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Cuando Córdoba muestra su pintura

IGLESIA PARROQUIAL DE SAN FRANCISCO Y SAN EULOGIO DE LA AJERQUÍA.

La parroquia de San Francisco fue el convento de San Pedro el Real, fundado en el siglo XIII por la orden franciscana. Se trata de un templo fernandino, aunque no se ajusta a los caracteres típicos de las iglesias románico-ojivales cordobesas, y sólo posee una nave, con crucero y cabecero de tres ábsides.

Se encuentra situado este templo en la parte baja de la ciudad, en la antigua Ajerquía. El convento como tal fue suprimido en 1812, y en 1842 fue vendido a un particular, quedando sólo la iglesia, transformada en parroquia en 1877, uniéndose a ésta la vieja parroquia de San Nicolás y San Eulogio de la Ajerquía.

Las restauraciones practicadas en el templo en 1977, pusieron al descubierto parte de la estructura medieval del edificio, oculta por las obras del siglo XVIII.

 

La construcción más destacable del siglo XVII es la del claustro, que se lleva a cabo entre 1662 y 1683. Actualmente sólo se conservan dos de sus cuatro lados, transformados en espaciosa plaza. Estaba realizado en ladrillo y piedra, formando dos pisos en altura, con andanadas de arcos de medio punto apoyados en columnas de fuste liso y capitel toscano. Las roscas de los arcos se adornan con molduras lisas y las enjutas con embutidos geométricos. El claustro se mantuvo intacto hasta que se vendió el convento en 1836, afectándole la venta en los dos lados adosados al edificio conventual.

La estructura interna del templo es barroca, con la típica decoración cordobesa de placados geométricos y vegetales, color gris azulado. El recinto se organiza en una sucesión de capillas en el lado de la epístola y otra de altares en el lado del evangelio. El crucero está coronado por una gran cúpula de yeserías sobre pechinas, sobre las cuales se ilustran relieves de personajes ilustres de la orden, con leyendas alusivas.

Exteriormente, la estructura es de sillería de piedra, con contrafuertes. La cubierta está concebida a dos aguas, disponiéndose bajo su alero modillones de rollos de tradición hispanomusulmana. En la portada se aprecia una escultura de Fernando III, y a la izquierda del edificio se conservan dos crujías del antiguo claustro franciscano.

. Producción escultórica: El Retablo Mayor está atribuido a Teodosio Sánchez de Rueda (1720). Respecto a la imaginería, cabe señalar la procedencia granadina. Destaca el “San Pedro de Alcántara” de Pedro de Mena, una “Dolorosa” atribuida a José Mora, un “Ecce-Homo” de Pedro Roldán y una “Concepción” al estilo de Alonso Cano. La pieza más antigua es la del “Cristo de la Caridad”, obra manierista andaluza.

. Producción pictórica: Del Siglo XVI, la “Santísima Trinidad” de Pablo de Céspedes. Del Siglo XVII, “San Andrés” de Valdés Leal (1647) y la “Adoración de los pastores” de José de Sarabia (1630). Del siglo XVIII, “El Salvador” y “Santa Ana, San Joaquín y la Virgen” de Acisclo Antonio Palomino.

 

MUSEO DE BELLAS ARTES

En la Plaza del Potro, frente a la Posada del mismo nombre y compartiendo recinto con el Museo Julio Romero de Torres, se encuentra desde 1862 el Museo de Bellas Artes de Córdoba, en la parte más significativa de lo que antes fuera Hospital de la Caridad, establecimiento éste creado en el último cuarto del siglo XV, aunque sus restos arquitectónicos más notables, como la escalera, el patio o la capilla pertenecen a los primeros años del XVI. No obstante, su configuración arquitectónica actual es fruto de diversas modificaciones experimentadas fundamental­mente a lo largo del siglo XX,mediante la adhesión de algunas edificaciones anejas en función de las nuevas necesidades planteadas por las donaciones y depósitos que ha ido recibiendo.

