividad de estos talleres se inició hacia los años 40-50 d. C. y se prolongó hasta finales del siglo II , fecha en la que comienzan su decadencia y la desaparición de muchos de ellos. Durante todo este tiempo, abastecieron de vajilla fina a toda la población hispana de forma que las importaciones desaparecen del mercado interior. Se ha comprobado, además, que estos alfares hispanos consiguieron exportar sus productos a diversos lugares del sur de Francia y del norte de África.

En el repertorio de formas y motivos decorativos, se advierte una clara influencia de los productos itálicos y subgálicos, aunque no faltan creaciones originales. Sin embargo, la diferencia más significativa reside en los nombres de los alfareros que figuran en las estampillas, todos ellos hispánicos, y a través de los cuales se puede identificar el taller de procedencia. Los varios centenares de nombres hasta ahora documentados revelan la importancia que adquirió esta industria ceramista hispánica.

4.3. La Cerámica Sigillata tardía

Los grandes centros productores de la primera sigillata hispánica inician su decadencia y su progresiva desaparición a finales del siglo II d. C. y, tras un intervalo de tiempo que cubre casi todo el siglo III, comienza a fabricarse un nuevo tipo de cerámica que en la terminlogía arqueológica se conoce como «sigillata hispánica tardía» (S. H. T.).

Esta nueva vajilla de mesa, que se desarrolla durante los siglos IV y V d. C., recoge la tradición ceramista hispánica de la etapa anterior, pero incorpora nuevos elementos que le confieren una personalidad propia. Así, el color del barniz continúa siendo rojo pero con un marcado predominio de tonos anaranjados; a las formas tradicionales, se añaden ahora algunas de nueva creación y de mayor tamaño, con platos y cuencos de grandes proporciones; en las formas decoradas, el repertorio ornamental es muy limitado y de carácter casi exclusivamente geométrico, con predominio de círculos y semicírculos secantes. Por último, la calidad de esta vajilla es notablemente inferior a la de todas las sigillatas anteriores.

Los centros de esta S. H. T. se distribuyen principalmente en las cuencas del Duero y Ebro, y tanto el volumen domo la comercialización de sus productos se redujeron fundamentalmente al ámbito de la Meseta. Otra peculiaridad de estos talleres es su anonimato ya que no se conocen estampillas con los nombres de los alfareros.

Todas estas circunstancias parecen indicar que estos alfares estuvieron vinculados con los grandes latifundios que se formaron en la Meseta durante el Bajo Imperio de forma que las numerosas villas de esta época debieron ser las que absorbieron la mayor parte de la S. H.T.

La abundancia con que aparece la S. H. T. en las villas romanas palentinas como las de la Olmeda, Quintanill, Dueñas, Astudillo, etc. induce a pensar que en esta zona debió existir algún taller que abasteció su amplia demanda.

4.4 Las Lucernas romanas

Entre los numerosos objetos que formaban el ajuar doméstico de una casa romana, las lucernas cumplían una función importante como elementos imprescindibles para iluminar los diversos aposentos durante las horas nocturnas. Pero el uso de lucernas no se limitó al ámbito doméstico sino que estaban también presentes en lugares públicos como termas, tiendas del foro, templos y lugares de trabajo como talleres artesanales, y sobre todo, en las profundas galerías de las explotaciones mineras donde se usaban a centenares.

Además de estas funciones prácticas, las lucernas cumplían otras muchas de muy diverso significado; se utilizaban en fiestas y ceremonias públicas, en actos religiosos de culto, en el ritual funerario y como ofrenda a los difuntos, como exvotos a los dioses, etc. La lucerna adquiría así un simbolismo que transcendía a su mera funcionalidad.

La lucerna se componía, básicamente, de un pequeño recipiente para contener el aceite que se empleaba como combustible, uno o varios picos con un orificio y la mecha que se introducía en el depósito, se impregnaba de aceite y, al ser encendida, irradiaba una tenue luz. Pero los romanos no se limitaron a fabricar estos sencillos y humildes objetos utilitarios, sino que supieron hacer de ellos una manifestación de creatividad, convirtiéndolos en pequeñas obras de arte. Así, a la amplia variedad de formas que se fueron sucediendo a lo largo de las diversas etapas, se añade una interminable serie de motivos ornamentales con los que se decoraba el disco o parte superior de la lucerna. Entre los más frecuentes cabe destacar la figura de los dioses como Júpiter, Apolo, Neptuno, Minerva, etc.; representaciones de animales mitológicos como Pegasos, Grifos, Hipocampos; luchas de púgiles y gladiadores; escenas eróticas y máscaras teatrales; animales diversos y, sobre todo, motivos geométricos y florales.

La materia habitualmente utilizada en la fabricación de lucernas fue la cerámica y, con frecuencia llevan la estampilla con el nombre del taller o del alfarero que las fabricaba. Sin embargo, las piezas más vistosas se hacían en bronce.

4.5. La vajilla de vidrio

Los datos más antiguos sobre la fabricación del vidrio sitúan su origen en Mesopotamia hacia mediados del segundo milenio antes de nuestra Era. Así se desprende de una tableta de arcilla con escritura cuneiforme hallada en Tell-Umar y otras posteriores procedentes de la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, en las que se indican diversas fórmulas para obtener vidrio de distintos colores, así como la forma de construir los hornos y los tipos de combustibles que debía utilizarse. Por esas mismas fechas, la fabricación del vidrio alcanzaba también en Egipto una gran perfección y desde entonces continuó fabricándose sin interrupción por todo el ámbito del Mediterráneo (por fenicios, chipriotas y griegos) con las técnicas del «moldeado2 y del «núcleo de arena».

Pero fueron los vidrieros romanos, sobre todo en la época imperial, los que alcanzaron unas cotas de originalidad en la creación de formas y temas decorativos que sólo serían superadas a partir del Renacimiento en los talleres venecianos y luego en los de Bohemia.

Con el descubrimiento de la técnica del soplado a finales del siglo I a. C., se produjo un desarrollo espectacular en la fabricación del vidrio que tuvo una gran influencia en la industria y el comercio de este producto en todo el mundo romano. Mediante técnicas adicionales como el tallado, el grabado o la pintura se obtenían piezas de gran lujo y fantasía.

Sin embargo, la vajilla de vidrio de uso doméstico era mucho más modesta, aunque no exenta de belleza y de calidad y, sobre todo, de una variadísima tipología. La costumbre romana de incluir vasos de vidrio entre las ofrendas que se hacían a los difuntos ha hecho que la necrópolis sean la principal fuente de recuperación de objetos en buen estado de conservación.

4.6. Pequeño mobiliario

Además de la vajilla de mesa y de cocina, la casa romana contaba con un sinnúmero de pequeños y variados objetos utilizados en los más diversos menesteres. Se puede citar como ejemplos las herramientas utilizadas en las distintas profesiones artesanales, los objetos de adorno personal y de higiene corporal, los instrumentos de medicina y cirugía o los de pesas y medidas; los empleados en juegos y pasatiempos; los musicales o los amuletos de carácter apotropaico para ahuyentar los malos espíritus. A tdos estos, hay que añadir las abundantes piezas utilizadas como apliques decorativos o funcionales en el mobiliario de madera: cerraduras, llaves… etc.

