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Cuando se hace un preludio al silencio

ELISABETH LEONSKAJA

Auditorio Nacional. Martes, 27 de Enero, 2009

LUDWIG VAN BEETHOVEN
– Sonata nº30 en Mi Mayor, op. 109 (1821)
Vivace ma non troppo – Adagio
Prestissimo
Gesangvoll, mit innigster Empfindung. Andante molto cantabile ed espressivo

– Sonata nº 31 en La bemol Mayor, op. 110
Moderato cantabile molto expressivo
Allegro molto
Adagio ma non troppo – Allegro ma non troppo (Fuga)

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– Sonata nº 32 en do menor, op 111 (1822)
Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
Arietta: Adagio molto semplice e cantabile

UN PRELUDIO AL SILENCIO

Las sonatas nº30, 31 y 32 suponen las tres últimas sonatas para piano que Beethoven compuso, desde que en 1794-1795 inició la trayectoria con sus tres sonatas Op 2. En los casi treinta años transcurridos hasta los Op. 109 a 111 Beethoven, apoyado en la considerable evolución que en ese periodo experimentó el instrumento, hizo recorrer a la Sonata para piano un largo camino, el que va del Clasicismo al Romanticismo. Incluso en el aspecto meramente formal, el cambio es notable. La estructura regular cuatripartita del Op. 2 evolucionó hasta un tratamiento cada vez más libre, que alcanzó su cima en estas obras: los Opp 109 y 110 constan de tres movimientos cuyo centro de gravedad se sitúa en el final, para el que los dos anteriores sirven de prólogo, en un esquema de intencionada asimetría. El Opp 110 concluye con una fuga en dos secciones, precedida cada una por un episodio contenido dramático/vocal que somete al teclado a límites de expresión inusitados para cualquier autor de la época, salvo para un visionario progresivamente aislado del mundo como Beethoven (en 1820, cuando comienza a componer estas tres sonatas, va a cumplir cincuenta años y está absolutamente sordo). El Op. 111 en dos tiempos, el segundo de los cuales, en forma de variaciones, culmina un itinerario espiritual en busca de la paz, finalmente alcanzada.

Las tres últimas sonatas se enmarcan entre el Cuarteto para cuerda, op. 95, de 1810 y los cuartetos finales opp. 127 a 135 fechados entre 1822 y 1826. Las sinfonías más cercanas son la Octava, de 1812 y la Novena de 1824. La existencia de bocetos comunes y coetáneos confirma que las tres sonatas fueron concebidas al tiempo, durante la composición de la Misa Solemne, con vínculos temáticos entre ellas, más o menos explícitos, como ocurre con los últimos Cuartetos de cuerda. Esta trilogía es consecuencia directa de la precedente Sonata op. 106 «Hammerklavier»,  de 1819, tan amplia de dimensiones como original en su planteamiento, con la que Beethoven abrió nuevos caminos a la escritura pianística. Fue probablemente el ansia de explorarlos lo que le movió a componer estas obras, de tan diferente estructura y contenido.

SONATA Nº 30 EN MI MAYOR, OP. 109
Beethoven la dedicó a su amiga Maximiliane von Brentano en carta de 6 de diciembre de 1821: «Nunca se extinguirá en mí el recuerdo de una amiga tan noble. Ojalá vos misma penséis en mí con afecto alguna vez». De proporciones y exigencias técnicas mucho más modestas que la Hammerklavier, no es menos singular ni hermosa, en su ordenada claridad. El «Vivace ma non troppo» que la abre trata muy libremente la forma sonata, acercándola a la fantasía. La tradicional oposición o contraste entre dos temas va en esta ocasión mucho más allá de su carácter. Así, el suave aire ensoñado, improvisatorio y sincopado del motivo inicial, «Vivace» y en compás ternario, que parece anunciar a Schumann, sigue un segundo tema «Adagio» en ritmo binario, a modo de recitativo declamatorio con grandes contrastes dinámicos, de pianississimo (ppp) a fortississimo (fff). Expuestos los dos temas, el desarrollo utiliza una transformación del primero que, de nuevo, da paso al «Adagio». La reexposición del motivo inicial sirve de coda y cierra serenamente este movimiento singularísimo. El contraste no se hace esperar y el segundo tiempo es un abrupto «Scherzo» en modo menor y 6/8, impulsivo y apasionado, típicamente beethoveniano, que ofrece numerosos pasajes imitativos y contrapuntísticos, cruzados de fascinantes juegos de luces y sombras, organizados -ahora sí- en un verdadero esquema de sonata.