. Gótico y Renacimiento en Córdoba: Aunque en Córdoba la práctica de la pintura tiene su arranque decisivo durante el último tercio del siglo XIV, será a lo largo del siguiente cuando el movimiento gremial muestre vitalidad suficiente como para destacar por encima del conjunto de ciudades andaluzas. Periodo que puede considerarse finalizado hacia la segunda década del siglo XVI, cuando sus más importantes artistas se trasladan a Sevilla atraídos por su mayor prosperidad económica.

Este inicial predominio de la pintura cordobesa se fundamenta en distintas razones históricas -entre ellas por ejemplo, por el periodo de calma que, tras la definitiva expulsión de los judíos y frente a la inestabilidad que implica la existencia del Reino de Granada, vive la ciudad-, pero es sin duda la importancia cultural que juega Córdoba dentro del ámbito castellano, lo que facilita la aparición de un significativo conjunto de artífices y unas Ordenanzas de Pintores que se aprobarían en la temprana fecha de 1494, conociendo una actualización en 1543.

Al calor de todo ello surgen artistas como Alonso Martínez, Pedro de Córdoba, Pedro Romana, Jorge y Alejo Fernández o Baltasar de Aguila, que trabajan desde importantes talleres locales haciendo posible aquí, durante los reinados de Carlos V y Felipe II, el tránsito de la inicial influencia del gótico a las nuevas formas del humanismo renacentista.

– Pedro de Córdoba. San Nicolas de Bari (Segunda mitad del Siglo XV): Pedro de Córdoba tuvo uno de los talleres cordobeses más activos de la época de los Reyes Católicos. Se conoció su personalidad a raíz de la aparición de su firma en el cuadro de la Anunciación, encargado por el canónigo Diego Sánchez de Castro para la Catedral de Córdoba en 1475, y que es su mejor obra conocida. La obra refleja al santo de Bari en su calidad de obispo y fue en un tiempo utilizada como puerta de una alacena.

. Manierismo en Córdoba: a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI se abre paso una nueva concepción del mundo derivada de la crisis del Humanismo que se hará patente en una España que, si por un lado está entretenida en conservar sus amplios dominios territoriales, por otro -como mejor aliada del Papado-, tendrá que hacer frente a las herejías provenientes del norte europeo luterano y del oriental islamismo turco.

Respecto al desarrollo de las artes, serán de decisiva influencia las doctrinas emanadas del Concilio de Trento, que propician un mayor intimismo, una especial preocupación por temáticas relativas a las vidas de los santos, y un nuevo acercamiento de la religión al pueblo, lo que las haría evolucionar hacia un realismo en que la figura humana, aislada o en grupo, se convierte en eje fundamental.

Córdoba vivirá entonces un momento importante de la mano de Pablo de Céspedes, que tras haber estudiado humanidades en Alcalá de Henares y pintura en Italia, llegó a dominar amplias esferas del saber y de las artes, adquiriendo un enorme prestigio y un conjunto de seguidores – Juan de Peñalosa, Antonio Mohedano, etc.- que, en su afán por imitar a los grandes maestros del Renacimiento Italiano, alcanzarán un predominio cultural y una manera de hacer pintura que se prolongará hasta el siglo XVII con la aparición del tenebrismo.

– Pablo de Céspedes. Virgen con niños (1578): En el centro de la composición, esta obra representa a María Inmaculada sedente y con las manos unidas en actitud orante, posada sobre media luna creciente sostenida por un querubín y dos ángeles. Su figura se ve flanqueda por otra pareja de querubes y otros tantos ángeles, uno vestido y otro desnudo, rematándose por el medio punto con otros dos querubines. Los bordes de las vestimentes han sido realizadas a base de oros de tipo purpúreo. Su iconografía responde a las doctrinas emanadas del Concilio de Trento sobre la Asunción y la Inmaculada Concepción de María, que hicieron que ambas apareciesen fusionadas en el arte posterior, prolongándose durante las dos primeras décadas del XVII con relevantes ejemplos.