– Adorno personal: Como complemento del vestido y como adorno personal se utilizaban las fíbulas para sujetar las prendas exteriores, las hebillas de cinturón, anillos, entalles y camafeos, pulseras, collares, colgantes, etc.

– Higiene personal: Además del baño en las termas públicas o en las piscinas privadas, los romanos prestaron especial atención a ls cuidados de cosmética y maquillaje. Para ello utilizaban espejos de bronce, peines, pinzas, agujas para sujetar el cabello, objetos para la limpieza de dientes y oidos, estrígiles para retirar el sudor y la grasa corporal, etc. Los ungüentos y perfumes se conservaban en balsamarios de bronce, en cajitas de marfil y en ungüentarios de vidrio, alabastro y cerámica.

– Medicina y cirugía: Entre los objetos que componen el instrumental médico-quirúrgico de los romanos, son frecuentes los escalpelos o bisturíes con diversos tipos de hojas, las sondas sencillas o en horquilla, las pinzas, tijeras, ganchos, escoplos, trépanos, agujas, catéters, así como las cucharillas y los pequeños recipientes para la preparación de medicamentos.

– Juegos y pasatiempos: El juego, como forma de distracción y pasatiempo, fue práctica habitual de los romanos dentro del ámbito doméstico. Entre los objetos relacionados con estos sencillos juegos de cálculo o azar, se encuentran las fichas de hueso, vidrio o cerámica, los dados, bolillos, tabas y plaquitas de hueso y márfil que, en algunos casos, llevan inscripciones alusivas a la buena suerte. Dentro de este grupo de pasatiempos podrían incluirse también algunos instrumentos musicales como las flautas y los silbatos.

– Amuletos: Para contrarrestar los efectos perniciosos de los malos espíritus o los poderes maléficos de algunas personas, los romanos recurrían con frecuencia a las prácitcas supersticiosas y utilizaban diversos tipos de amuletos a los que atribuían virtudes propiciatorias. Los más frecuentes fueron los de carácter fálico, dedicados al dios Priapo y destinados a desviar el mal de ojo, anular los maleficios de los envidiosos y favorecer la fecundidad. Las campanillas se usaron también como amuletos para la protección de las casas y de los animales.

4.7. La escultura romana

– La pequeña escultura en bronce: Junto a los innumerables objetos de carácter funcional, los broncistas romanos fabricaron una amplia serie de estatuillas y figuras de diverso tipo que constituyen a la vez una verdadera producción industrial y artística. La mayoría de estas piezas tenían un carácter ornamental y formaban parte del mobiliario decorativo de la casa romana. Tal es el caso de las pequeñas esculturas de divinidades que se repartían por las dependencias de las casas más lujosas como expresión del refinamiento artístico y de la religiosidad privada de sus propietarios. Lo mismo cabe decir de otras piezas que formaron parte del mobiliario en madera o de conjuntos como lampadarios, braseros, romanas, carros, etc.

La provincia de Palencia ocupa un lugar destacado dentro de la Hispania romana en cuanto al número y calidad de estos «pequeños bronces», lo que induce a pensar en la probable existencia de algún taller de broncista en este territorio.

– La escultura en mármol: La actividad romana, que en principio se limitó a copiar y seguir los cánones de la escultura griega, fue adquiriendo, poco a poco, su propia personalidad hasta convertirse en la más importante de sus diversas manifestaciones artísticas. La predilección que los romanos sintieron por la escultura se hace patente en las innumerables obras escultóricas que embellecían las calles, foros, templos, teatros, etc., de sus principales ciudades y las casas de los patricios.

Frente al idealismo de la escultura griega, la romana se hace esencialmente realista y tiene su mejor expresión en el retrato y el relieve de temas históricos que constituyen las dos principales innovaciones netamente romanas.

A partir de la época de Augusto, los retratos de los emperadores y personajes oficiales se hacen cada vez más frecuentes, de forma que cada emperador se preocupaba de difundir por todo el Imperio su propia imagen oficial así como las del resto de la familia imperial. Esto explica la proliferación de retratos de un mismo emperador en diversas provincias del Imperio, todos ellos realizados conforme a uno o varios modelos oficiales y hechos siempre en material noble como el bronce y, sobre todo, el mármol.

La difusión de los retratos de cada familia imperial ejerció una poderosa influencia en toda la sociedad romana de forma que, tanto algunos personajes célebres, como los representantes del emperador en las provincias o ricos funcionarios de la administración, encargaban sus propios retratos como signo de ostentación y del papel que desempeñaban en la vida pública.

La moda del retrato llegó, incluso, a la vida privada de personas que, por su situación económica o por su espíritu cultivado, se hacían retratar conforme a los modelos oficiales, copiando el mismo tipo de peinado que presentaban los retratos del emperador o emperatriz, si se trataba de una mujer. Este mimetismo iconográfico llegó, incluso, a copiar algunos rasgos fisonómicos, de forma que no siempre resulta fácil saber si se trata de una efigie del emperador o de un personaje privado.

En Becerril de Campos se encontraron dos retratos, uno masculino y otro feminino de una gran calidad artística. El retrato masculino está tallado en un solo bloque de mármol de manera que la cabeza, el torso y el plinto o cartela forman una sola pieza. El tipo de mármol presenta unas características propias del mármol de Carrara, con una textura mármorea del busto, especialmente en la superficie pulimentada de la cara, que permite afirmar de que se trata de la variedad lunense conocida como «bianco porcellana» o «bianco P.».

El busto masculino presenta un leve giro hacia su lado derecho, evitando de esta forma la completa frontalidad del busto y logrando, a la vez, una cierta movilidad. Todas las partes del busto fueron minuciosamente trabajadas, sin que ninguna de ellas haya quedado en esbozo. El rostro ofrece un intenso pulimento que acentúa el contraste con el tratamiento rugoso del pelo y de la barba y produce la sensación de una piel fina y tersa a través de la cual se traslucen todos los relieves de la estructura ósea de la cara.

Existen diversos elementos de carácter técnico-formal que se repiten reiteradamente en la retratística de la segunda mitad del siglo II d. C., tanto en los retratos oficiales de las familias imperiales como en los de particulares que se hacen retratar conforme a la moda impuesta por los modelos oficiales. El fino pulimento de la superficie facial, el intenso claroscuro de la cabellera, los recursos técnicos para señalar las pupilas, el iris y lacrimales, el contorno redondeado del torso y la cartela flanqueada por volutas en forma de peltas, así como el vaciado de la parte posterior con la pilastra para asegurar la estabilidad del busto, constituyen elementos comunes en los retratos de época antoniniana que perviven en época de los Severos. Este sería, por tanto, el marco cronológico en el que debe situarse el retrato.

La estructura de la cara y la barba responde al gusto de los retratos de A. Pío, mientras que la cabellera, con su acusada plasticidad pictórica, resulta más cercana a los retratos juveniles de M. Aurelio. El parecido del busto con A. Pío es evidente, pero también existen algunos rasgos diferenciadores. Probablemente se tratase de un retrato privado al modo y gusto de los retratos oficiales copiando, incluso, algunos de los rasgos fisionómicos, puesto que esto era muy normal.