Después de esta inquietante cabalgata nocturna, la obra concluye con unas variaciones que se cuentan entre las más perfectas y poéticas de Beethoven. El tema 3/4 y con aire de zarabanda, es un coral noble y sereno en Mi Mayor, que su autor acota en alemán «muy cantable, con el más intimo sentimiento a media voz». La estructura de cada variación es regular: 32 compases, divididos en dos secciones de 16 ó de 8, que se repiten.

SONATA Nº 31 EN LA B MAYOR OP. 110
Sonata nº 31 en La b M op. 110

SONATA Nº 32 EN DO MENOR OP. 111
Beethoven finalizó su última sonata para piano en enero de 1822 pero la retocó durante el verano y no vio la luz hasta abril del año siguiente. Dedicada al archiduque Rodolfo de Austria, de nuevo Schlesinger la publicó en Berlín y París. El manuscrito, que se conserva en la Beethovenhaus de Bonn, lleno de tachaduras y correcciones, evidencia el esfuerzo que costó a su autor. Su estructura en sólo dos movimientos suscitó perplejidad; interrogado, el músico se limitó a ironizar: «No tuve tiempo para escribir el tercero».
Una introducción lenta, teatral y grandiosa, abre el primer movimiento y recuerda la Sonata patética, op 13, compuesta veintitrés años antes, y aunque no guarda relación temática con el «Allegro» que sigue, lo prepara admirablemente. Los repetidos acordes de séptima disminuida crean fuerte tensión, y tras un pasaje que recorre varias tonalidades, un trino lento anuncia la brusca irrupción del motivo principal en do menor, protagonista inconfundible y casi exclusivo del drama que sigue. Sus elementos constitutivos son objeto de desarrollo durante la exposición. Pese a su brevedad, el segundo tema, claro y apacible, ofrece el necesario contraste. Se repite exposición y el desarrollo se basa en el motivo principal, reducido a sus elementos esenciales, que Beethoven somete a la disciplina del contrapunto. De hecho, buena parte de este periodo es una doble fuga cuyo segundo tema es una aumentación del primero. La tensión provocada al combinar dos principios musicales opuestos, la sonata y la fuga, se resuelve cuando el primer motivo suena en el gran clímax central. La recapitulación, abreviada, desemboca en una breve coda, anunciada por acordes sincopados que disgregan el material temático con un efecto maravilloso.

Beethoven se despide de la sonata para piano mediante un tema con variaciones, que, engañosamente, titula «Arietta». La melodía en Do Mayor, ritmo de 9/16 y dieciséis compases de duración, es de extrema sencillez pero sus elementos (intervalos, células rítmicas) revelarán un insospechado potencial generador. Cada una de las cinco variaciones que siguen, de progresiva complejidad, muestra un crecimiento orgánico de esas células. Si la primera prolonga el ambiente del tema, el fugato de la segunda variación intensifica el esquema rítmico. La tercera es la más brillante y virtuosista: la unidad de medida ahora es la fusa (el compás es 12/32) y se potencian los contrastes tímbricos y dinámicos. En la cuarta variación, la línea melódica, sincopada y disgregada, flota sobre un rumor de fusas en el bajo. La quinta, inmaterial y extática, en la que los trinos -sencillos, dobles o triples, técnicamente muy difíciles- tienen un papel clave, se une a la hermosísima coda, que recupera el tema, transfigurado, para concluir, meditativa y apacible, en un más allá sonoro o «en un preludio al silencio», como certeramente escribió Alfred Brendel.

ELISABETH LEONSKAJA
Nació en 1945 en Tiflis (Georgia), donde sus padres despertaron en ella un gran amor por el piano. Sus primeros conciertos, a la edad de once años, atrajeron la atención de muchas personas. Este temprano éxito le llevó a proseguir sus estudios con el profesor Jacob Milstein en el Conservatorio de Moscú. Al tiempo que completaba estos estuidios ganó premios en concursos internacionales de Bucarest, París y Bruselas. Antes de abandonar la Unión Soviética en 1978 y asentarse en Viena tomó parte en muchos conciertos con Sviatoslav Richter. Este encuentro con el gran pianista constituyó un empuje definitivo para su carrera artística. Su aparición en el Festival de Salzburgo de 1979 supuso el inicio de su carrera en Occidente. Desde entonces Elisabeth Leonskaja aparece con regularidad en las mejores salas de conciertos del mundo, dando recitales y actuando como solista con las grandes orquestas de América y Europa. Un gran número de grabaciones muestra la alta calidad de esta artista. En 2006 recibió la Cruz de Honor de las Ciencias y las Artes, de Primera Clase, que le otorgó el Gobierno austríaco.

~ by lostonsite on 27 enero, 2009.

Conciertos, Música

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