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Cuando se está entre dos siglos

ENTRE DOS SIGLOS. ESPAÑA 1900

Sala Exposiciones Recoletos. Fundación Mapfre: 14 Octubre 2008 – 25 Enero 2009

En la España de 1900, en un momento histórico crucial: el paso del siglo XIX al XX, confluyeron muchas tendencias y posiblidades plásticas. En este contexto, encrucijada de tendencias culturales y movimientos artísticos, se superponen modernismo, simbolismo y postimpresionismo en artistas como Anglada Camarasa, Casas, Mir, Rusiñol, Meifrén, Nonell, Modest Urgell, Julio González, Manolo Hugué, el joven Picasso y un jovencísimo Dalí, que definen el ambiente de la Barcelona de 1900.

Torres García alude a un incipiente clasicismo noucentista; el joven Sunyer, que pronto se convierte en el representante oficial de este movimiento; Vázquez Díaz, que tamiza la geometrización cubista con el filtro del postimpresionismo; Solana y Zuloaga, máximos representantes de la imagen pictórica de la España Negra; pero también su contrapartida, Sorolla y Pinazo, creadores de la imagen plástica de una España Blanca, festiva y alegre que se despliega a la luz del mediterráneo y alcanza un enorme éxito internacional; Julio Romero de Torres, o Viladrich, que proponen una imagen entre castiza e inquietante de personajes que se mueven entre la literatura y la realidad; Darío de Regoyos, emblema de la conexión con el postimpresionismo internacional; Echevarría, Iturrino o Arteta, que representan la penetración de los lenguajes de vanguardia internacionales en la pintura vasca; así como unos jovencísimos Miró y Dalí, que experimentan con los lenguajes de la modernidad antes de encontrar su ruta hacia el surrealismo.

– La España blanca:
Tradicionalmente, la historiografía ha considerado moderno el arte que se ajustaba a una serie de principios estéticos o formales y se desarrollaba en un marco cronológico determinado. El arte moderno debía estar ligado a una idea de progreso y a la transformación de los propios conceptos artísticos. En líneas generales, se basaba en un principio: el de sustituir el ideal de belleza por el de libertad; no era mejor un arte más bello, sino más libre. Al margen de la cronología, un artista podía o no ser moderno si coincidía con los criterios y los principios de moda en cada momento.
Un arte que se origina en una doble ecuación: entre lo clásico y lo moderno –con Picasso como paradigma– y entre lo autóctono y lo cosmopolita. Clásico, cosmopolita, moderno y castizo al mismo tiempo, ésa parecía ser nuestra seña de identidad, que se acentuaba por la distancia geográfica, social y cultural con las grandes metrópolis. A todo ello se une que nuestros artistas presentan ritmos y preocupaciones propios y que las tensiones políticas –con Guerra Civil incluida– han hecho del nuestro un arte ensimismado en los vaivenes de una historia ajena a lo que acontecía en Occidente.

– Entre dos siglos: España 1900
En esta época que cabalga entre los siglos XIX y XX, España era un país envuelto en muy diferentes matices, marcado por fuertes contrastes regionales y sociales, que atravesaba un período de profundos cambios estructurales de los que resultaría un país más moderno y más comprometido con su entorno europeo. Esto es, a finales del siglo XIX, España conoce una etapa de cierta estabilización en la que, de forma morosa, se desliga de su pasado de aislamiento para acompasarse con el ritmo que marcan los nuevos tiempos.
La particular idiosincrasia española la había convertido en un destino muy apreciado por viajeros de países vecinos como Francia, Inglaterra o Alemania, que buscaban en estas tierras aquello que les pudiera poner en contacto con algo ancestral y genuino: España se configuró como el punto exótico de Europa y ese exotismo fue cultivado como imagen preconcebida. Este acercamiento amable de los viajeros románticos contrastaba con el de otros europeos que visitaban la península con el afán de encontrar rasgos diferenciales negativos que la alejaran de la Europa desarrollada. A finales del siglo XIX, el poeta belga Emile Verhaeren y el pintor Darío de Regoyos recorrieron el país –País Vasco, Burgos, Ávila, Segovia, Madrid– buscando los tintes más oscuros. De este viaje se publicaron unas crónicas en la revista Luz, en 1898, editadas como España negra (1899), que recogía las impresiones del poeta traducidas y comentadas por Regoyos. De algún modo, la España negra de Verhaeren fue a coincidir con la temática de algunos de los pintores de este momento –que presentan una escenografía pareja a esta imagen de negritud contra la corriente europeizadora– y con la “España como problema”, que constituye uno de los principales debates sobre la identidad nacional de los intelectuales del 98 y de la generación del 14.
Al lado de la España triste existía una España blanca, una España bañada por la luz del mar Mediterráneo y de tierras castellanas o por los atardeceres de agradables paseos; un país abierto a otras experiencias, a una vida bohemia o burguesa, y que supo retratar múltiples instancias de la realidad, pero con desprendimiento de la negativa carga anímica que parecieron llevar consigo algunos de los artistas de fin de siglo. Podemos hablar de la convivencia de registros aparentemente opuestos como tradición y modernidad,
simbolismo y naturalismo, clasicismo y realismo, academia y disidencia. Binomios que, a su vez, resultan espoleados por la tensión vernáculo- cosmopolita, que vertebra gran parte de la producción no sólo plástica, sino también cultural de todo el período.

