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Cuando brillan las estrellas

MARTINA SERAFIN

MARCELLO GIORDANI

I. GIACOMO PUCCINI (1858 – 1924)

Le Villi
La tregenda

Tosca
«Mario! Mario!… Non la sospiri… Ah, quegli occhi!»
«Vissi d’arte»
«E lucevan le stelle»
«Franchigia a Floria Tosca… O dolci mani…»

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II. GIACOMO PUCCINI (1858 – 1924)

Manon Lescaut
«Donna non vidi mai»
«In quelle trine morbide»
Intermezzo
«Ah, non vi avvicinate!… No! pazzo son!»
«Sola, perduta, abbandonata»
«Tu, tu amore? Tu?… Ah! Manon, mi tradisce!

Bises:
Giacomo Puccini – Turandot: «Nessun Dorma»
Giacomo Puccini – Tosca: «Vissi d’arte»
Umberto Giordano – Andrea Chénier: «Vicino a te»

Orquesta Titular del Teatro Real
(Orquesta Sinfónica de Madrid)

Keri-Lynn Wilson, directora

. Martina Serafina.

Nació en Viena, en una familia de músicos y cantantes. Ha actuado en importantes escenarios del mundo como el Covent Garden de Londres, la Staatsoper de Viena, el Liceu de Barcelona, la Opernhaus de Zúrich, la Ópera de San Francisco y la Semperoper de Dresde. Su repertorio abarca desde Mozart (La Condesa de «Le nozze di Figaro») hasta Strauss (La Mariscala de «Der Rosenkavalier»), pasando por Wagner (Elsa de «Lohengrin», Elisabeth de «Tannhäuser», Sieglinde de «Die Walküre»), Verdi (Lady Macbeth de «Macbeth») y Puccini (los papeles homónimos en «Tosca», «Manon Lescaut» y Minnie de «La fanciulla del West»). También ha cantado óperas de Smetana (Marenka de «la novia vendida») y Chaikovski (Lisa de «La dama de picas»). Ha colaborado con prestigiosos directores musicales (Pappano, Gelmetti, Ozawa, Chailly) y escénicos (Zeffirelli, Nemirova, Del Monaco, De Ana, Joël). Entre sus más recientes actuaciones destacan los personajes de Maddalena («Andrea Chénier») en Cagliari, Floria Tosca («Tosca») en Roma y su homónimo de «Turandot» en Tokio.

La cantante domina con firmeza y soltura un amplio repertorio de lírica y lírica plena en sus más variadas facetas, con algunas excursiones a los terrenos de lo lírico-dramático o spinto, incluso dramático (Lady Macbeth), de las que sabe salir con fortuna en virtud de una técnica sólida y un arte de canto ya muy ahormado, que comenzó a preparar en el Conservatorio Estatal de la ciudad de Prater.

Martina Serafin tenía un excelente caldo de cultivo en su propio hogar, ya que su padre fue un barítono muy estimable, el lituano Harald Serafin, nacido en 1931 y discípulo de la gran Maria Ivogün, ligado sucesivamente a las Óperas de St. Gallen, Zúrich, Frankfurt y el Gärtnerplatz de Múnich. Se hizo un hueco importante como intérprete de opereta y estrenó, en 1967, la parte de Rudolf de «Madame Bovary» de Sutermeister y, en 1968, la de Herrn von Lips de «Der Zerrissene» compuesta por Von Einem. Más tarde fue intendente del Festival de Mörbisch am Neusiedler See, donde propició el debut de su hija en el papel de Condesa Zedlau en la opereta de Johann Strauss «La guerra alegre». Los comienzos de la soprano estuvieron, pues, ligados a un género muy vienés, que ella ha cultivado profusamente, siguiendo asimismo los pasos de su madre, la soprano yugoslava Mirjana Irosch, y facilitando su desarrollo vocal.

Serafin tiene sin duda un vigoroso timbre de soprano lírica, bien coloreado, de rico espectro, no exento de morbidez y muy bien pulido. Sonoridades penetrantes siempre homogéneas y educadas, extensión amplia para navegar con cierta comodidad por el Si o el Do graves y por el Si o el Do sobreagudos sin aparente esfuerzo, lo que revela una técnica sólida y efectiva. Podríamos situar su voz, salvando las distancias, en los aledaños de la Tebaldi, o mejor, pues no es tan cristalina, se podría comparar con la de Stella, durante lustros una especie de sombra de aquélla, pero de menor brillo, de más pálidos reflejos. El fraseo bien engarzado, adecuadamente construido, en el que no faltan sonidos en piano y algún excelente filado. Es una intérprete elegante que destaca interpretando partes como la Tosca o Manon Lescaut.

Su limpia emisión y su brillo térmico atraviesan sin problemas la marea orquestal, sin que, de momento, aparezca un exceso de vibrato, hasta ahora controlado con fortuna. La pasta del coloreado instrumento le permite salvar barreras y llegar, sin aspavientos, al corazón dramático, emotivo y candente de Floria Tosca, personaje al que se aproxima de un modo realmente apasionado. En el personaje de Manon, la personalidad vocal y la musicalidad de Serafin son idóneos. El carácter de Manon es más complejo que el de Tosca. Manon reune la fragilidad de la mujer mundana y sensual y la energía que ha de mover el impulso que la aferra a esa vida que se le escapa en el último acto, en el que ha de ir de Do3 a Do5 y unir el murmullo al grito, el lirismo más intenso al tono trágico más desesperado.