. Barroco en Córdoba: Tras la desaparición de los artífices aglutinados en torno a la figura de Pablo de Céspedes -Juan de Peñalosa, Antonio Mohedano, etc.- y con ellos la estética del manierismo, Córdoba vive un periodo de vacío artístico que, a partir de 1630 se verá compensado con la llegada de artistas de las provincias de Jaén o Granada, entre ellos Sebastián Martínez o Pedro Freyle de Guevara, que acaparan los encargos más importantes a lo largo de más de una década.

A este factor hay que unir el constante trasiego con la vecina Sevilla, con la que Córdoba intercambia artistas de la talla de Juan Luis Zambrano, José de Sarabia, Juan de Mesa o Juan Valdés Leal, lo que supondría también la asimilación de nuevas formas ya plenamente barrocas de Juan de Roelas, Francisco Herrera el Viejo o Francisco de Zurbarán.

Sin embargo, será a partir de 1645 cuando Córdoba encuentre su propio rumbo de la mano de Antonio del Castillo, que marca el cenit de la pintura barroca cordobesa. A partir de este momento su influencia se haría notar en todos los campos y su estilo será continuado por distintos seguidores hasta bien entrado el siglo XVIII, originándose con ello cierto fenómeno de escuela.

Tras su muerte, sólo artistas como Juan de Alfaro, Fray Juan del Santísimo Sacramento o Antonio Palomino, logran cimentar una personalidad propia, mientras otros como Antonio Vela o Andrés Ruiz de Sarabia continuarán repitiendo estereotipos a través de los talleres paternos.

– Antonio del Castillo y Saavedra. Calvario de la Inquisición.  (1650): Esta obra presidió la capilla que el Santo Tribunal de la Inquisición tuvo en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba hasta su desaparición, en 1811, y su definitiva extinción, en 1834. En esta capilla también se mostraban otras obras relacionadas con su actividad, como un San Pedro Mártir de Verona o el “Martirio” de San Pedro Arbués. El rostro de la Virgen parece estar inspirado en el de Magdalena Rodriguez Valdés, segunda esposa de Castillo, mientras que el de San Juan podría tratarse de un autorretrato. La obra, depósito del Ejército, se encontraba en el edificio de la actual Capitanía General de la ciudad cuando fue reclamada para el museo. El original fue entonces sustituido en su emplazamiento por una copia realizada por Rafael Romero Barros (1832-1895), entonces conservador-restaurador del museo.

. Siglos XVIII y XIX en Córdoba: Con la desaparición de los más importantes pintores cordobeses -Castillo, Sarabia y Alfaro-, el panorama local queda sumido en un periodo de atonía durante el cual los talleres continuarán repitiendo la manera de hacer de aquellos, particularmente de Antonio del Castillo, cuya influencia se dejará notar a lo largo de todo el siglo XVIII. Dicha atonía solo habría tenido dos excepciones. Una más relevante, significada en la figura del polifacético Antonio Palomino, que formado en la ciudad con Castillo, Valdés Leal y Alfaro pasaría a Madrid para convertirse en Pintor del Rey, alcanzando un lugar muy destacado en la historia del arte español de su tiempo. La otra excepción se abre con la llegada del jiennense José Cobo y Guzmán, que impresionará a la ciudad con su arte.

Con ellos continuaría en la ciudad el desarrollo del estilo barroco hasta alcanzar el rococó. El panorama comienza a cambiar en torno a 1755 a raiz del terremoto de Lisboa, momento en que aparecen diferentes artistas que introducirán el nuevo gusto europeo por el neoclasicismo, auspiciado ya igualmente en el resto de España a través de la Real Academia de San Fernando, produciéndose la consolidación del academicismo, cuya influencia se dejará sentir en todos los ámbitos de la cultura. En Córdoba, los artistas más significativos de la nueva tendencia podrían ser el escultor francés Miguel de Verdiguier y el pintor catalán Francisco Agustín Grande.