El retrato femenino también fue tallado en un solo bloque de mármol, componiéndose de cabeza, torso cartela y peana. Las características petrológicas del mármol son similares a las del retrato masculino, aunque en este caso el tamaño del grano cristalino es bastante mayor. El retrato representa a una mujer joven, de belleza poco común, siendo trabajada con extraordinaría maestría y delicadeza hasta en los más mínimos detalles. La cabeza presenta un pequeño giro hacia su lado derecho, con una levísima inclinación hacia ese mismo lado y hacia abajo, confiriendo a la obra una postura natural, sin la rigidez que ofrece el retrato masculino.

El peinado es la parte del retrato que el escultor trabajó con mayor minuciosidad. El tocado se distribuye en dos aladares a partir de una raya central que se prolonga desde la frente hasta el moño. Estos alardares, de ondas anchas y paralelas, forman un festoneado en torno al rostro y van a unirse bajo el moño. El acusado relieve y la alternancia de ondas cóncavo-convexas proporciona a la cabeza un notable contraste de luces y sombras similar al relieve de la valva cóncava de una venera; así mismo, la distinta profundidad de las estrías que señalan la sinuosa línea de cabellos contribuye a realzar el moldeado con un tenue claroscuro.

En el aspecto estilístico, este retrato femenino entronca directamente con la corriente «plástico pictórica del período tardo-antoniniano», o «clasicismo naturalístico antoniniano». El peinado responde con bastante fidelidad, aunque con algunas variantes, al que presentan los retratos de Faustina Menor. La disposición de las ondas en torno a la frente y el perfil del peinado responden con una gran fidelidad al esquema que se repite en los principales retratos de Faustina. La diferencia más significativa con dichos retratos radica en la ausencia de la trenza que sirve de separación entre las bandas onduladas y el pelo liso que cubre la parte posterior. Todas estas referencias sobre la tipología y estilo de este retrato consituyen un sólido fundamento para establecer su cronología hacia el año 162 d. C. o inmediatamente después.

El parecido del retrato con Faustina es evidente, sin embargo, la existencia de ciertas diferencias induce a pensar que se trata en realidad de un retrato privado que copió ciertas características comunes a los retratos oficiales de Faustina.

Ambos retratos, presentan la misma concecpción general, con el mismo giro de cabeza, mismo tipo de cartela y el mismo vaciado de la parte posterior con su pilastra. Todo ello revela la coetaneidad de ambos retratos e, incluso, induce a pensar que uno y otro fueran realizados al mismo tiempo y por el mismo escultor. Posiblemente ambos retratos corresponden a un retrato de los esposos propietarios de la villa romana donde fueron halladas.

5. El mundo funerario romano

En el mundo romano, como en el resto de las civilizaciones clásicas, la muerte era objeto de prescripciones ceremoniales que comenzaban en el momento mismo de la defunción, se prolongaban con los ritos de purificación y finalizaban con los del enterramiento, ya fuera mediante la inhumación del cadáver o mediante su incineración para depositar luego sus cenizas en urnas de cerámica, vidrio o plomo. Tanto la inhumación como la incineración iban acompañadas de ofrendas funerarias conistentes en vasos de uso doméstico y en diversos objetos relacionados con la profesión del difunto.

Las numerosas y solemnes ceremonias fúnebres que los romanos practicaban durante los 3 a 7 días que transcurrían entre la muerte de una persona y el momento de su sepultura revelan la importancia que concedían al hecho transcendental de la muerte y su creencia en una vida posterior. Estas ceremonias finalizaban con el traslado del difunto al lugar de su sepultura donde era inhumado o incinerado.

El rito de la incineración fue una práctica habitual en la Hispania romana desde finales de la época republicana hasta mediados del siglo II d. C. Se realizaba en una fosa excavada en tierra en la que se colocaba la pira (hoguera) con el cadáver para su cremación.

Cuando la pira quedaba extinguida, se daba sepultura a las cenizas y huesos calcinados de distintas formas; en unos casos, se cubrían directamente con la tierra extraída de la fosa; en otros, se cubrían con tejas planas (tegulae) formando tejadillo y se tapaba todo ello con tierra; por último, era también frecuente recoger cuidadosamente los huesos calcinados y colocarlos en urnas cinerarias de piedra, de cerámica, de vidrio o de plomo. Dentro de estas urnas, solían colocar algunos objetos como ofrenda al difunto. A veces, el enterramiento se realizaba en un lugar colectivo, como los denominados columbarios, en cuyos nichos se colocaban urnas cinerarias.

La tipología de las tumbas romanas durante la época imperial fue muy variada; desde los suntuosos panteones de carácter individual o familiar hasta las simples fosas excavadas en la tierra, pasando por los sarcófagos de mármol con bellas decoraciones escultóricas, las tumbas construidas con tejas planas dispuestas en doble vertiente, cajas de plomo o, incluso, la inhumación de los niños dentro de ánforas.

Una de las manifestaciones más habituales en las necrópolis romanas es la utilización de aras y estelas para señalar el lugar donde yacía cada difunto y, a la vez, perpetuar su memoria mediante epitafios que responden casi siempre a fórmulas estereotipadas; suelen ir encabezadas por una invocación a los Dioses Manes, como protectores de los difuntos, expresada por las iniciales D. M. S. (Diis Manibus Sacrum = Dedicado a los Dioses Manes). El epitafio recoge básicamente, el nombre del difunto, el de su progenitor y la edad a la que murió, para finalizar con la fórmula abreviada H. S. E. S. T. T. L. (Hic situs est sit tibi terra levis = aquí está sepultado, que la tierra te sea leve). En ocasiones recoge otras circunstancias como la procedencia, la profesión, cargos y honores del difunto o el nombre de quienes mandaron hacer la inscripción. Son frecuentes también las expresiones afectuosas como «piadosísimo esposo», «amantísima esposa», «hija dulcísima», etc.

Todas estas cirtcunstancias hacen que las estelas funerarias sean una importante fuente de información sobre aspectos como la demografía, índices de mortalidad, ubicación de ciudades y otros de carácter cronológico, lingüístico, etc. En este sentido, las estelas palentinas, especialmente las de la zona norte como las de Mave-Cildá, aportan un amplísimo elenco de nombres de personas y gentilidades indígenas cuya pervivencia se mantuvo a lo largo de casi todo el Imperio.

Por último, conviene señalar que las estelas funerarias ofrecen también numerosos elementos de carácter ornamental, algunos de clara significación religiosa como cráteras, páteras, coronas, etc,; otros tienen una significación astral como discos, medias lunas, estrellas y esvásticas. En ocasiones, la heroización del difunto se plasma con su propia representación como guerrero, portando armas o montando a caballo.

6. La moneda romana

Antes de acuñar la moneda, los romanos utilizaron como dinero bloques de cobre al peso. Las primeras monedas propiamente dichas, ya en el siglo III a. C., fueron piezas de plata al estilo griego y monedas de bronce fundidas que, desde el 225 a. C., llevaron en el reverso una proa de nave y en el anverso la cabeza de una divinidad, distinta según el valor. La moneda de bronce mantuvo hasta el final de la República los mismos tipos y valores, aunque ya acuñada y cada vez con menor peso.

Hacia el 211 a. C., se crea el denario, la moneda de plata más importante, y sus divisores el quinario y el sextercio, además de otras como el victoriato en plata y el áureo en oro. Al principio el denario llevó una cabeza de Roma en el anverso y los Dioscuros a caballo en el reverso, pero después se fueron añadiendo símbolos, iniciales y nombres de los magistrados responsables de la acuñación y tipos relacionados con sus familias.

