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Cuando se crea entreguerras

MATISSE.
1917
1941

Museo Thyssen-Bornemisza:
9 Junio – 20 Septiembre 2009

La trayectoria artística de Matisse puede dividirse en tres grandes periodos: el primero se extiende desde finales del siglo XIX hasta 1917, el segundo desde 1917 hasta 1941, el tercero desde 1941 hasta la muerte del artista en 1953. El periodo intermedio es el más largo y el peor entendido de los tres. Marcado por la sombra de la Primera Guerra Mundial y la premonición de la Segunda, este periodo tuvo dos mitades muy diferentes: la primera, los años veinte, se caracterizó por una creciente aceptación social e institucionalización del arte moderno, un proceso del que Matisse fue, junto a Picasso, el protagonista principal; la segunda mitad estuvo presidida por la crisis económica de 1929, la depresión, las graves tensiones sociales y políticas de los años treinta y finalmente la guerra.

En 1917, cuando empezaba a vislumbrarse el final de la Primera Guerra Mundial, Matisse decidió afrontar la nueva era histórica que se anunciaba imprimiendo un giro profundo a su trayectoria artística. Para poder dedicarse por completo a la investigación pictórica se alejó de París, incluso de su familia, y se estableció en Niza. Abandonando los grandes formatos y los colores planos de su primer periodo, el de las grandes composiciones “decorativas”, como las llamaba él mismo, trató de establecer una relación más próxima con la mirada del espectador, adentrándose en lo que llamaba “pintura de intimidad”. Para ello creyó necesario volver a introducir en sus cuadros las sensaciones de volumen y espacio que había abandonado en el periodo anterior, aunque valiéndose sólo del color y de la forma y evitando el claroscuro y la perspectiva tradicional. Si antes había tomado como referencias las grandes tradiciones decorativas de la historia del arte, especialmente la bizantina y la musulmana, ahora buscó su inspiración en la tradición intimista de la pintura holandesa del siglo XVII al tiempo que ahondaba en su reflexión sobre Cézanne. Todo ello sin abandonar la poética formalista alimentada por la lectura de los dos grandes poetas fundacionales de la modernidad, Baudelaire y Mallarmé, e incardinada en la convicción de la autonomía del arte que había guiado siempre su concepción de la pintura.

Sin embargo, conforme pasaban los años, el aislamiento y las incertidumbres de su proyecto pesaban cada vez más sobre Matisse. A partir de 1927 el ritmo de su trabajo se hizo más lento y llegó a detenerse. En 1930 recibió un encargo que le permitió salir de la crisis volviendo a la pintura “decorativa”. Alfred Barnes, un hombre de negocios de Filadelfia que había reunido una colección extraordinaria de pintura impresionista y moderna, le pidió que hiciera una gran composición mural para el edificio que había construido como sede de su colección. Matisse decidió trabajar de nuevo sobre La Danza, un tema que había tratado en varias ocasiones antes de la guerra, especialmente en dos grandes telas realizadas en 1909-10. Tras casi tres años de trabajo culminó su nueva versión, mucho mayor que las anteriores y concebida en un registro más arquitectónico, abstracto y épico que ellas.

Cuando volvió otra vez a la pintura “de intimidad” en 1934, el clima histórico había cambiado y la búsqueda de Matisse derivó hacia el ensimismamiento. Poco a poco abandonó la ambición de expresar el volumen y el espacio por medio del color y la composición y privilegió el dibujo como medio de expresión. Cuando en 1940 el ejército alemán ocupó Francia, Matisse, en contraste con otros artistas y escritores que emigraron a Estados Unidos, decidió quedarse en su país. En 1941 sufrió una intervención quirúrgica grave y estuvo a las puertas de la muerte. Nunca se repuso totalmente, pero eso no le impidió sumergirse en la creación de una serie de dibujos que tituló Thèmes et Variations. Con ese esfuerzo marca, para Matisse, la conclusión de una época.