En cualquier caso, el arte cordobés no llegará a atravesar un momento de decisiva importancia hasta 1865, en que se crea una Escuela Provincial de Bellas Artes que, hasta finales del siglo y teniendo cierta continuidad en la denominada Artes Industriales, formará a un buen número de alumnos en las distintas facetas del arte.

– Bodegón de naranjas. Rafael Romero Barros (1863): Romero Barros, formado en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla junto a los hermanos Bécquer y a Cabral Bejarano, teniendo como principal maestro a Manuel Barrón, llega a Córdoba en 1862 como Conservador-Restaurador del Museo, convirtiéndose muy pronto en el alma de la Escuela Provincial de Bellas Artes, instalada por la Diputación en su recinto. Este lienzo, realizado en los primeros momentos de su asentamiento en esta ciudad, supondrá su mejor realización en el género del bodegón, mostrando su excelente destreza en el estudio del natural de una fruta como la naranja, tomada en diferentes estadios, y potencial símbolo de Andalucía.

. Siglo XX en Córdoba: A medida que el siglo XX avanza y al igual que había sucedido con anterioridad, los artistas cordobeses se irán adaptando a los gustos imperantes, evolucionando desde el realismo al modernismo y al regionalismo, destacando en un primer momento los nacidos durante el último cuarto del siglo anterior, en muchos casos inicialmente formados en la Escuela Provincial de Bellas Artes, Entre ellos los más significativos fueron Adolfo Lozano Sidro, Angel Díaz Huertas y Rafael García Guijo, destacando Julio Romero de Torres, cuyos primeros pasos pictóricos corrieron parejos a los de su hermano Enrique. Dentro de este núcleo surgiría también el escultor Mateo Inurria, que sobresale en el panorama nacional desde muy pronto y se asienta en Madrid a partir de 1912.

Los primeros quince años del siglo verían nacer una nueva generación que, formada en la nueva Escuela de Artes Industriales de Córdoba y en la Superior de San Fernando de Madrid, entroncarán con la contemporaneidad, bien conectando con el impresionismo y el fauvismo, como Rafael Botí, Pedro Bueno o Angel López Obrero, o bien manteniendo posturas de carácter vanguardistas relacionadas con el cubismo, la abstracción o el expresionismo, coo Antonio Rodríguez Luna o Alfonso Ariza.

Dentro del panorama nacional tiene una especial relevancia el Equipo 57, formado en la ciudad ese año por Angel Duarte, Agustín Ibarrola, José Duarte, Juan Serrano y Juan Cuenca. Con una fuerte conciencia social y durante escasamente un quinquenio llegaron a abrirse a Europa y enlazaron la abstracción geométrica con la experimentación espacial en base a la teoría de la Interactividad del espacio plástico.

– Julio Romero de Torres. Mal de amores (1905): Romero de Torres desarrolló en su Córdoba natal, antes de su definitivo paso a Madrid en 1916, una producción pictórica plenamente entroncada con los temas y procedimientos gratos al Modernismo europeo. En esta obra utiliza el pasillo de acceso al jardín de la vivienda familiar como fondo y a su mujer, sobrina y criada, como protagonistas. Mediante una pintura llena de aires sorollescos, el artista toca el tema de las tres edades de la mujer -niña, joven y anciana-, plenamente imbricado con la actitud arquetípica hacia el amor que éste mantiene a lo largo de su existencia.

MUSEO JULIO ROMERO DE TORRES

El Museo Julio Romero de Torres se ubica en el histórico Barrio de la Axequía. Enclave de las primeras civilizaciones que se asentaron en Córdoba y situaron en éste su centro político, económico, social y religioso. Es también conocido por su larga tradición artesanal; albergó talleres de curtidores, guarnicioneros y platerías. Además fue lugar de paso de viajeros y visitantes que se alojaban en sus numerosas posadas y hospederías, tal es el caso de la Plaza del Potro donde se encuentra la posada del mismo nombre y el Museo de Julio Romero de Torres.