A fines del siglo I a. C., Augusto creó un sistema que se mantuvo durante los siglos I y II d. C., basado en el áureo como unidad y acuñando además el denario en plata y el sextercio y el dupondio en oricalco y el as y el quedrans en bronce. Hasta princpios del siglo III no se acuña la nueva moneda de plata, el antoniniano, creada por Caracalla. El antoniniano se emitió en grandes cantidades a lo largo del siglo, aunque cada vez más degradado en peso y en pureza del metal; su evolución puede apreciarse en el Tesoro de Valsadornín (Palencia), ocultado en el último cuarto del siglo III, compuesto por miles de antoninianos.

En el 294, Diocleciano estableció un nuevo sistema, con el áureo como moneda de oro, el argenteus en plata y el follis en bronce, acuñados con los mismos tipos en todas las cecas del Imperio. Ya en el siglo IV, la plata perdió importancia en favor del sólido, la pieza de oro creada por Constantino en el 31o, y sus divisores el semis y el tremis. La moneda de bronce también experimentó grandes cambios a lo largo de este siglo.

En el siglo V, la moneda de oro siguió emitiéndose en grandes cantidades tanto en Oriente como en Occidente, aunqeu en el Oeste empezó a escasear a partir de Honorio, favoreciendo la aparición de imitaciones. La moneda de plata y bronce dejó prácticamente de acuñarse, salvo algunas emisiones puntuales, a finales del Imperio de Occidente.

7. La arquitectura romana

La arquitectura romana, en cierta manera deudora de la griega, fue asombrosamente rica e innovadora en aplicación de soluciones técnicas y en la realización de programas monumentales. Se trata de una arquitectura cosmopolita; la nueva manera de construir se difunde  por todo el imperio. Las figuras del emperador Augusto y la del arquitecto Vitrubio, autor de los diez libros «De Architectura», representan dos hitos importantes en la evolución de la arquitectura del Imperio romano. El desarrollo de la vida social, económica y administrativa del imperio, así como el carácter del pueblo romano: retórico, grandilocuente, celoso de demostrar al mundo su poder, amante del placer, del espectáculo, del deleite espiritual y de la propaganda, generan una serie de nuevas necesidades constructivas, tanto públicas (calzadas, puentes, acueductos, templos, termas, anfiteatros, teatros, arcos monumentales, graneros, bloques de vivienda, etc.) como privadas con suntuosas casas de campos -las villas- en las que todo su interior es decorado seiguiendo un programa establecido y estudiado.

Para satisfacer estas necesidades se desarrollaron novedosas técnicas constructivas y se emplearon nuevos materiales; en definitiva, se logró una nueva manera de construir en la que era tan importante la estructura interna del edificio como los aditamientos que la ornamentaban.

Los nuevos criterios arquitectónicos, que han pervivido hasta nuestros días, también tenían en cuenta la ordenación de las ciudades. Éstas se planificaban siguiendo un trazado ortogonal, articulado en torno a dos calles o ejes principales (Cardo -vía norte/sur- y Decumamnus -vía este/oeste), con un centro público (Foro) alrededor del cual se establecen los templos, servicios administrativos y el mercado; había viviendas unifamiliares (domus) y casas colectivas (insulae) que llegaban a alcanzar hasta seis pisos de altura. Los edificios públicos (templos, teatros, anfiteatros, circos, etc.) se encontraban ornamentados con una abundante y compleja decoración regida por un programa establecido. Los edificios, en función de su planta y altura, se construyeron con un sistema arquitrabado en el que los elementos protagonistas eran la columna con su capitel y el friso decorado con metopas y triglifos, o bien con un sistema abovedado con arcos, bóvedas y cúpulas.

La piedra fue el principal material de construcción empleado, ya fuera escuadrado (opus quadratum) o no (opus incertum). Pero la verdadera innovación romana en materia de técnicas constructivas fue la utilización de las fábricas concrecionadas o masivas, el «opus caementicium», similar a nuestras fábricas mixtas de argamasa u hormigones masivos, al conseguir con ellas realizar cualquier tipo de estructura arquitectónica. Las construcciones realizadas con este material fueron revestidas con otros materiales con la intención de dar una mayor suntuosidad al edificio. Los revestimientos más comune fueron los realizados con ladrillos de diferentes formas y tamaños (opus latericium), con estucos y pinturas, aunque también se conocen edificios revestidos con placas de mármol de diferentes colores.

Todo proyecto o programa constructivo romano debía regirse por unos principios básicos que fueron recogidos por Vitruvio y conservados en los diez libros de su tratado de Arquitectura. La cuestión de la proporcionalidad será la preocupación principal, que se desarrolla en al «ordinatio» (concordancia simétrica que debía existir entre las partes y el conjunto, eligiendo determinadas piezas del edificio como módulos y calculando a  partir de éstos las demás dimensiones) y la «dispositio» (entendida como la armonización de la planta, la elevación y la perspectiva).

7.1. Las villas romanas

Tanto la palabra «villa» como el concepto que en ella se encierra son netamente romanos y se refieren a una casa de campo, más o menos lujosa, utilizada ordinariamente como lugar de ocio y descanso que, en ocasiones, va unida a una explotación agrícola.

En las zonas de más intensa romanización como Cataluña y Andalucía, las primeras villas nacen ya a lo largo del siglo que precede a nuestra Era, pero es a partir del reinado de Augusto, con la pacificación de Hispania, cuando se inicia el período de myaro implantación de villas que durará hasta comienzos del siglo III.

En el año 250 d. C., se produce la penetración en España de bandas de franco-alemanes que, durante una veintena de años, sometieron al pillaje toda la zona norte y dejaron una gran parte de las villas convertidas en cenizas. Pasada la amenaza de estas bandas germánicas, a finales del siglo III, se producen un fenómeno de reconstrucción y ampliación de las villas cuyos restos son los que actualmente conocemos. Paralelamente a este fenómeno, tiene lugar otro no menos significativo, la «ruralización» de la sociedad, producida por el cambio de residencia de los ricos propietarios a las zonas rurales. Todo ello dio como resultado el establecimiento de un nuevo modelo de propiedad agrícola basado en el dominio de extensas posesiones de carácter latifundista.

En estos momentos es cuando surgen las más suntuosas villas señoriales de las que existen en Palencia dos singulares ejemplos: La Olmeda, en Pedrosa de la Vega, y Tejada, en Quintanilla de la Cueza.

La economía de estas villas se basaba fundamentalmente en la agricultura y la ganadería y se complementaba con diversas actividades artesanales y comerciales; el conjunto de la villa, constituido por la mansión y las tierras, por los propietarios y toda su servidumbre constituía una unidad económica autosuficiente y cerrada, capaz de generar los recursos necesarios para mantener un alto grado de independencia.

. Villa Possidica (Dueñas). Durante los años 1962 y 1963 fue descubierto en la finca del «Cercado de San Isidro», conocida tradicionalmente como Villa Possidica, situada en el término municipal de Dueñas y contigua al Monasterio Cisterciense de La Trapa, un excepcional conjunto de mosaicos pertenecientes a la zona termal de una gran villa rural.