– Un paseo por la modernidad.
Modest Urgell (1839-1919), Eliseu Meifrèn (1858-1940) e Ignacio Pinazo (1849-1916), desarrollaron su obra en la segunda mitad del siglo XIX en el terreno del impresionismo, preparando el camino a la siguiente generación. Urgell, como profesor en la Escuela de la Llotja, y Meifrèn, vinculado a la tertulia de Els Quatre Gats, establecieron una relación directa con los artistas más jóvenes del modernismo, como Anglada-Camarasa, Casas, Rusiñol o Miró.
Los paisajes pintados a principios del siglo XX constatan la confluencias de tendencias. Desde el modernismo singular de Mir o Raurich, al naturalismo de Sorolla o al postimpresionismo de un temprano Dalí.

El paisaje de Sorolla se centra en las playas de Valencia, en los primeros años del siglo XX. La temática es recurrente: niñas vestidas y niños desnudos que se bañan y corren por la playa o que son vigilados por mujeres. Es el Sorolla luminista que acaba de conseguir en 1900 eñ Grand Prix de los pabellones español y lusitano en la Exposición Universal de París. Son cuadros en los que llega a revelarse un visible interés por captar el movimiento en las figuras a través del efecto de la brisa del mar en las telas o por acción combinada del viento y la carrera de los niños. También deja escapar del lienzo parte de un motivo recortando el primer plano. En su contrato para decorar la Hispanic Society de Nueva York, Archer Huntington pidió a Sorolla que representara la vida de España y Portugal; durante ocho años (1912-1920) recorrió la península en busca de tipos y folclore.

En esta temática también se podría encuadrar la obra de Echevarría. Echevarría fue miembro muy activo de la Asociación de Artistas Vascos, una plataforma que trabajaba en pro de la renovación estética y para hacer más consciente y cómplice a la sociedad vasca de la necesidad del arte como pieza fundamental en el engranaje del progreso.

Por influencia de Francisco Iturrino (1864-1924), comenzó a viajar por Andalucía y a retratar en su obra a mujeres de etnia gitana.
Aunque pueda entroncar con el regionalismo, su interés no reside en reflejar una España de pandereta: no hay tipismo sino más bien un acercamiento antropológico y una técnica que recuerdan al primitivismo de Gauguin.

El cromatismo exacerbado articula el discurso pictórico de Hermen Anglada-Camarasa (1871-1959), cuya obra alcanzó un notable reconocimiento internacional ya antes de la Primera Guerra Mundial, y aunque la contienda hizo que se trasladara de París a Pollensa, su prestigio se siguió cimentando en las décadas siguientes. Desde un principio se reconoce en el pintor un estilo propio vinculado con el simbolismo expresionista, el postimpresionismo y el decadentismo, manifestaciones de perfiles trabados del arte francés de fin de siglo. Su particular lenguaje está fundado no sólo en la fusión de tonos y gamas inesperados, es “la muerte de la línea como perfiladora de los volúmenes”, en palabras de Balsach. También sorprendieron y provocaron amores y rechazos los temas de su obra, que van del París de la Belle Époque a escenas costumbristas y a una galería de personajes femeninos que rozan a menudo el umbral de lo prohibido.

A Julio Romero de Torres (1875-1923) le han afectado notablemente dos elementos ajenos a su arte y personalidad: su temprana muerte y la manipulación que hizo de su obra el aparato franquista. La dictadura lo convirtió en figura representativa de lo español, lo hizo pasto del folclorismo y abarató su expresión convirtiendo uno de sus cuadros en billetes de cien pesetas. Si bien es palpable la influencia de los temas y personajes de la copla andaluza y del folletín en muchos de los cuadros de Romero de Torres, el tratamiento
refinado y estilizado de los mismos junto a un renovado clasicismo se conjugan a favor de un enaltecimiento de lo popular.

– Casas, Rusiñol, Zuloaga, Gutiérrez Solana
Las figuras de Ramón Casas (1866-1932) y Santiago Rusiñol (1861-1931) han ido de la mano en numerosas ocasiones. Tuvieron una larga y fecunda relación amistosa que les llevó a compartir exposiciones –la primera en 1890, en la Sala Parés– o a ser los protagonistas de un viaje en carro por tierras catalanas. Rusiñol escribía las crónicas de esta aventura: Por Cataluña (desde mi carro), mientras Casas realizaba dibujos y apuntes del paisanaje. Ambos fueron los artífices, junto a Pere Romeu, de la creación de Els Quatre Gats y atrajeron al local a los artistas que visitaban Barcelona. Desde su estancia en París, donde compartieron vivencias y un estilo similar dentro del modernismo, la trayectoria de Casas y Rusiñol corrió de una forma paralela.