Tras la muerte de Julio Romero de Torres, el 10 de mayo de 1930, su viuda, Francisca Pellicer, y sus hijos, Rafael, Amalia y María, decidieron no vender ninguna de las obras del pintor a pesar de los numerosos ofrecimientos, ya que su deseo era reunirlas en un museo dedicado a su memoria. La familia donó al pueblo cordobés los lienzos que el artista había presentado en la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla el año anterior y, de esta forma, el Ayuntamiento de Córdoba se constituyó en depositario de dicho legado.

 

. Julio Romero de Torres (1874 – 1930):

Julio Romero de Torres comienza su formación académica en el Instituto Góngora. Estudios que compagina con los de solfeo y pintura, estos últimos bajo la tutela de su padre y el estímulo de su hermano mayor Rafael. Heredó de su padre el gusto por el realismo que reflejaría un sus paisajes y bodegones. Su pintura se inspira en las corrientes pictóricas de finales del siglo XIX. Sus primeras obras están marcadas por un realismo de contenido social, además de por el impresionismo y el modernismo simbolista. Influencias y tendencias que marcaron su primera etapa como pintor. Su primera obra conocida, Cabeza de árabe, pintada en 1889, cuando tan sólo contaba con 15 años de edad, se enmarca dentro del Realismo.

Seis años más tarde pinta Mira que bonita era!, de influencia realista con el que obtuvo Mención Honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En 1897 pinta para esa misma exposición Conciencia Tranquila, dentro de la línea del realismo social, obteniendo una tercera medalla. Dos años después se casa con Francisca Pellicer López de cuya unión nacieron Rafael, Amalia y María. Durante este tiempo imparte clases en la Escuela de Artes y Oficios y trabaja en la restauración del artesonado de la Mezquita-Catedral. En 1900 pinta La Siesta, de estilo próximo al arte impresionista y al iluminismo de Joaquín Sorolla.

Estas obras van dando paso a otras de carácter más personal donde el artista elige a la mujer como tema argumental, obteniendo con el cuadro titulado Rosarillo la Tercera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En 1905 pinta una serie de murales para el Círculo de la Amistad donde predomina el Simbolismo que marcaría su obra, cuadros estos que pintaría un año después de ser nombrado académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1906 pinta Vividoras del Amor, donde vuelve a retomar la línea del realismo social, haciendo una fuerte crítica a la marginación, cuadro que presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes, provocando el primer escándalo de su carrera como pintor.

Es a partir de entonces cuando comienza a relacionarse con los círculos intelectuales y artísticos del Madrid de la época. Allí conoce a Valle-Inclán, figura clave del modernismo español, que le anima a conocer a los grandes maestros de la pintura universal. Emprende viaje a Italia donde puede admirar a los sublimes artistas del renacimiento; Francia, donde descubre el Simbolismo de Puvis de Chavannes y Gustave Moreau; Inglaterra, donde toma contacto con el Prerrafaelismo de Gabriel Rosseti y Burne Jones; Países Bajos y Marruecos.

Tras los viajes realizados por Romero de Torres, éste ha conseguido afianzar una personalidad pictórica propia, ha confirmado un nuevo estilo que va a dar su primer resultado en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1908, donde presenta el cuadro Musa Gitana, galardonado con la 1ª medalla de oro. También presenta a este mismo certamen El amor sagrado y el amor profano y Nuestra Señora de Andalucía, obra que fue muy elogiada por Valle-Inclán.

 

Estos lienzos contienen ya los elementos estéticos que van a caracterizar su obra: el profundo simbolismo y sus argumentos alegóricos, la precisión de las formas, el dominio del dibujo, el deslizamiento de la ténue luz sobre las figuras, la supresión de la dureza del contraste, el artificio poético de los escenarios, el miniaturismo de los fondos idealizados, la morbidez de los cuerpos femeninos, las hábiles veladuras y la ondulación de los pliegues en los ropajes.