Las excavaciones, con autorización pertinente de la Dirección General de Bellas Artes, fueron financiadas y realizadas personalmente por el propietario de la finaca, D. Antonio Cuadros Salas, junto con sus hijos y otros miembros de la familia, en una actitud ejemplar que garantizó la conservación de los mosaicos y estructuras halladas, contando con la dirección técnica de D. Manuel Revilla Vielva y el asesoramiento científico de D. Pedro de Palol, catedrático de Arqueología de la Universidad de Valladolid.

Los trabajos, continuados en años posteriores, pusieron al descubierto uno de los extremos de la villa, el más cercano al río Pisuerga, a dos kilómetros de su confluencia con el Carrión, en una zona de suave pendiente y terreno muy fértil. Los mosaicos, reexcavados y extraídos en 1991 mediante un convenio entre la Junta de Castilla y León y la Diputación Provincial de Palencia, han permanecido almacenados, tras su consolidación por el equipo de mosaistas de La Olmeda, en dependencias del monasterio de La Trapa, hasta su reciente ingreso en el Muso de Palencia por disposición de la Consejería de Cultura y Turismo, en octubre de 2006, a fin de garantizar su mejor protección y exposición al público.

Las campañas de excavación no han revelado aún todo el potencial de esta villa cuya parte residencial debía ser notable a juzgar por los baños descubiertos. Estas estructuras termales se inican por el -apodyterium o vestuario-, al que le sigue una gran sala rectangular -frigidarium o sala fría-, pavimentada con hermosos mosaicos, a la que se adosa una piscina o «natatio» accesible por tres escalones, cubierta igualmente por mosaico en blanco y negro. A su lado se adosa el «caldarium» o sala caliente, con hipocausto, conectada al «praefurnium» u horno de forma hexagonal.

Completan el recorrido termal dos espacios con hipocaustos, identificados como «tepidaria» o salas templadas, en los que se observaron algunos restos musivos y el cierre en exedra de uno de ellos. Al Este se documentan las letrinas con un sistema de drenaje constituido por una alcantarilla de tégulas que desemboca en un doble depósito. Tanto las estructuras como los elementos decorativos -mosaicos y restos de pintura mural- se fecharían en época constantiniana, primera mitad del siglo IV d. C.

La gran sala «frigidarium», de 10,75 por 4,80 metros, estaba cubierta por un gran pavimento con dos zonas bien diferenciadas: la mayor, una alfombra con motivos geométricos a base de recuadros con nudos de Salomón y esvásticas alternando, con grandes zonas desaparecidas, que rodea un cuadro en el centro con la representación de un caballo, muy destruido, del que apenas se conservaban la cabeza y las patas traseras, enmarcado todo él en una cenfa de roleos vegetales con prótomos de diversos animales y parejas de aves. La cabeza del caballo, de extraordinaria calidad y realismo, una de las más finas de la musivaria de Hispania, lleva debajo de las crines el letrero AMORIS, alusivo quizá al nombre del propietario, y a la altura de la mandíbula inferior un elemento decorativo en forma de C, mientras la mano del cuidador lo sujeta por la brida. Lamentablemente años después de su descubrimiento la cabeza desapareció de su lugar original en circunstancias no aclaradas. A continuación seguía otro plafón figurado, con Océano y las Nereidas, auténtica obra de arte por su calidad compositiva y su buen estado de conservación.

El panel de Océano y las Nereidas está enmarcado por una ancha ceneffa de entorchado, desarrollándose sobre el fondo marino blanco uniforme de todo el conjunto una auténtica pintura, ordenada no solo desde el punto de vista de los volúmenes sino también del cromático, resaltando el movimiento de la composición, basada claramente en cartones norteafricanos.

Centra el panel una imponente máscara del dios marion Océano, de gran tamaño, coronada con los característicos cuernos de pinzas de crustáceos y sus barbas de algas. Encima de la cabeza nadan dos delfines uno  de ellos llevando en la boca un salmonete. Debajo de aquélla hay otros dos peces simétricamente colocados.

Forman parte del cortejo de Océano dos Nereidas situadas a ambos lados de la cabeza del dios, la de la izquierda vista de frente y montada sobre un toro marino, semidesnuda y adornada con doble collar, y la de la derecha de espaldas, montada sobre una pantera marina, sujetaría una patera con ambas manos, a la que acude un delfín situado en el ángulo superior derecho del plafón. Ambas portan un cesto de mimbre repleto de frutas sobre sus rodillas. En el borde izquierdo del mosaico nadan dos delfines, junto con alguna otra especie marina, quizá un erizo de mar. El fondo está ocupado por trazos paralelos de teselas negras que sugieren el fondo marino.

En la mitología griega Océano, uno de los Titanes, hijo de Urano y Gea y personificación del agua, era un río que circundaba el mundo, la gran corriente marina en que flotaba el hemisferio habitable. Las Nereidas, hijas de Neroe y de Dóride, en número de cincuenta, significando frecuentemente las olas, vivían en las profundidades del mar aunque a veces emergían a la superficie cabalgando sobre delfines, tritones y otros animales marinos fabulosos.

La excepcional calidad estética y originalidad del mosaico de Océano y las Nereidas lo convierten en uno de los mejores pavimentos musivos de Hispania y uno de los ejemplares más hermosos de temática oceánica de la musivaria romana occidental.

7.2. Elementos arquitectónicos

– Basa y capiteles: De los tres elementos que componen la columna -basa, fuste y capitel- este último es el que ofrece una mayor vistosidad e interés artístico, especialmente el de «orden corintio» que fue el más utilizado en la arquitectura romana. La composición escultórica del capitel corintio está basada en una planta llamada acanto, cuyas hojas son imitadas con más o menos libertad. Las dimensiones del capitel, al igual que los de la basa y el fuste, responden a un «canon» o «módulo» (diámetro del fuste en su base) que constituye la regla básica para que la columna guarde un equilibrio armónico en todas sus proporciones.

– Los ladrillos: El ladrillo, junto con la piedra y el hormigón, fue uno de los materiales de construcción más utilizado por los romanos, tanto en los edificios públicos como en la arquitectura doméstica. La forma y tamaño del ladrillo variaban según la función que debían cumplir en la construcción; para los muros, arcos y bóvedas se utilizaban ladrillos planos de dos pies de lado (60 x 60 cm.), de pie y medio (45 x 45 cm.) y de 2/3 de pie (20 x 20 cm.), así como los que resultaban de cortarlos diagonalmente. Las columnas se construían con ladrillos semicirculares o en 1/4 de círculo y para pavimentar suelos y revestir muros se usaban pequeños ladrillos cuadrados, rectangulares y romboidales con los que se obtenían efectos decorativos en espiga o reticulado.

– Tégulas e ímbrices: El tejado de la casa romana estaba formado por dos tipos distintos de teja: una plana con rebordes laterales llamada «tégula» y otra curva, similar a la actual, denominada «imbrex». Ésta tenía como función cubrir la unión de las tégulas contiguas. Las dimensiones básicas de la tégula eran: 65 cms. de longitud por 45 cms. de anchura.

– Acróteras y antefixas: Las pequeñas piezas de cerámica en forma de palmetas o de máscaras que se aplicaban como remate en el vértice de los frontones se denominaban «acróteras» y las que remataban las hileras de tejas curvas en el alero recibían el nombre de «antefixas».