 

A Zuloaga y Gutiérrez Solana se les ha vinculado también con frecuencia a pesar de que sus lenguajes artísticos no manifiesten una tendencia común, salvo por el estereotipo de la España negra y por su admiración a El Greco, Velázquez y Goya –en los que aprenden temas, el uso del color y el distanciamiento de los personajes–, y por ser artistas de la escuela española cuya influencia trasluce en sus obras –como Ribera, Zurbarán o Valdés Leal, que aportan su misticismo y espiritualidad–. Desde 1890, Zuloaga vivió en París largas temporadas compartiendo experiencias con Casas y Rusiñol, con Utrillo, Toulouse-Lautrec, Dethomas o Gauguin y Paco Durrio, compañeros de estudio en 1895, y más adelante con Rodin, a quien le unió una estrecha amistad.

De José Gutierrez Solana (1886-1945) se ha comentado a menudo que su pintura es inclasificable; la crítica tiende a enmarcarlo cerca del realismo grotesco y del expresionismo truculento y a relacionarlo con James Ensor, pero el belga ensayó lo grotesco con una gama de blancos, mientras que a Solana le atraía la negrura de las cosas. Su obra es la que podemos relacionar de una forma más clara con la España negra de Regoyos y Verhaeren. Desde sus primeros cuadros aparecen cementerios, procesiones de flagelantes y romerías populares, y también escribió su propia serie sobre La España negra (1920), donde reconoce su deuda con Zuloaga.

– El camino de la vanguardia
Desde finales del siglo XIX, Barcelona se había convertido en una ciudad receptiva de las nuevas manifestaciones artísticas y el flujo de pintores que iban y venían a París era continuo; la ciudad se prestaba a acoger la actualidad más novedosa, como la exposición de pintores cubistas en las Galeries Dalmau, que presentó por primera vez en España obras de Marcel Duchamp, Albert Gleizes, Jean Metzinger, Marie Laurencin o Juan Gris. Por otro lado, la Escuela de la Llotja ejerció una gran labor educadora a finales del siglo XIX y principios del XX y ayudó a que iniciaran su formación artística de varios de los pintores españoles. Fuera por el poso de lo aprendido, las horas de tertulia y diversión en Els Quatre Gats, el impulso
que recibían a su paso por París o su propia entraña creativa llevaba en ciernes el aire fresco de la vanguardia.

Con Manolo Hugué (1872-1945), su obra pone en comunicación la estatuaria clásica de antiguas civilizaciones -particularmente las estelas sumerias– con las nuevas líneas escultóricas surgidas en la vanguardia, mostrando la conciliación de dos tendencias aparentemente contrapuestas.
Uno de los artistas que va a renovar el panorama escultórico español es Julio González (1876-1942), evoca el espíritu noucentista en las que el tratamiento del color modela y realza las figuras para dar una impresión
de relieve y asemejarlas a sus metales repujados. González fue, además, gran colaborador de Picasso y le ayudó concretar su idea de trasladar al espacio lo que previamente había desarrollado en el dibujo.

Ecos de Cézanne nos trae Josep de Togores (1893-1970), quien experimentará con distintos estilos de la vanguardia. femenina. A su vuelta a París tras el fin de la Primera Guerra Mundial, Togores entró en contacto con artistas cubistas y surrealistas, como Braque, Maillol, Max Jacob y el propio Picasso, que le llevaron a experimentar nuevos derroteros estéticos.

En la pintura de Joaquín Torres García (1875 – 1949) se aprecia el gusto por lo arquitectónico. Desde muy temprano, Torres García nutrió a su obra de un fondo teórico, manifestando en sus textos un concepto idealista del arte en oposición a lo mimético, que está en la base de su universalismo constructivo, motor de su obra desde su regreso a Uruguay. Acompañado por su paisano Rafael Barradas, Barcelona se convierte en un laboratorio de observación, atraídos por los sonidos, el movimiento, el tráfico portuario, la interacción de personas y cosas en la ciudad moderna. Esto influye en la adopción de un lenguaje más urbano y compartimentado, como podemos observar en sus cuadros.

La evolución de la obra de Pablo Ruiz Picasso (1881 – 1973) hace que su pintura atraviese estadios no excluyentes que llevan del modernismo al cubismo. En sus primeras obras se anticipan rasgos que dominarán su época azul, como la oscuridad tonal y trazos alargados.

~ by lostonsite on 3 enero, 2009.

Arte, Exposiciones

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