Estas obras adelantan también la temática elegida por Romero de Torres: el flamenco y la copla, con todos los matices de su costumbrismo popular y sus componentes, amor y celos, pena y muerte, pasión; la mujer como protagonista, sensual, trágica y de expresiones ambiguas; la dualidad de la vida entre lo religioso y lo profano.

En 1910 con Retablo del amor estalla un nuevo escándalo en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Políptico en el que resumen las distintas maneras de amor posibles en una mujer, que fue criticado por los sectores del arte oficial y, nuevamente, defendido por los círculos intelectuales y la prensa. Valle-Inclán animó al pintor cordobés a exhibir la obra en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Barcelona del año siguiente, donde obtuvo la Medalla de Oro.

Es esta época comienza a realizar retratos por encargo, faceta en la que sería muy prolífico y donde plasmaría personalidades del Gobierno, la aristocracia, las artes y la tauromaquia.

La polémica volvió a surgir en la Exposición Nacional de 1912, a la que Romero de Torres presentó La consagración de la copla, Las dos sendas y el retrato de Pastora Imperio, entre otras obras, sin conseguir ningún galardón, lo que originó repetidas protestas de los intelectuales y la prensa, hasta el punto que el diario La Tribuna abrió una suscripción popular para donar al artista una medalla de oro en compensación por la ausencia de premios.

En 1912 es nombrado miembro numerario de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba. El aumento de su prestigio, llevó al pintor cordobés a ser integrante de la tertulia de la Sagrada Cripta del Café de Pombo. Así mismo, frecuentaba con más asiduidad la tertulia de Fornos, donde se reunía con Valle-Inclán, entre otros. Su esperado triunfo en Madrid no llegó hasta 1915. Ese año, se presenta en la Exposición Nacional en una sala especial y sin opción a premio donde muestra, entre otras, el políptico Poema de Córdoba y La gracia, cuadro que junto con El pecado y Las dos sendas forma parte de una trilogía sobre el tema del amor místico y el amor profano, con la mujer como protagonista de esta dualidad.

Es nombrado profesor de Dibujo Antiguo y Ropajes de la hoy Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Ubicando su estudio en el número 73 de la Calle Pelayo, actual sede de la Sociedad de Autores. En 1918 realiza una exposición individual en el Majestic-Hall de Bilbao, donde cosechó un rotundo éxito con Carceleras y La saeta. El reconocimiento internacional llegaría al año siguiente, en 1919, con la obra La musa gitana, asombrando a los franceses en una Exposición de Arte Español en París, donde ya había mostrado Vividoras del amor, tras la polémica suscitada en España, obra que consiguió los mayores elogios de los críticos galos, mientras que Marta y María hace lo propio en Londres.

Sin embargo, su mayor éxito internacional lo encontraría al otro lado del Atlántico. En agosto de 1922, inaugura una exposición individual en la Galería Witcomb de Buenos Aires en la que vendió toda la obra expuesta, excepto La muerte de Santa Inés y Contrariedad, lienzos que quiso conservar por razones sentimentales. Pero su éxito no se limitó a vender todos los lienzos de la exposición, sino que recibió numerosos encargos que le hicieron prolongar su viaje durante dos meses.

Un año después, recibiría la visita de la Reina María Cristina en su estudio de Madrid, que desde 1916, es frecuentado por sus amigos intelectuales, entre los que se encuentran Valle Inclán y los hermanos Manuel y Antonio Machado. En 1925, el Rey Alfonso XIII visita su estudio de la plaza del Potro y se centra en su faceta de retratista, debido a la gran cantidad de encargos que recibe, aunque tiene tiempo para pintar otra de sus grandes obras, Arcángel San Rafael.