 

– Mosaico: El sistema más habitual que los romanos utilizaron para pavimentar los suelos de las dependencias más importantes de la casa fue el mosaico. Éste se hacía con cubitos de piedra o mármol, llamados «tesellae», cuyas dimensiones solían superar 1 cm. de lado. La utilización de teselas de diferentes colores permitía componer bellas representaciones figuradas o meramente geométricas. Los artesanos de mosaicos solían utilizar «cartones» con una amplía variedad de motivos entre los que el propietario podía elegir los que fueran de su agrado.

– Pintura mural: El gusto de los romanos por la decoración interior de sus viviendas tiene su mejor expresión en la pintura mural y en las molduras de estuco que enmarcaban paredes y techos. En pintura utilizaron las técnicas conocidas como al «temple» y al «fresco» y los colores se obtenían a base de pigmentos naturales. Los motivos decorativos consistían en lienzos que simulaban paredes de mármol, representaciones arquitectónicas, escenas con figuras y paisajes o lienzos de un solo color enmarcados con cenefas florales. Molduras, máscaras y columnas de estuco completaban la decoración interior.

8. Las diversas artesanías romanas

8.1 Alfarería

– La vajilla ordinaria: La vajilla  ordinaria romana, por su aspecto tosco y poco vistoso, ha sido objeto de escasa atención y, con frecuencia, queda relegada de su exposición, a pesar de que representa el mayor volumen de la producción alfarera romana.

Toda esta producción artesanal, conocida como «cerámica común», estaba destinada a cubrir las necesidades de la cocina y la despensa, con recipientes de pequeño y mediano tamaño como ollas, cuencos, morteros, embudos, platos, jarras, etc., y de los almacenes donde predominaban los grandes recipientes para líquidos y cereales como tinajas (dolia) y ánforas.

La cerámica común, además de mostrar la gran variedad de formas, en función de los diferentes usos domésticos, ofrece otros aspectos de interés. Las piezas halladas en Palencia nos indican que en «Pallantia» existieron hornos alfareros capaces de abastecer el mercado ceramista de la ciudad, y muy probablemente de otros muchos lugares de su entorno. También se comprueba que los alfareros locales, ya en plena época romana, continuaron fabricando las formas tradicionales de la cerámica celtibérico-vaccea.

– La vajilla fina de mesa: Una de las manifestaciones que mejor refleja el grado de refinamiento que los romanos alcanzaron en la vida privada es la utilización de vajillas de lujo para el servicio de la mesa. El tipo de vajilla fina más empleado a lo largo de todo el Imperio es el que hoy se conoce como sigillata, cuya fabricación se inicia en Italia y posteriormente se produce también en talleres de Galia e Hispania.

La alta calidad de esta cerámica revela la gran perfección técnica que alcanzaron los alfareros romanos, tanto en la selección y depuración de la arcilla como en el control de la temperatura de cocción o en la variedad de las formas, tamaños, elementos decorativos y, sobre todo, en la obtención del barniz rojo que no se ha vuelto a repetir desde entonces.

– Las ánforas: Las ánforas fueron los recipientes cerámicos que los romanos utilizaron de forma habitual para el almacenamiento y transporte de algunos productos alimenticios como el vino, el aceite, salazones de pescado y salsas aromáticas como el «garum».

Las ánforas utilizadas para el vino se caracterizan por su largo y estrecho cuerpo, un cuello alto y delgado con dos asas y un pivote inferior que se introducía en el suelo como punto de  apoyo. Las empleadas para el aceite y salazones se diferencian de las anteriores por tener un cuerpo ovalado y de mayor volumen, un cuello más corto y asas circulares.

Tanto las ánforas vinarias como las olearias suelen llevar algún sello, marca o inscripción que proporcionan datos concretos sobre aspectos tan diversos como el alfarero o taller de fabricación, el contenido, el propietario de la mercancia, los lugares de origen y destino o la capacidad y tara de recipiente.

Todos estos datos aportan una valiosa información sobre la economía romana puesto que permiten conocer las rutas comerciales y lso centros de producción de vino y aceite, así como los talleres de fabricación de ánforas y otros aspectos. Así mismo, los estudios de investigación sobre las ánforas aportan datos sobre la cronología de los diferentes tipos y constituyen un instrumento importante para la datación de yacimientos arqueológicos.

8.2. La artesanía romana del hueso

Desde los remotos tiempos del Paleolítico, el hombre ha venido utilizando el hueso y la cornamenta de cérvidos como materia prima para fabricar los más diversos utensilios. Los romanos desarrollaron también una interesante industria artesanal de hueso, marfil y asta, fabricando pequeños y variados objetos utilizados fundamentalmente en el atuendo personal y en los juegos de entretenimiento doméstico.

Entre los primeros, cabe citar los peines y las agujas para sujetar el pelo, así como las cajitas, cucharillas y espátulas para los productos domésticos y cremas de maquillaje. Entre los objetos de juego, se conocen los dados (a veces trucados), las fichas de diversos tipos, los bolillos, etc.

8.3. La artesanía textil

La naturaleza perecedera de materias orgánicas como la lana, el esparto, el lino o el cuero nos ha privado de conocer un aspecto tan importante como el de la indumentaria y el calzado romano. Sólo gracias a las pinturas murales y a los mosaicos podemos tener una imagen viva del colorido y la variedad de prendas utilizadas por los romanos en la vida diaria.

Tampoco se han conservado telares utilizados en la artesanía textil cuya estructura de madera ha desaparecido. Los únicos elementos que se conservan son las pesas de cerámica (pondera) para mantener en tensión los hilos verticales de la urdimbre. Estos «pondera» ofrecen escasas variaciones en cuanto a su forma y tamaño de manera que su principal interés radica en las diversas marcas incisas que suelen llevar en una de sus bases o ambas. La mayor parte de estas marcas tienen un carácter meramente ornamental; otras llevan numerales romanos y no faltan las que ofrecen el nombre del alfarero que las fabricaba.

Otros objetos relacionados con la artesanía textil son las denominadas «fusayolas»; se trata de pequeñas piezas cónicas de cerámica, con una perforación vertical, que se colocaban en la parte inferior del uso del hilar para facilitar un giro rápido y sin oscilaciones. La mayor parte de ellas están decoradas con motivos geométricos.

8.4. La artesanía del bronce

Si el oro y la plata fueron los metales nobles que los romanos reservaron para la elaboración de piezas suntuarias, el bronce fue el metal preferido para la fabricación de objetos artísticos, industriales y utilitarios. Con la conquista de España y la explotación de sus ricos yacimientos en cobre, plata, estaño y plomo, los romanos alcanzan la etapa de máximo esplendor en la fabricación de objetos de bronce para los usos más diversos, desde las grandes estatuas que embellecían los foros y algunos edificios públicos, hasta los pequeños objetos domésticos como estatuillas, amuletos, lucernas, espejos, balsamarios, jarros, etc., sin olvidar otro aspecto tan importante como la acuñación de monedas.

La frecuencia con que se repiten los hallazgos de piezas casi idénticas en los lugares más diversos del Imperio romano indica que existían talleres artesanos dedicados a fabricar en serie unos determinados tipos de objetos para abastecer una amplia demanda.