. Marcello Giordani.

Nació en Augusta (Sicilia) en 1963 e inició sus estudios de canto en 1983 en Catania, continuándolos más tarde en Milán. Debutó en el Festival de Spoleto en 1986 como El Duque de Mantua («Rigoletto»). Dos años más tarde se presentó en La Scala de Milán como Rodolfo («La bohème»), iniciando una brillante carrera internacional. Invitado con regularidad a los principales escenarios líricos del mundo -el Metropolitan de Nueva York, La Scala de Milán, la Staatsoper de Viena, el Opernhaus de Zúrich, la Deutsche Oper de Berlín, el Liceu de Barcelona- para interpretar papeles de un amplio repertorio -desde el belcanto rossiniano («Guillermo Tell») hasta la ópera francesa («Roméo et Juliette»)-, con especial insistencia en los grandes papeles verdianos («Il Trovatore», «Simon Boccanegra») y puccinianos («Madama Butterfly», «Manon Lescaut»). Ha colaborado con los más sobresalientes directores (Solti, Levine, Abbado, Santi, Barenboim) y escénicos (Zeffirelli, De Ana, Flimm, Bondy, Joël). Entre sus más recientes interpretaciones en ópera destacan «Ernani» en Catania, «Tosca» en Pekín, «Andrea Chénier» en Génova, y «La damnation de Faust» en Nueva York.

El tenor posee una voz calurosa, de fuerte impronta mediterránea, canónica de emisión, fácil de agudo y sobreagudo, pulcra de afinación, dotada de una pasta lírica de primer orden y de un esmalte de especialísimas coloraciones, muy apropiadas para abordar, al comienzo de su carrera, partes de carácter lírico o lírico-ligero. En este registro se hallaba cómodamente instalado en el momento en el que recibió sabios consejos de diversos maestros, entre ellos Carlo Bergonzi, quien le impulsó en aquellos primeros pasos para dar vida a pequeños papeles, desempeñados hacia 1985, cuando Giordani acababa de cumplir los veintitrés años, en el Regio de Parma. Su debut en parte protagonista se produjo unos meses más tarde en el Teatro Sperimentale de Spoleto. En su voz El Duque de Mantua, un personaje que iba como anillo al dedo al joven tenor, sonaba viril, apolíneo, elegante, con extraordinaria plasticidad.

Posteriormente, Giordani continuó en esa línea de esplendente lirismo, con personajes donizettianos. A finales de los ochenta comenzó a internarse, sin prisas y sin esfuerzos fuera de lugar, en un repertorio que requiere un instrumento de cantante lírico pleno, con personajes puccinianos y verdianos. En los últimos tiempos, Giordani se entrega con apasionamiento y vibración a personajes de mayor intensidad dramática, en un momento en el que ya su timbre se ha oscurecido notablemente y su centro y agudos han ganado en amplitud y potencia, al tiempo que, como es lógico, la emisión se ha hecho más dificultosa.

Hay una particularidad digna de ser señalada en el proceso de emisión del sonido de este cantante: la singular proyección de la voz hacia la zona alta. El artista realiza el pasaje de registro muy claramente desde el Mi agudo y, a partir de ahí, lanza, catapulta fulgurantemente el sonido, que percute, repercute y vibra en los resonadores con una magnífica intensidad, con una energía casi virulenta, que no rompe, por supuesto, el equilibrio, y aporta más armónicos al resultado acústico. Esta manera de atacar, radiante y luminosa, nos acerca a Giordani al bolonés Gianni Raimondi, que poseía también, en un instrumento ligeramente menos robusto, la capacidad de emitir agudos como latigazos y lograr que el sonido brillara refulgente y extraordinariamente en el ápice, lo cual ennoblece el canto y embellece el sonido.

. Keri-Lynn Wilson.

Natural de Winnipeg (Canadá), es una de las directoras de mayor proyección internacional en el panorama actual. Inició sus estudios musicales con el piano a la edad de tres años, y los continuó con el violín y flauta. Se graduó, como flautista y en dirección orquestal, en la Julliard School de Nueva York. Fue asistente de Claudio Abbado en el Festival de Salzburgo y debutó, a los veintitrés años de edad, con la Orquesta del Centro Nacional de las Artes de Canadá. Desde entonces ha dividido su carrera entre la dirección sinfónica y la ópera, campo para el que ha sido invitada por la Staatsoper de Viena («Tosca»), la Ópera de Roma («La clemenza di Tito»), el Teatro Mariinsky de San Petersburgo («Madama Butterfly»), la Ópera Nacional de Ucrania («Turandot») y las temporadas líricas de Bari («Wether»), Trieste («La cenerentola»), Bilbao-ABAO («La bohème»), Rotterdam («Norma»), Verona («Lucia di Lammermoor»), Turín («Lucia») y Niza («Otello»), entre otras. Ha sido invitada a dirigir repertorio sinfónico en San Francisco, Houston, Florencia, Atenas, Hong Kong, Riga y Vancouver, entre otras ciudades.

~ by lostonsite on 21 julio, 2009.

Conciertos, Música

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