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Cuando la desconfianza te condena

CONDENADO POR DESCONFIADO
(Atribuido a Tirso de Molina)

Teatro Pavón: 5 de Febrero – 4 de Abril 2010

Reparto:
Paulo ……………………………………….. Jaime Soler
Pedrisco …………………………………… Arturo Querejeta
Demonio …………………………………… Francisco Rojas
Lisandro, sombra ……………………….. Mon Ceballos
Octavio, sombra …………………. Iñigo Rodríguez-Claro
Ángel, Celia ………………………………. Muriel Sánchez
Ángel, Lidora …………………………….. Eva Trancón
Enrico ………………………………………. Daniel Albaladejo
Galván ……………………………… Ángel Ramón Jiménez
Escalante, portero, sombra …….. Jesús Hierónides
Cherinos, bandolero, sombra ……….. Jesús Calvo
Roldán, gobernador, portero: ……….. Francisco Vila
Juez, Anareto, Albano …………………. Juan Meseguer
Hermano Laura, alcaide ……. José Vicente Ramos
Pastorcillo, mendigo …………… Rebeca Hernando

Arpa …………………………………………. Sara Águeda

Versión ……………………………………… Yolanda Pallín
Dirección …………………………………… Carlos Aladro

Este drama teológico-religioso cuyas raíces originales se hunden en el folklore universal desarrolla la historia antitética de dos personajes que plantean el problema de la predestinación y el misterio de la gracia. ¿Qué papel juega el hombre en su salvación o condenación eterna? Un texto compuesto en plena crisis del catolicismo, que se divide en dos posturas enfrentadas: la que opina que la participación del individuo en su proceso de salvación es limitada y la que defiende que es sumamente importante.

Un ermitaño y un bandolero, Paulo y Enrico, dos existencias, dos concepciones de Dios, dos maneras de entender la religión, pero fundamentalmente un gran conflicto del que surge un gran drama, una de las obras cumbres del teatro áureo español cuya perspectiva religiosa exige una revisión contemporánea.

 

Tirso de Molina siempre se ha considerado el tercer poeta en importancia tras Lope y Calderón, entre los muchos que componen el teatro en nuestro Siglo de Oro. Entre sus obras figuran algunas de las más populares, de las más representadas del repertori áureo, y también algunas de las que han generado más disputas, por su autoría, en el complejo campo de la crítica filológica. Algunas atribuciones tienen oscuros orígenes o son fruto de la picaresca editorial, aunque “El condenado por desconfiado” aparece publicada varias veces durante el siglo XVII en diferentes ediciones sueltas y en la célebre “Segunda parte de las comedias del maestro Tirso de Molina”, en 1635. Es el propio Tirso el que reniega de este último volumen, fruto de la piratería de los impresores, repudiando algunas de las obras y generando la confusión que ahora se tiene. Sin embargo, hipótesis fantásticas aparte, no existen datos concluyentes acerca de esta cuestión, por lo que se puede seguir considerando parte del “corpus” del polifacético fraile mercedario.

“El condenado por desconfiado” es seguramente una de las obras cumbre del teatro clásico español, como no pocas autoridades duchas en la materia reivindican. Parece increíble cómo Tirso, o el ama genial que empuña la pluma, mezcla sin reparos realidad y ficción, sin atenerse aparentemente a ninguna lógica -como el mejor Shakespeare- y nos coloca en el lugar del cuento moral, de la prueba divina. Una curiosa psicomaquia en la que parece que todo ocurriera en la mente errática y trastornada de Paulo, un ser que dice ser ermitaño pero que envenenado de soberbia y negando a Dios, está dispuesto a acabar con todo en nombre de la misericordia divina.

 

Su trama está fundada en el desarrollo de dos acciones paralelas que se entrelazan y contraponen: la del monje Paulo, desconfiado y soberbio; y la del criminal Enrico que, sin embargo, tiene esperanza en su salvación y guarda buenos sentimientos de caridad hacia su padre enfermo y de amor hacia su novia. El asunto reelabora el contraste entre el ermitaño y el ladrón, y presenta la paradoja de que el alma del criminal se salva por alojar un reducto de amor, caridad y fe en la salvación natural, mientras que Paulo acaba condenándose por su temeridad al exigir a Dios una respuesta a los arcanos del destino en la religión cristiana y desconfiar de su piedad. La virtud de Paulo se demuestra impostada, pues con sus penitencias esperaba obtener el pago de una segura salvación y su curiosidad desmedida es, al fin, un malsano vicio; su trayectoria le lleva, mediada la acción, a cometer crímenes equivalentes a los que llevaba a cabo Enrico, tras perder totalmente la confianza en su salvación.

Finalmente, Paulo rechaza arrepentirse mientras que Enrico, antes de ser ejecutado, muestra una sincera contrición. Así, el giro inesperado de la intriga muestra uno de los temas predilectos del barroco: el del engaño de las apariencias. Mientras que externamente Enrico es un ser monstruoso, en su interior se refugia la bondad; mientras que Paulo, que aparenta ser un asceta intachable, trata con ello de satisfacer de modo egoísta su afán de obtener el pago en forma de su propia salvación que le exige a la inescrutable voluntad divina, y se siente humillado al saber que Enrico pueda ser un igual hasta el punto de ensoberbecerse y comenzar una carrera de delincuente irredento.

 

Paulo, que pretende la salvación divina tras una etapa de mortificaciones, demanda a Dios conocer el misterio de su salvación personal, omitiendo la debida humildad y confianza en sus designios. La respuesta es ofrecida por el diablo en forma de ángel, que observa los defectos de Paulo. El demonio le dice que tendrá el mismo fin que el napolitano Enrico, y Paulo no duda en querer conocer cuál es su destino yendo a conocerle.

Detrás del perdón católico presente en la obra, uno no puede dejar de sentir que en el autor subyace básicamente una infinita compasión por lo humano, por su fragilidad y eterna contradicción, una generosidad religiosa que nos remite a un cristianismo primigenio, básico, de alguna forma puro, en el que la doctrina de la fe es sobre todo un ejercicio de amor al prójimo, de amor a los hombres y a sus pecados. De alguna manera, es un elogio de la vida, un canto sublime a su fugacidad, una revisitación del paradigma renacentista del “carpe diem” desde una perspectiva moral.

Se trata por tanto de la condenación de un santo, una contradicción aparentemente inverosímil pero perfectamente diseccionada por Tirso en un sublime ejercicio dramatúrgico en que todas las controversias teológicas de entonces, y sus herederas contemporáneas, se hacen por obra y arte de su quehacer demiúrgico, puro teatro, un teatro de acción.

~ by lostonsite on 26 marzo, 2010.

Arte, Teatro

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