Las técnicas utilizadas para la obtención de piezas tan diversas fueron varias; junto a las ya conocidas desde la Edad del Bronce, como el trabajo en frío y la fundición de moldes bivalvos para objetos macizos, los romanos emplearon la técnica denominada «a la cera perdida», que permitía elaborar objetos en hueco con el consiguiente ahorro de metal. Estas técnicas se completaban, en muchos casos, con el dorado, plateado, damasquinado y el esmaltado, que contribuían a dar una mayor vistosidad a las piezas de bronce.

8.5. La artesanía del hierro

La gran maleabilidad que ofrece el hierro, sobre todo en estado incadescente, facilita la fabricación de diversos instrumentos y permite, además, repararlos una y otra vez cuando se desgastan o deterioran.

Por eso, los romanos utilizaron el hierro para la fabricación preferente de las herramientas empleadas en los trabajos de minería, agricultura, cantería, cerrajería, etc., así como para la fabricación de armas y utensilios de uso doméstico. Objetos como martillos, cinceles, hachas, azadas, podones, llaves, cerrajas, jabalinas, cuchillos y tantos otros aparecen con frecuencia en los asentamientos romanos. Esto explica que el oficio de herrero y la artesanía del hierro fuera una de las actividades más comunes entre los romanos.

8.6. El molino romano

La existencia del molino se remonta a época neolítica y su invención constituyó un hecho de singular importancia para todas las civilizaciones posteriores. La transformación de los cereales en harina permitió obtener uno de los alimentos básicos de todos los pueblos: el pan.

El molino más arcaico se componía de dos simples piedras, una plana o ligeramente abarquillada sobre la que se colocaba el cereal y otra, de forma más o menos ovalada, con la que se trituraba el grano mediante golpes y movimientos de vaivén.

Los romanos perfeccionaron notablemente este elemental sistema; sus molinos más usuales estaban formados por dos piedras circulares superpuestas, la inferior fija y en forma de cono muy abierto y la superior que encajaba sobre aquella y se hacía girar manualmente. El movimiento giratorio iba triturando lentamente el grano que se introducía por una abertura central y salía, convertido en harina, entre los bordes de ambas piedras.

Además de este molino manual, los romanos utilizaron otro tipo de mayor envergadura y de más amplio rendimiento, aunque basado en el mismo principio: sobre una piedra cónica, se hacía girar otra en forma de dos conos contrapuestos, cuya parte superior servía de tolva o tramoya para el grano. Este tipo de molino era movido por dos personas o mediante tracción animal.

III. ARQUEOLOGÍA MEDIEVAL

1. La presencia visigoda en Palencia

A lo largo del siglo V de nuestra Era, se produjeron en España importantes acontecimientos que marcan el final de la civilización hispanorromana y el tránsito a la nueva etapa medieval. A las invasiones de los pueblos germánicos -suevos, vándalos y alanos- se sumaría luego la de los visigodos originando una profunda transformación social, política, cultural y, sobre todo, religiosa.

La presencia visigoda en territorio palentino, que se inició a mediados del siglo V y se prolonga hasta la invasión musulmana, dejó importantes huellas de su cultura cuya manifestación más emblemática es la Basílica de San Juan de Baños. Según consta en la lápida fundacional que se conserva sobre el arco triunfal, fue dedicada a San Juan Bautista por el rey visigodo Recesvinto en el año 631. Las diversas reformas de que fue objeto en los siglos XI, XIV y XIX, así como las dos restauraciones realizadas en el siglo XX, han modificado de manera importante el primitivo trazado visigodo del que sólo se conservan la capilla central con su bóveda de cañón, los muros laterales de las otras dos, el atrio y el hastial de las naves.

Otros restos de la arquitectura religiosa visigoda se onservan en la Cripta de San Antolín, bajo el coro de la catedral palentina, y se conoce también la planta de dos pequeñas iglesias, una en «El Castellar» (Villajimena) y otra en Herrera de Pisuerga. Esta última estaba asociada a una de las más importantes necrópolis visigodas de España, cuya excavación en 1931 proporcionó una abundante serie de objetos de adorno personal con los que el difunto era enterrado.

Los núcleos de población visigoda debieron ser escasos en el territorio palentino a juzgar por los pocos restos arqueológicos que se conocen y debieron estar vinculados con los principales centros religiosos como la sede episcopal de Palencia y, probablemente con otros de carácter monacal en Santa María de Aguilar y Santa María de Mave. A estso lugares habría que añadir otros como Dueñas, Astudillo, Pedrosa de la Vega y Saldaña, donde han aparecido algunos objetos aislados como jarros litúrgicos y broches de cinturón.

– La moneda mozárabe: La única moneda que los visigodos acuñaron en España fue el «tremis» o triente de oro, cuyo peso y ley respondían al sistema monetario romano y equivalía a 1/3 del «solidus» constantiniano. Algunos autores han atribuido a las monedas visigodas un exclusivo carácter de medallas conmemorativas, pero la unidad de peso que se mantiene casi uniforme en todas ellas (1,06 a 1,30 grs.) evidencia que tuvieron un valor monetal. Su ley, sin embargo, fue disminuyendo poco a poco de forma que, con los últimos monarcas y por razones económicas, llegó a ser muy baja debido a una mayor presencia de plata en la aleación.

A partir del reinado de Leovigildo, cada monarca emite su propia moneda de forma que los tipos monetales son muy variados, aunque todos ellos responden a un estilo común y a una unidad temática. Por lo general, llevan en el anverso el nombre y una tosca efigie del emperador, ya sea de perfil o de frente, y en el reverso, el nombre de la ceca. La simbología cristiana, como manifestación de fidelidad a la fe católica, es habitual en todas las acuñaciones, con la cruz como símbolo constante y expresiones como «cum Deo», «a Deo vita», o «in Dei nomine».

El número de cecas en que se acuñó moneda visigoda es bastante elevado y se sitúan básicamente en las principales ciudades hispanorromanas y en las nuevas sedes episcopales que, por lo general, coinciden con aquéllas. Otras, sin embargo, debieron tener un carácter transitorio ya que coinciden con lugares de muy escasa entidad urbana, política y religiosa, como ocurre con las dos cecas palentinas de Saldaña y Mave, cuyas reducidas emisiones en los siglos VI y VII debieron tener una finalidad conmemorativa militar y acaso sirvieran para sufragar los gastos de los ejércitos allí emplazados para controlar las incursiones de los cántabros.

2. La cerámica medieval

La cerámica medieval ofrece una gran diversidad de tipos y formas ya que en cada región se desarrollaron variados productos cerámicos, dedicados básicamente al autoconsumo de la zona y realizados con materias primas locales, cuyas formas más frecuentes son ollas, jarras, cántabros, tinajas, botijas, lebrillos, candiles, tazas, etc., que con el transcurrir del tiempo se convirtien en lo que se conoce como cerámica tradicional o popular.

A principios de la Edad Media, aparece la «cerámica pintada» con sencillos motivos geométricos, tabmién conocida como de «repoblación», muy característica del norte palentino. Pero la cerámica más generalizada durante toda la etapa medieval es la decorada con líneas incisas horizontales que cubren la mayor parte de ollas y cántabros.

La influencia de la cultura islámica, tan arraigada en otras zonas de la península ibérica, se dejó sentir también en la Meseta. Esta influencia vendrá de la mano de la población mudéjar que fue la protagonista de la producción cerámica durante los siglos centrales y finales de la Edad Media.