1. PINTURA Y TIEMPO
La luz del sur, reflejada en el mar, ilumina habitaciones vacías u ocupadas por lejanas figuras femeninas en reposo. Como en los cuadros de Vermeer, el motivo dominante es, en último término, la ventana, una figura que desde el Renacimiento ha sido para los pintores un paradigma de la pintura. Junto a la ventana, algunas alusiones ocasionales a la música subrayan la reflexión del artista sobre la naturaleza de su trabajo.

 

 

2. PAISAJES, BALCONES, JARDINES
La exploración del espacio exterior permite a Matisse cuestionar la herencia del impresionismo. Frente al ojo pasivo del pintor impresionista, que trata de sumergirse en la naturaleza y fundirse con ella, Matisse, encuadra frecuentemente su motivo desde un balcón o una ventana y subraya la distancia del horizonte, la artificiosidad de la ficción pictórica.

3. INTIMIDAD Y ORNAMENTO
Las escenas de interior, pintadas a puerta cerrada, son teatros en miniatura en los que la relación del pintor con sus modelos se depura como en un laboratorio. La mirada se extravía entre espejos, flores, sedas, joyas y cabelleras, y en el arabesco que dibuja la mano sobre la tela, acechan, como en los poemas de Baudelaire, el deseo, el desasosiego y el desmayo.

4. FIGURA Y FONDO

Durante un tiempo el pintor sigue una rutina rígida. Por las mañanas pinta en el estudio con la modelo posando en un estrado revestido de telas musulmanas; por las tardes dibuja reproducciones de estatuas de Miguel Ángel en la academia local. Dos paradigmas: la bidimensionalidad sofocante de los fondos combate con el volumen y el peso de las figuras, su corporeidad.

 

5. FORMA
El desnudo se establece finalmente en el centro de la atención del pintor. Es el espejo que le ayuda a ahondar en los valores de la forma pictórica. Matisse lo estudia sistemáticamente, alternando la pintura con el dibujo y la escultura. Finalmente el logro más claro de la “pintura de intimidad” será una estatua inspirada en los desnudos realizados por Miguel Ángel para la Capilla Medici de Florencia, Gran desnudo sentado (1922-29).

El registro cambia súbitamente en 1930; de la intimidad de los interiores domésticos, Matisse salta a la pintura decorativa y con ella al desnudo heroico. El periodo 1930-33 es un paréntesis dominado por una fuerte tensión entre dos polos contrapuestos: la forma estática, monumental, cristaliza escultóricamente en Desnudo de espaldas IV (1930); la forma en movimiento, luminosa, pictóricamente en La Danza (1930-33) de la Fundación Barnes.

6. «UNE SONORE VAINE ET MONTONE LIGNE»

Cuando Matisse vuelva de nuevo a la “pintura de intimidad” en 1934, se esforzará por mantenerse en la perfección abstracta de La Danza, aun a costa de renunciar definitivamente al volumen y a la profundidad. Esa deriva de su pintura coincide en el tiempo histórico con el ascenso de las tensiones políticas y las amenazas de guerra. Las figuras de los cuadros de Matisse se nos presentan cada vez más absortas en sí mismas, más nocturnas e inalcanzables. El color se hace más incorpóreo y la forma se reduce a trazo, signo que fluye: “una sonora, vana y monótona línea” (une sonore, vaine et monotone ligne), por decirlo con un verso de La siesta de un fauno que Matisse había ilustrado en su edición de 1932 de las Poésies de Mallarmé. En 1935 volvió sobre esa ilustración para llevarla a una tela de gran formato en la que continuó trabajando durante los años de la guerra para dejarla finalmente inacabada. Serán así las series de dibujos que el pintor agrupó bajo el título musical de Thèmes et Variations (1942) las que pongan punto final a este periodo de su trayectoria.

~ by lostonsite on 8 junio, 2009.

Arte, Exposiciones

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