  

En 1927 hace un homenaje a La copla, a la que simboliza a través de una muchacha que recorre los caminos de Andalucía, y una aproximación al bodegón, por supuesto desde la originalidad que caracterizó toda su obra, con Naranjas y limones.

 

La Virgen de los Faroles, encargo hecho para ser colocado en el fachada Norte de la Mezquita-Catedral, pone de manifiesto el concepto dramático de los pintores del barroco tardío. En el lienzo En la ribera, Julio Romero se aparta de su temática habitual literarios para plasmar una impresión intimista de su estado de ánimo, la nostalgia.

  

Sin embargo, este alejamiento no es duradero y, durante dicho año, desarrolla incansablemente el grupo de obras que él mismo tituló Chiquitas buenas, donde plasma diversos y variados retratos de rostros femeninos. También de este año son dos obras cumbres, Rivalidad, donde vuelve a cultivar el desnudo integral, y Viva el pelo.

Vuelve a Córdoba muy aquejado y pinta entre 1926-1928 Ofrenda al arte del toreo y Cante hondo, lienzo este último que parece preludiar su muerte. A través de la representación del flamenco reune sus diversas temáticas, el amor, los celos y la muerte, todo ello gira en torno a una figura femenina desnuda tras la que aparece un ataud blanco similar al de la obra ¡Mira qué bonita era!, como si fuera un recuerdo de su juventud, mientras que sus hijos y su galgo Pacheco lloran sobre él. Pinta también La nieta de la Trini, homenaje a la cantaora de malagueñas, donde rememora su primera época, aunque su composición es un recuerdo de La musa gitana.

  

  

Vuelve en Navidad para preparar la Exposición Iberoamericana de Sevilla que se inaugura en febrero de 1930 en la Casa de Córdoba. Las obras allí expuestas van a ser el origen del museo. Julio Romero de Torres se siente agotado. El 24 de marzo se agrava su estado de salud, deja la pintura y se dedica a leer. Fallece el 10 de mayo, a los 56 años. En su caballete quedarían sin terminar La condesa de Colomera y Monjita, junto a ellos, su última obra acabada, La chiquita piconera.

 

La muerte de Julio Romero de Torres fue sentida por toda Córdoba. Se cierran los comercios, los cafés, las tabernas, los taxis se enlutan con crespones negros, los pésames se suceden y la Casa del Pueblo insta a los obreros a honrar al pintor, “trabajador incansable, eminente obrero del arte”. Su cadáver se expone en la capilla ardiente instalada en el Museo de Bellas Artes, donde es despedido por una inmensa muchedumbre. A hombros de obreros, el féretro es llevado hasta su tumba. Los homenajes se suceden, Romero de Torres se convierte en un mito y es a partir de entonces cuando la tradición popular comienza a crear una imagen tópica y distorsionada del artista.

~ by lostonsite on 3 octubre, 2009.

Andalucía, España, Viajes

4 Responses to “Cuando Córdoba muestra su pintura”

  1. ELIMINE LAS FOTOS QUE HA COPIADO QUITANDO, ADEMÁS, LAS MARCAS DE AGUA, DE LA PÁGINA WEB ARTENCORDOBA.COM. EN CASO CONTRARIO NOS VEREMOS OBLIGADOS A DENUNCIAR. UN SALUDO.

  2. Estimado webmaster, veo que ha atendido a mis peticiones y le doy las gracias. Sin embargo le queda una por quitar, la de la portada de los museos de Bellas Artes y Julio Romero de Torres, se ve que se tomaron muchas molestias en eliminar la firma que yo personalmente puse(la foto se encuentra aquí: http://www.artencordoba.com/LAS-PLAZAS/Las-Plazas-Cordoba-Plaza-Potro.html). Un saludo.

  3. Pongo bien el link: http://www.artencordoba.com/LAS-PLAZAS/Las-Plazas-Cordoba-Plaza-Potro.html. Un saludo.

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