En este ámbito se enmarca el testar de «cerámica bruñida» de Saldaña, cuyos motivos decorativos se obtienen mediante la presión superficial con un objeto romo y duro. Así mismo, en el siglo XIII, comienza a fabricarse la «cerámica con engobe» vitrificado, tipo «Duque de la Victoria», que se caracteriza por presentar un brillo metálico y cuya forma más significativa es el cuenco de dos asas y paredes abiertas con el borde polilobulado. Pero donde mejor se aprecia la influencia islámica es en la «cerámica emaltada» cuya técnica permite obtener una amplia variedad de colores en la decoración. Los primeros modelos son los que combinan el verde, conseguido con óxido de cobre, con el morado, logrado a partir de óxido de manganeso, ambos sobre fondo blanco; estos productos aparecen en la Meseta a finales del siglo XV.

3. Arquitectura románica

El conjunto más representativo artístico palentino es, sin duda, el integrado por sus iglesias románicas cuyo núcleo más importante se sitúa en la zona nor-oriental de la provincia. Lugares como Frómista, Carrión, Moarves, San Andrés del Arroyo, Perzancas, Aguilar y tantos otros, hasta sobrepasar ampliamente el medio centenar, van inseparablemente unidos a otras tantas obras maestras de la arquitectura románica palentina. Sin duda alguna, entre todas estas construcciones, podría catalogarse de modélica y paradigmática la Iglesia de San Martín de Frómista, construida a mediados del siglo XI.

4. Iconografía funeraria castellana

En los territorios correspondientes a los reinos de Castilla y León, se conservan numerosos sepulcros con decoración escultórica, realizados entre finales del siglo XII y mediados del XIV. El auge de la escultura funeraria en el reino de Castilla se produce tras la iniciativa de Alfonso VIII  de crear un Panteón Real en el monasterio cisterciense de Las Huelgas (Burgos). A partir de este grupo de Las Huelgas, es posible seguir las transformaciones de un estilo que, enraizado en el románico final, es asimilado por el lenguaje gótico, bien entrado ya el siglo XIII.

La estructura y la decoración iconográfica de la mayoría de los sepulcros nobiliarios castellanos de los siglos XIII y XIV responde básicamente al siguiente esquema: la urna aparece sobreelevada por medio de sillares o animales arrodillados, preferentemente leones; la decoración de los lados se organiza con un diseño de arquerías sobremontadas por composiciones arquitectónicas acastilladas; debajo de los arcos se distribuyen los motivos figurativos, como el del Pantocrator acompañado por el apostolado, la escena de la muerte, los funerales y la acogida del alma por los ángeles para conducirla al cielo.

. Sepulcro procedente de Santa María de la Vega: Sus características iconográficas permite incluir a este sepulcro dentro de una amplia serie de sarcófagos elaborados en algún taller de Carrión de los Condes, entre los años 1240 y 1260.

La mayor parte de los sepulcros de este grupo tienen afinidades tan estrechas que pueden atribuirse no sólo a un mismo taller sino a un mismo escultor: Roy Martínez de Bureva y de Bame.

La secuencia del sepulcro comienza con una escena de torneo entre dos caballeros en la que uno de ellos golpea al otro con la espada causándole la muerte.

En el lado siguiente, los escuderos conducen el caballo del difunto con el escudo al revés en señal de duelo. En el centro se representa, en un friso continuo, el llanto de la familia en torno al caballero depositado en su lecho.

En la cabecera del sepulcro, aparece el caballero en el lecho, rodeado de monjes que leen las últimas oraciones, mientras que dos ángeles se llevan al cielo su alma en forma de niño desnudo.

El último lado aparece dividido en siete compartimentos formados por una arquería sobre columnas. El arco central, más amplio, cobija al difunto en su lecho rodeado por las dignidades eclesiásticas que vienen a hacerse cargo de su cuerpo para llevarlo al monasterio donde recibirá sepultura. En los restantes arcos un cortejo de monjes, de dos en dos, dispensan las honras fúnebres.

5. La monedad en la Edad Media

La complejidad que presenta el estudio de la moneda medieval española es un fiel reflejo de las múltiples vicisitudes de carácter político, militar, religioso y económico que tuvieron lugar en el largo período que transcurre entre la invasión musulmana y el reinado de los Reyes Católicos.

– La moneda hispanoárabe: Con la invasión musulmana, el año 711, se introduce en España un nuevo sistema monetal, el árabe, con unos tipos de moneda totalmente distintos de los conocidos hasta entonces en la Península. El «dinar» de oro, el «dirhem» de plata y el «felús» de cobre consituyeron la base del nuevo sistema con variantes y peculiaridades diversas en las sucesivas etapas de dominación: emirato, califato, almorávide y almohade. El aspecto más llamativo de estas monedas es la ausencia total de efigies como consecuencia de la prohibición coránica de representar la figura humana; ambas caras de la moneda llevan leyendas árabes, alusivas a Mahoma y al monarca reinante, así como el nombre de la ceca y la fecha de la acuñación. Una parte de la leyenda escrita en líneas horizontales, ocupa la zona central mientras que la otra forma una orla circular.

– La moneda de la España cristiana: Desde los primeros momentos de la Reconquista hasta el reinado de Alfonso VI (1072-1109), los reyes cristianos no acuñaron moneda propia ya que los tributos (parias) que los taifas tenían que pagar permitían a los reyes de León y Castilla utilizar la moneda árabe. Cuando aquéllos se negaron a pagar tales tributos, el rey Alfonso VI se vio obligado a emitir su propia moneda, acuñando «dirhemes de vellón» (aleación de cobre y plata) que eran una copia del «dirhem» árabe de plata. A partir de este momento, cada uno de los reyes que se van sucediendo en el trono castellano-leonés acuña moneda de vellón y se multiplican los tipos, siendo el «maravedí» la base de la compleja evolución monetaria.

IV. ARTE SACRO

– Retablo de San Millán de los Palmeros

Es una obra de autor anónimo, pintada al óleo y con dos tallas de madera policromada. Su estilo es gótico, con ciertas características del gótico valenciano, y su cronología podría situarse en los últimos años del siglo XIV. Procede del ya desaparecido Hospital de San Millán de los Palmeros de Amusco (Palencia).

El retablo está organizado en tres calles verticales más dos estrechas entrecalles que están unidas estructuralmente a la calle central. En los tres cuerpos de esta calle central figuran otras tantas escenas milagrosas de la vida de San Millán de las que se ha ofrecido alguna versión poco convincente. Las dos calles laterales ofrecen idéntica estructura y en ellas se repiten, paradójicamente, las mismas escenas: un cuerpo de hornacina en la que recibe cobijo la figura de un obispo (San Millán a un lado y San Martín a otro); sobre la hornacina, una tabla con la representación del calvario o «déesis»; en la parte inferior, en forma de predela, una representación de Cristo emergiendo del sepulcro entre la Virgen y San Juan.

~ by lostonsite on 1 abril, 2010.

Castilla y León, España, Viajes

One Response to “Cuando se conservan fragmentos de historia”

  1. Estimados señoes, os dejo unos interesantes enlaces que espero que sean de vuestro interés.

    http://www.imperio-numismatico.com/t2619-la-influencia-griega-en-la-moneda-hispanica
    http://www.imperio-numismatico.com/moneda-iberica-h56.htm

    Saludos cordiales.

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